Unas y otras expresarían alarma, es cierto, pero las mujeres de
los países industrializados aducirían no querer comprometer su
libertad y capacidad de competir en una sociedad que privilegia
juventud y soltería. Las africanas, en cambio, alegarían: la
maternidad es seriamente un asunto de vida y muerte.
La misma acción de perpetuar la especie se revierte en
autosentencia, pues en las regiones menos adelantadas del planeta,
las mujeres están 300 veces más expuestas a morir o padecer graves
secuelas por causas relacionadas con el embarazo. A 10 millones
ascienden las que, carentes de atención médica elemental, sufren
traumas severos; mientras, 500 000 es el saldo anual de las
fallecidas.
En porcentaje rotundamente mayoritario, esta pandemia prevalece
en territorios africanos y asiáticos, donde las elevadas tasas de
fecundidad sin respaldo de personal calificado y sistemas de salud
eficientes precondicionan el riesgo.
Como no es casual que los países de mayor mortalidad materna sean
también los de mayor mortalidad infantil, el Estado Mundial de la
Salud, importante publicación del Fondo de Naciones Unidas para la
Infancia (UNICEF) presentado recientemente, ha elegido por tema del
2009 la Salud Materna y Neonatal en el Mundo.
Reducir los índices de mortalidad en ambos casos es uno de los
objetivos del milenio, pero según José Juan Ortiz Brú, representante
de la UNICEF en Cuba entrevistado por Granma, posiblemente
quede en deseo: las prioridades de la política internacional y las
inversiones millonarias no están encaminadas a evitar una catástrofe
humanitaria.
La falta de voluntad política es su epicentro, valora. Cuando los
gobiernos deciden sus políticas públicas y planifican sus
presupuestos nacionales, no toman medidas verdaderamente drásticas
contra la vulneración de los derechos de la infancia y la mujer.
Muchos aluden escasez de recursos, pero se ha demostrado que el
real motor de cambio está en la prioridad política. El ejemplo más
claro de esto es Cuba, donde aun con bloqueo y dificultades
económicas de todo tipo, el índice de mortalidad materna es de los
más bajos del mundo, expresó.
Ortiz Brú afirma que en esta problemática influye además un
componente cultural, pues una mujer educada vela por sus derechos,
se defiende mejor y agregó: los índices de escolaridad femenina y
mortalidad posparto declaran cuán imbricados están cultura y salud.
La garantía de educación para las niñas, de promoción de conductas
sexuales responsables y control de la fecundidad, ayudarían en gran
medida a este empeño, apuntó.
Todavía muchos gobiernos no han comprendido que respetar y
asegurar los derechos sociales genera riqueza económica y
estabilidad social —lamenta Ortiz Brú, a la par que cita nuevamente
el ejemplo positivo de Cuba. Una sociedad más culta y más sana, con
decrecimiento de sus bolsas de exclusión, es sin remedio una
sociedad más productiva y menos violenta, enfatizó.