Rubén Martínez Villena

Símbolo de su generación

Raquel Marrero yanes

Sin poder desafiar la muerte, murió "prosaicamente" y "de cualquier cosa", como predijo en su Canción del sainete póstumo. El intelectual, revolucionario y poeta Rubén Martínez Villena sucumbió ante el azote de la tuberculosis el 16 de enero de 1934.

Nació en Alquízar, provincia de La Habana, el 20 de diciembre de 1899 y perteneció a la generación de cubanos que dio continuidad, con la palabra y la acción, a las gestas independentistas.

Desde muy joven ejerció el magisterio, escribió versos y se hizo abogado. Encarnó al hombre de múltiples facetas. Fue también notable narrador que cultivó con acierto el cuento y el ensayo. En su elegante poesía brillan versos como La medalla del soneto clásico, Soneto, El anhelo inútil y El Cazador.

La labor de Rubén en la Universidad Popular José Martí, la Liga Antimperialista y el movimiento obrero, enraíza sus ideas antimperialistas. Otros momentos y hechos de su vida reafirman la grandeza de este joven: la Falange de Acción Cubana, el Movimiento de Veteranos y Patriotas y la Liga Anticlerical, que lo unieron a los obreros cubanos. En 1923 es protagonista de la Protesta de los Trece.

A Machado lo denunció en todos los terrenos y con una frase lapidaria le dio nombre: "Asno con garras". Fue mentor de dos huelgas contra el tirano, la de 1933 provocó la caída de su régimen.

En los últimos momentos de su vida, sentó las bases del IV Congreso Obrero de Unidad Sindical, el que no llegó a disfrutar. Minado por la enfermedad que aquejaba a sus pulmones, muere en el sanatorio La Esperanza, en las afueras de La Habana. Rubén Martínez Villena es símbolo descollante de su generación.

Rubén amó como un romántico fiel y sobresalió, junto a su condición de comunista, como intelectual y poeta, una de cuyas obras reproducimos a continuación:

Soneto

Te vi de pie, desnuda y orgullosa

y bebiendo en tus labios el aliento,

quise turbar con infantil intento

tu inexorable majestad de diosa.

Me prosternó a tus plantas el desvío

y entre tus piernas de marmórea piedra,

entretejí con besos una hiedra

que fue subiendo al capitel sombrío.

Suspiró tu mutismo brevemente,

cuando en la sed del vértigo ascendente

precipité el final de mi delirio;

y del placer al huracán tremendo,

se doblegó tu cuerpo como un lirio

y sucumbió tu majestad gimiendo.

(1921)

 

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