Reconocido
por la comunidad científica como Maestro de la Gastroenterología
Latinoamericana, el profesor Raimundo Llanio Navarro, una figura
cimera de la Medicina, no pudo imaginar siquiera a finales de 1956,
cuando Fidel y un puñado de hombres dispersos y sin recursos
desembarcaron del yate Granma por el oriente del país, que lograrían
apenas 24 meses después desalojar del poder a un tirano y
cristalizar una revolución victoriosa.
Con 38 años al triunfo de enero de 1959, Llanio ejercía como
médico en el Hospital Calixto García, título que pudo alcanzar con
talento y tesón, pero "con una mano delante y otra detrás" —son sus
palabras—, luego de no pocas vicisitudes y sacrificios, como ocurría
con todos los médicos graduados en aquella época que no eran hijos
de ricos.
Estaba en Altahabana, en casa de su familia, cuando conoció la
noticia de la huida de Batista, "y ya no habría más torturados ni
asesinados". Sus sentimientos de aquel momento, rememora, piensa que
eran compartidos mayoritariamente por sus coterráneos: que Cuba al
fin alcanzaba su independencia y soberanía plenas.
Los que hemos podido vivir minuto a minuto la colosal obra
realizada por la Revolución para el beneficio y la seguridad
sanitaria de la población, tendrían que concordar conmigo, dice, en
que la distancia recorrida en este breve lapso histórico de cinco
décadas transita entre el real desamparo de entonces y los más
plenos derechos para el cuidado y la atención de la salud.