Las
imágenes de una cátedra erudita y ascética no se corresponden ni con
la vida ni la huella pedagógica real de Vicentina Antuña Tabío. Sus
importantísimas contribuciones bibliográficas —uno de sus discípulos
predilectos, el entrañable Amaury Carbón afirmó que a ella "se debe
en gran medida el desarrollo alcanzado por los estudios clásicos" a
lo largo del siglo XX cubano— solo dan una medida —algo así como la
punta del iceberg— de su impronta en la cultura nacional.
Porque para tener una idea tan siquiera aproximada a su legado,
tendría que hablarse de vocación humanista, absoluta y desinteresada
entrega y pasión revolucionaria: tres dimensiones necesarias para
perfilar la totalidad de una figura que nos ilumina en el primer
centenario de su nacimiento.
Vicentina fue la maestra por excelencia; la magistra, como
la llamaron sus alumnos de varias generaciones. Nacida en Güines el
22 de enero de 1909, doctorada en Filosofía y Letras y en Pedagogía,
comenzó a ejercer la docencia en 1933 y no la abandonó hasta el
final de sus días, el 8 de febrero de 1992. De ello dio testimonio
la doctora Graziella Pogolotti al decir que "para ella el magisterio
era la misión suprema. Nunca abandonó el aula. Cuando le faltaron
las fuerzas, siguió atendiendo a los estudiantes en su casa. Allí en
el pequeño despacho de paredes cubiertas de libros, seguíamos
llegando sus alumnos de ayer cuando necesitábamos, como tanto
gustaba decir a Vicentina, liberar nuestro bronco pecho y encontrar
el interlocutor dispuesto a compartir nuestras angustias y nuestros
sueños".
Su nombre se halla indisolublemente ligado a la Universidad de La
Habana, donde llegó a dirigir la Escuela de Letras y su Departamento
de Filología. Hace pocas semanas, Ricardo Alarcón de Quesada, al
recibir el reconocimiento del Alma Máter, evocó a la profesora con
las siguientes palabras: "Vicentina Antuña será siempre brújula
exacta, maestra y compañera al mismo tiempo, fuente inagotable de
sabiduría, ejemplo superior de fidelidad a la Patria y a esta
Universidad por las que sacrificó todo con su dignidad y su modestia
de verdadera heroína". Más allá de la casa de estudios capitalina,
ese magisterio trascendió a todos los niveles de enseñanza, puesto
que realizó tanto aportes metodológicos al aprendizaje de la lengua
materna como para los programas de perfeccionamiento pedagógico.
Y mucho más: en tiempos difíciles, después de que como dijera Roa
"la revolución del 30 se fue a bolina", asumió a finales de esa
década la dirección técnica de la Universidad Popular José Martí,
que sesionaba en la sede del Sindicato de la Madera.
Vicentina fue, asimismo, una incesante promotora de cultura. Se
convirtió en una de las principales animadoras de la Sociedad Lyceum,
organización que constituyó una isla en medio de los avatares de la
república incompleta anterior al triunfo revolucionario. Tras el
Primero de Enero, ocupó primero la Dirección de Cultura del
Ministerio de Educación —Hart, al frente del organismo, recuerda
cómo encauzó un área que había sido desmantelada durante la
dictadura— y luego del Consejo Nacional de Cultura. Más tarde, por
largo tiempo, presidió la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO.
En cuanto a su compromiso con la emancipación de la Patria y la
justicia social —sin reclamar nunca protagonismo para sí— no pueden
su participación en las luchas estudiantiles contra la tiranía
machadista, el activismo a favor de la República española, su
militancia en la Ortodoxia, y en la Resistencia Cívica tras la
asonada del 10 de marzo de 1952. Esa trayectoria vertical halló
plena expresión tras la ascensión del pueblo al poder. La Revolución
honró esa consagración. Entre los reconocimientos recibidos le
otorgó el título de Heroína del Trabajo de la República de Cuba.
La inolvidable Vilma sintetizó con estas palabras el alcance del
compromiso: "Yo pienso que Vicentina siempre supo interpretar a
Fidel, toda la vida, porque ella sentía una especie de sacerdocio,
ella ejercía un sacerdocio cuando hablaba de Fidel, y cuando le
transmitía a la gente lo que ella creía de Fidel".