Elegir, igualmente, los diez mejores guiones, fotografías,
trabajos de edición, partituras musicales, dirección de arte y
bandas sonoras que vieron la luz en el último medio siglo del cine
nacional. Y, como si fuera poco, escoger los mejores carteles, las
frases más célebres y las secuencias más notables.
Un trabajo digno de dioses convocados, casi pudiera alegarse, el
tratar de recordar filmes apreciados cuando uno tenía 32 de cintura
y corría cinco pistas con el aliento inalterable del que hoy camina
solo un par de cuadras.
Todas las encuestas de este tipo resultan discutibles, e
interesantes al mismo tiempo, porque si bien ––y es el caso que nos
ocupa— es imposible ser absolutamente objetivos en tan vasta
empresa, tanto la suma de las opiniones como las polémicas que ellas
pudieran desencadenar serían, cuando menos, un buen homenaje a
nuestra cinematografía.
Son muchos los factores que influyen a la hora de redactar una
lista de lo más significativo y filmes, secuencias y diálogos que
una vez nos marcaron, vistos veinte años después, pudieran
resultarnos intrascendentes o, por el contrario, todavía mejores.
¿Cómo calificar en los días actuales la estremecedora frase de
"dame una gardenia, mamá", pronunciada por Raquel Revuelta en la
Lucía, de Humberto Solás?
El tiempo, se ha dicho cien veces, es el gran juez. ¿Pero
marchamos todos nosotros al compás de ese tiempo, o en ocasiones
congelamos preferencias signadas por estados de ánimo,
efervescencias juveniles o el indiscutible peso de la reiteración
divulgativa?
Muy pocos dudarían que Memorias del subdesarrollo, el
clásico de Gutiérrez Alea, encabezaría la lista de las diez mejores
películas pero, ¿y la escena? Hasta hace un mes hubiera contestado,
al igual que el ochenta o el noventa por ciento de los cubanos, que
la más significativa de todas es esa que aparece en la presentación
del programa Historia del cine donde Sergio, burgués distanciado en
su atalaya, atisba el mundo de los "otros" desde su catalejo. Vista
de nuevo la película hace varias semanas, la que más me conmovió,
por la atmósfera de desamparo que redondea, es la escena en la que
el protagonista camina solo en medio de un día invernal y un golpe
de aire le cierra la solapa del saco. ¿O acaso sea esa otra, captada
a lo lejos y desde lo alto, en el que la figura del personaje va
agrandándose hasta terminar diluida en medio de la calle?
Los sobrevivientes, también de Alea, fue una cinta recibida
sin mucho entusiasmo en sus días de estreno. En los ochenta, en una
entrevista que le realizara para estas mismas páginas, su director
llegó a confesarme que no había quedado satisfecho con ella porque
"algunas cosas" no le salieron en imágenes como las había concebido.
Y sin embargo, el tiempo, ese también dios del misterio en
menesteres del arte, la ha ido rescatando para la posteridad y por
cada año que pasa le hace aumentar su valía, al punto de que dudo
que muy pocos dejarían de citarla hoy en la lista de marras.
Aplaudo a los que, memoriosos o no, se zambulleron en los riesgos
y tiempo dedicado que demandaba la encuesta. Ya saldré a buscar los
resultados cuando la revista Cine Cubano, tal como se anuncia, los
publique para satisfacción de los que coincidan y reparos de los que
hubieran votado otra cosa