Es lunes, amanece y ya Magdalena Hernández está lista para
recibir a sus ocho niños: el piso barrido, las sillas y mesas
alineadas, los libros a punto para abrirse. Como todos los primeros
días de cada semana de los últimos nueve años viaja en "botella" 36
kilómetros desde el poblado Manuel Lazo hasta el caserío de La
Bajada, en el Cabo de San Antonio. Con el izamiento de la bandera,
las flores a Martí y las notas del himno comienza el quehacer en la
escuela rural Isaac Crespo, pequeña en metros cuadrados y a la vez
inmensa como el mar que tiene en frente.
Desde antes la profe Magdalena ve salir el sol desde la ventana
de su habitación, una más de la escuela, ubicada entre las dos
aulitas y el salón para el televisor, la computadora y el video
(tesoros que, celosamente, resguardan del salitre). En tal entorno
transcurre la vida de "la maestra del Cabo" casi toda la semana.
Reducido espacio compartido con su esposo Edel Ramos, encargado del
abasto de agua a la comunidad, sus austeras pertenencias, el cariño
de sus pioneros y las libretas abiertas, testigos de las horas
dedicadas a revisar tareas y contenidos impartidos.
En la lejanía de 36 kilómetros, quedó su hijo al cuidado de la
abuela, extrañarlo a cada momento, desvivirse por él y compartir sus
fines de semana resulta cotidiano. Otros niños, ávidos de letras y
números, van a su encuentro todas las mañanas, y de ese compromiso
sabe bien la familia de la maestra Magdalena.
Indagar sobre el quehacer de Magdalena allí deviene felicidad
para todo entrevistado. El reconocimiento que suponen las historias
narradas en los periódicos hace hablar a más de uno sobre entregas y
sacrificios asumidos por la maestra de La Bajada. Todos coinciden:
educadores como Magdalena enaltecen la obra educacional de la
Revolución. Así el profesor Fausto Camejo Linares, director zonal de
las cinco escuelas del municipio, dice que ella es de oro; y Mary
Félix, auxiliar de la escuela y "hormiguita" que va de un lado a
otro mientras ayuda a sacar punta a los lápices y velar por la
disciplina, asegura que no hay igual: "es muy buena y los niños la
adoran".
Afecto fácil de comprobar sin demasiadas palabras de elogio, pues
lo niños poco entienden de loas. Solo basta escuchar el sueño de
María Carla Couto, todavía en segundo grado, de ser maestra en su
misma escuela cuando sea grande o notar la buena caligrafía y
ortografía de su compañerito de aula José Félix, en tercero, quien
en mi agenda, llena de anotaciones tomadas de prisa y al descuido,
escribe seguro sus apellidos Vale Silba sin titubear ante v, b y s.
Sin embargo la profe no anda esperando celebraciones. Lo suyo es
impartir clases y hacerlo bien. Sus niños van de segundo a sexto
grado lo que la obliga a entrar al aula bien preparada para impartir
varios contenidos y mantener la atención de todos los pequeños:
tarea más fácil que hablar de su trabajo frente a una intrusa
grabadora. Magdalena prefiere entonces enseñarnos su escuela, una de
las más de 6 000 que en todo el país acogen a alumnos en zonas
rurales. Allí donde cada tarde espera desde el portal de la
escuelita la caída del sol en la inmensidad del mar; supremo regalo
para el día que terminó.