Al otro lado de la frontera norteamericana, el 2008 fue un año
cruento. El crimen organizado cobró unas 5 600 víctimas, sobre todo
en los territorios de Chihuahua, Sinaloa y Baja California.
No ha pasado un día sin que la prensa describa con tinta roja el
resultado de enfrentamientos entre las bandas que disputan vías para
el trasiego de narcóticos hacia Estados Unidos, el mayor consumidor
de estupefacientes del orbe.
En uno de sus editoriales, el diario La Jornada publicó que los
mexicanos vivían como en una de las pinturas negras de Francisco de
Goya. A plena luz del día, el olor a muerte avisa hasta de las
decapitaciones. El silbido de las balas no cesa.
Esta situación dio más significado a la cita de Calderón y Obama.
El fracaso de la política de George Bush ––no solo por la
criminalización en la línea fronteriza, donde el pasado año
perdieron la vida 700 inmigrantes, sino por las constantes
deportaciones, que dejaron a 135 000 menores abandonados en la
vecina nación–– también giró la mirada sobre el encuentro.
Una vez más, México pidió a Washington hechos concretos, "una
alianza estratégica" para contener el avance de los grupos
delictivos en los dos países.
Tras su llegada al poder, en diciembre del 2006, el presidente
azteca desplegó unos 36 000 soldados hacia las zonas más
desestabilizadas de la nación.
Además, fue aprobada una Ley General del Sistema de Seguridad
Pública que incluye la regulación de los procesos policiales para
que se cree una amplia red de actuación contra el narcotráfico.
Las modificaciones al Código Penal, con el propósito de sancionar
a las autoridades involucradas y enfrentar la corrupción, resultaron
otras medidas del actual Gabinete.
El diálogo con Bush también fue abierto varias veces. En el 2007,
ambas partes delinearon la Iniciativa Mérida, que prevé el
desembolso por Estados Unidos, hasta el 2010, de 1 400 millones de
dólares para blindar a las fuerzas que combaten el crimen
organizado. Sin embargo, cerrado el 2008, las soluciones continúan
sobre arenas movedizas.
De acuerdo con la Oficina para el Control de Tabaco y Armas de
Fuego (ATF, por sus siglas en inglés), el 90% de las armas
confiscadas a los narcotraficantes provienen del Norte. Las bandas
han abierto pasos a lo largo de los 3 200 kilómetros de frontera.
Como ya es una tradición desde los años ochenta, días antes de la
asunción presidencial, el mandatario electo para ocupar la Casa
Blanca dio la exclusiva de un primer encuentro a su homólogo azteca.
Tanto la petición de México de una ayuda norteamericana que
considera imprescindible, como la disposición de Obama de cooperar y
quebrar la desidia frente al narcotráfico, ofrecen esperanzas de que
ahora los resultados, tal vez puedan ser diferentes.
Pero, por otro lado, como han advertido varios especialistas,
este flagelo no se extinguirá solo con mano dura.
Según el periódico El Sol de México, más del 50% de los 260 000
recluidos en cárceles de la nación son muy jóvenes. De ahí que ese
mismo rotativo llamara a "arrebatarle a la delincuencia organizada a
los miles de jóvenes que esperan captar como empleados o
consumidores de drogas". Ese es otro desafío para el Gobierno
mexicano.
Si bien, priorizar en Estados Unidos el diálogo sobre la
violencia y trazar las pautas de ese trabajo conjunto en pleno
comienzo del 2009 ha sido importante, también lo es el reto de sumar
a la sociedad civil para salir de la encrucijada.