Hay
conciertos en los cuales la condición carismática de sus
protagonistas asegura de antemano la sinergia entre el escenario y
el auditorio. Tratándose de Aldo López-Gavilán Junco y de Harold
López Nussa, quienes han rebasado con creces el estadío promisorio
de sus carreras para convertirse en realidades de la pianística
cubana de nuestro tiempo, se justifica el fervor predominante en la
atmósfera del concierto que ambos ofrecieron el último fin de semana
en el teatro Amadeo Roldán.
Mas un análisis, así sea somero, de lo que allí se escuchó, sitúa
a estos pianistas en un plano mucho más consistente. Como autores
cada cual posee un estilo diferenciado. En Herencia, tributo
a su tío Ernán López Nussa, y la pieza todavía sin título dedicada a
su madre, Harold demuestra un desarrollo temático sumamente
estructurado, que se desata en una tormenta rítmica, también
controlada, en Echa, donde juega con los tópicos del jazz
latino, y sobre todo en La jungla. Aldo es mucho más
especulativo en su discurso pianístico; se advierten en él diversas
búsquedas que van de la explosión virtuosa en Pájaro carpintero
al alarde minimal de Divagación, aunque puede abrirse
a la descarga como lo hizo en Bossita rica. Lo interesante,
en todo caso, pasa por un entendimiento concluyente, que afloró en
la mayoría de las piezas que trabajaron a dos pianos, el cual fue
redondeado por las intervenciones de Ruy Adrián López Nussa en la
batería.
Con Harold y Aldo el linaje del pianismo cubano que se avecina al
jazz recibe una savia vigorosa, a la que aportan otros brillantes
talentos como Rolando Luna, Alfredo Rodríguez Salicio, y Alejandro
Vargas.