"El
día Primero de Enero de 1959 comenzó el alba de mi vida, porque todo
lo que logré en mi carrera deportiva y el reconocimiento que a
diario me tributa el pueblo cubano se lo debo a la Revolución."
Una pequeña saleta de su casa, convertida en una especie de
santuario deportivo, sirve de escenario para la conversación.
Enrique Figuerola, primer medallista olímpico del deporte
revolucionario —plata en los 100 metros de Tokío’64, con 10.2
segundos—, hurga en la memoria de sus 70 años y su rostro se
endurece cuando habla de su barrio natal Los Hoyos, de Santiago de
Cuba, sus amigos del 30 de Noviembre, el asalto al Moncada, Frank y
Josué País, la juventud santiaguera¼ ,
"era una situación insostenible", precisó.
"Mi padre, un hombre de la Ortodoxia, me despertó en la madrugada
del primero de enero de 1959 para darme la noticia de la fuga del
dictador Fulgencio Batista y del triunfo de la Revolución.
"Vivía con una tía aquí en La Habana porque vine de traslado
desde la Escuela de Artes y Oficios de Santiago, para la de la
capital.
"Allá y luego aquí en La Habana formé parte de esa juventud que
sentía la necesidad de un cambio revolucionario, pues la dictadura
ahogaba este pueblo.
"Ese día del triunfo abracé a mi padre con mucha alegría y sentí
en su abrazo que había llegado la hora definitiva. Nunca imaginé el
vuelco que dio mi vida ni tampoco esas muestras de cariño y afecto
que diario me entrega mi pueblo."