Los
lectores cubanos de novelas policíacas se relamieron de gusto cuando
en el 2007 la colección Dragón, de la editorial Arte y Literatura,
puso en sus manos La cuchilla, del norteamericano Donald
Westlake. A algunos el nombre del autor les hizo cosquillas en el
oído. ¿Westlake, el laureado guionista de Los timadores, la
célebre y laureada película del británico Stephen Frears con
Angélica Huston? Claro que sí. Pero el filme estaba basado en un
relato de su compatriota Jim Thompson. Otra suerte correría
propiamente La cuchilla en la pantalla, una cinta que
descubriríamos después de la lectura de la novela, en una puesta
fílmica que el maestro Costa Gavras tituló La Corporación. En
ocasión de su estreno en Francia, Ignacio Ramonet valoró cómo
"muestra los estragos sociales causados por la mundialización y
llama la atención sobre esa suerte de nuevo salvajismo o nueva
barbarie que podría originar un individualismo llevado a su
paroxismo".
Antes, en medio de la Feria Internacional del Libro Cuba 2007,
Daniel Chavarría, encargado de presentar la novela, expresó: "Aborda
el tema social, con gran profundidad, de las tecnologías asesinas,
el desempleo que generan, las contradicciones del capitalismo en el
sentido de que utilizan a un ser humano toda una vida y llegado un
momento, como no satisface las necesidades de ganar dinero,
simplemente lo excluye y lo convierte en un ser infeliz".
Westlake no llegó a ver la alborada de este 2009. La última noche
del año pasado murió a los 75 años de edad en México, donde pasaba
las vacaciones invernales. Su deceso no pasó inadvertido en el
mundillo literario. Todos sabían que se había perdido un peso pesado
de la literatura policial de la segunda mitad del siglo XX. Pero
también a un personaje irreverente e insumiso, que se resistía a las
etiquetas editoriales.
Poseía una capacidad infinita de fabulación. Era capaz de
escribir dos o tres novelas al mismo tiempo, y en el salto entre una
y otra, redactar un cuento. Tenía muy claro lo duro que resultaba
sostenerse económicamente a partir de la escritura; por eso se
inventó por lo menos cuatro vidas: Richard Stark, Tucker Coe, Samuel
Holt y Edwin West, seudónimos bajo los que publicó novelas y cuentos
de intrigas y aventuras de apreciable éxito comercial. Un dato para
los cinéfilos: en 1961, Stark —la voz oscura y dura de Westlake, la
más cercana a la serie negra— escribió The Hunter; seis años
después, John Boorman la adaptó al celuloide con el título Point
blank (A quemarropa) y haciendo correr a Lee Marvin pistola en
mano por todo San Francisco después de fugarse de Alcatraz. Había
nacido un filme de culto. (Por cierto, el personaje que interpreta
Marvin, llamado Parker, fue resucitado por Westlake-Stark en
Comeback, en 1997).
Bajo su firma, Westlake publicó entre 1960 y 2007, nada menos que
50 libros. (Serán en realidad 51, pues en abril saldrá Get real,
que entregó hace dos meses a imprenta). Para sí se reservó los
textos más críticos, como El gancho (2000), en el que
cuestiona las trapisondas del ámbito editorial, y aún antes, también
traducida al español, Adiós Sherezade (1970), devastadora
instrospección en la psiquis de un escritor negro (ghost writer)
de pornografía.
Al escribir su obituario, Sarah Weisman, en Los Ángeles Times,
calificó a Westlake como un maestro de la "malicia elegante".
Quizás, desde el más acá, el escritor hubiera respondido con una de
sus frases favoritas: "Sí, pero puedo estar equivocado".