Shakuntala

AMELIA DUARTE DE LA ROSA

Texto: RAÚL LÓPEZ Un adecuado discurso, ajustado a la realidad escénica cubana, articula la puesta en escena del grupo Teatro El Público de la pieza Shakuntala, una adaptación de la obra maestra del poeta y dramaturgo indio Kalidasa, que se exhibe por estos días en el Teatro Nacional Guiñol de la capital, como parte de las Jornadas de Teatro Cubano.

La leyenda original, escrita alrededor del siglo IV en sánscrito —lengua clásica de la India milenaria—, forma parte del Libro del Comienzo en la acción épica del Mahabhárata. Narra la hermosa historia de amor entre la joven Shakuntala y el rey Dushanta, padres del monarca Bharat, unos de los principales héroes y fundadores de ese país.

La fábula gira en torno a un anillo de oro que le entrega Dushanta a Shakuntala, antes de partir y luego de haberla desposado. Con el tiempo y producto de una maldición, el rey olvida a su esposa embarazada que ha perdido la sortija en el río Ganges. Resignada con el revés pero llena de dignidad ante el olvido, la muchacha desaparece. La trama desemboca en un final feliz con la unión de los amantes y la prenda hallada por un pescador, solución mítica que ha formado parte de las grandes obras hindúes de carácter ético o religioso.

Con muchos elementos de esta ancestral cultura oriental, el espectáculo se mueve indistintamente en límites culturales para representar la esencia del episodio en una mezcla de idiomas, danzas típicas indias, repertorios musicales de ambos países y formas distintas de actuación.

El personaje de Shakuntala lo encarna la artista indo-americana Shanti Pillai, conocida en nuestro país por el perfomance Chidambaram-2 en la revista digital Arteamérica, de Casa de las Américas. Mientras, Dushanta cobra vida en el reconocido actor Alexis Díaz de Villegas, quien también lleva la dirección artística de la obra. Los actores, aunque tienen distintas nacionalidades y estilos, conectan armónicamente sobre el escenario.

La puesta en escena, abrigada por una atmósfera subjetiva, minimalista, con una concepción escenográfica sencilla, está marcada por un frecuente empleo de la improvisación donde los actores salen del personaje ante el público, dialogan, derrochan carisma y recursos de comunicación entre ellos, sin perder la coherencia ni el sentido.

Si bien es cierto que la obra, desde el texto literario, no acude a una alta tensión dramática, ni a una caracterización psicológica profunda de los personajes, Díaz de Villegas y Shanti se valen de expresiones fisonómicas, gestos y movimientos creativos como complemento del discurso para mantener el interés activo del público ante los acontecimientos y el espíritu vivo de la obra desde la contemporaneidad.

 

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