Lo primero que me llamó la atención de Little woman in blue
jeans (Ediciones Unión, 2008) es el hecho de que sus personajes
se desenvuelven de una manera empecinadamente alegórica. Tienen, por
así decirlo, la habilidad o la suerte de precipitarse en un
simbolismo para el que no siempre se han preparado. De tal modo, las
nueve piezas publicadas aquí por Mylene Fernández Pintado son otras
tantas variantes de lo que pudiera ocurrirnos si fuésemos los
personajes de un libro lúcido y suspicaz, leve y sobrecogedor.
Esos sustantivos pareados son lo que resta de una lectura que
trató de ser penetrante, y me dejó la sensación de que un cuaderno
como Little woman¼ es el fruto de
sucesivas incursiones a un territorio donde el lenguaje emite, como
agazapado, una energía permanente. Jamás me soñaría un vocero de eso
que con demasiada frecuencia denominan limpieza de lenguaje.
Entre Onelio Jorge Cardoso y Marcel Proust —no se asusten, por
favor; podemos ponerlo a la inversa— hay infinitas maneras de
verificar la eficacia del narrador, pero estos cuentos de Mylene
Fernández tienen la virtud de la precisión, que como sabemos es
mordaz y nos obliga a las frases un poco ridículas ya de tanto uso,
como esa de lo que alienta en las entrelíneas de un texto.
Las mujeres que andan por este libro dan la impresión de estar
haciendo de la fragilidad virtud. Es una fragilidad diferente de la
que el lugar común achaca a la mujer; es una fragilidad oportuna,
lo que —de no resultar demasiado descarriada mi apreciación— nos
colocaría en el campo de lo irónico. Y en efecto, la selección del
narrador de cada una de las piezas de Little woman¼
parece provenir de un acuerdo con la ironía. Son narradores muy
cercanos al avatar que nos cuentan, y en más de una ocasión el tono
empleado sugiere una especie de toma de partido. Pero todas las
historias, desde Un cuento de invierno hasta Escenario,
tienen algo que ver con la duda o con las decisiones aplazadas.
Cediendo a la soberbia de todo lector empedernido, me atrevería a
preguntarme si el final del cuento que da nombre al cuaderno no
resulta una salida para lo que no tiene salida. Si aquella puerta se
abriera, ¿qué?
Pero las especulaciones de un lector hipotético tienen la mala
suerte de lo posterior. Con su plausible capacidad simbólica,
Little woman in blue jeans nos recuerda que cuando el cuento
consigue esa sensación de víspera enrarecida —y lo consigue además
como al desgaire—, nos pone a salvo de las malas lecturas.