A su lado, el general de cuerpo de ejército Abelardo Colomé
subrayaba el papel de nuestras gloriosas Fuerzas Armadas
Revolucionarias en la epopeya que el pueblo cubano escribió en
Angola y África, a lo largo de tres lustros, donde participaron más
de 380 000 soldados y oficiales y cerca de 75 000 colaboradores
civiles. Más de 2 000 cayeron heroicamente en la noble misión.
Estaban y estarán más presentes que nunca en el recuerdo de todos
los hijos de esta Isla latinoamericana-africana.
Desde mi asiento de Presidente de la Delegación Cubana a la
memorable ceremonia, me pareció que en el momento de la firma, la
estrella de Héroe de la República prendida en el pecho de Colomé,
fulguraba con más brillo. Pensé en la estrella que llevaba en la
frente Calixto García, la cicatriz heroica. Imaginé con cuánto
legítimo derecho hubiera estado en París, en diciembre de 1898 como
Lugarteniente General del Ejército Libertador, para firmar a nombre
de nuestra Patria el acuerdo de paz que pusiera fin oficialmente a
la guerra hispano-cubana-norteamericana y reconociera el nacimiento
de una nación soberana, la heroica Cuba, que durante 30 años había
esgrimido con impar bravura el machete redentor y pagado su libertad
con la sangre y la vida de cientos de miles de sus hijos.
Como es conocido, la historia fue bien diferente. Curiosamente,
parecido pensamiento me había asaltado tres décadas atrás, pero no
en forma de desideratum, sino de realidad, cuando en la noche del
Primero de Enero de 1959 los combatientes bajamos jubilosos tras
Fidel desde las lomas de El Escandel, atravesamos entre vítores El
Caney y fuimos acogidos triunfalmente en Santiago de Cuba.
La entrada del Ejército Rebelde en Santiago y la victoria sobre
la sangrienta tiranía prohijada y asistida militarmente por Estados
Unidos, reivindicaban para siempre la afrenta inferida a Calixto y
su tropa mambisa por el general norteamericano Shafter, al impedir
su presencia en la ciudad que habían ayudado decisivamente a cercar
y hacer capitular a sus defensores colonialistas.
Y lo que era más importante aun, anulaba para siempre el Tratado
de París y lo que le siguió, la ocupación militar, la Enmienda Platt
y la neocolonización de Cuba por Estados Unidos.
La presencia cubana en esta ceremonia de Nueva York, como
signataria de los Acuerdos y miembro de derecho pleno, junto a los
hermanos angolanos, en las negociaciones que transcurrieron durante
todo el año 1988, mostraba el reflejo de los éxitos militares que
las tropas de Cuba, Angola y la SWAPO habían logrado en el campo de
batalla y de la posición firme de nuestro país, que compartía el
Gobierno de Luanda, rechazando la pretensión norteamericana de que
fuéramos excluidos de unas discusiones donde uno de los temas
debatidos se refería a las tropas internacionalistas cubanas.
Desde principios de la década del 80, representantes de Angola y
Estados Unidos habían sostenido no pocos encuentros bilaterales
acerca de la situación en el suroeste africano. En todos ellos, los
personeros de Ronald Reagan planteaban la exigencia de la retirada,
en plazos conminatorios, de las tropas cubanas que habían acudido al
llamado de Agostinho Neto desde 1975, al amparo del Artículo 51 de
la Carta de las Naciones Unidas, cuando la joven nación, en el
momento mismo de conquistar su liberación del yugo colonial, fue
invadida por poderosas fuerzas extranjeras desde el norte y desde el
sur.
Al mismo tiempo, la Casa Blanca mantenía una política de
compromiso constructivo con el régimen del Apartheid y proporcionaba
suministros bélicos a los fantoches de la UNITA. Washington, de
consuno con Pretoria, practicaba la política de presión y chantaje
sobre Angola para que procediera a solicitar la retirada del
contingente militar cubano como única alternativa para evitar los
golpes del gran garrote sudafricano.
A cambio de ello, Estados Unidos ofrecía la zanahoria de vagas
promesas: reconocimiento diplomático, inversiones en el país por las
transnacionales norteamericanas, una imprecisa solución de la
ocupación de Namibia a través de la aplicación de una Resolución 435
modificada, mediación para la reconciliación con la UNITA y con el
Gobierno de Mobuto en Zaire.
En julio y septiembre de 1987, se efectuaron en Luanda dos rondas
de negociaciones bilaterales EE.UU.-RPA. El asistente del Secretario
de Estado por África, Chester Crocker, pretendía jugar el papel de
intermediario entre Angola y Sudáfrica. Las exigencias del gobierno
racista, transmitidas con mal disimulada simpatía por Crocker,
resultaron inaceptables.
En estas reuniones —en las que no se llegó a nada tangible— como
en las de los años anteriores, Estados Unidos se opuso rotundamente
a cualquier participación cubana, como no fuera en la ceremonia
final de firma de la retirada de nuestras tropas. Pretendían
desconocernos, como en París de 1898, como en la Crisis de Octubre
de 1962.
En el terreno militar, pese a nuestros consejos en contrario, en
el mes de julio de ese año se había iniciado la ofensiva de una
fuerte agrupación de seis brigadas y dos grupos tácticos de las
FAPLA, con asesoría soviética, en dirección al extremo sureste del
inmenso país, Cuito Cuanavale-Mavinga-Jamba, sede este último punto
del cuartel general de la UNITA.
Tal como ya había sucedido dos años antes, al acercarse las
tropas de las FAPLA a su objetivo, los sudafricanos intervinieron
para impedirlo. Mas esta vez, no se limitaron a interferir el avance
angolano, sino que iniciaron la persecución de las unidades de las
FAPLA en retirada, con poderosas fuerzas de blindados y artillería
de largo alcance. La infantería era fundamentalmente de la UNITA, el
batallón mercenario Buffalo y tropas negras reclutadas en Namibia,
encuadradas por oficiales blancos.
En esta ocasión, Pretoria no justificó su intervención, como era
usual, con el pretexto de perseguir a las guerrillas de las SWAPO,
sino patentizó su intención de avanzar en dirección nordeste y
aniquilar las unidades de las FAPLA. El presidente sudafricano
Pieter W. Botha y varios ministros de su gabinete, impúdicamente,
revistaron sus tropas en territorio angolano, con intencionada
publicidad.
La agrupación angolana se replegó hacia Cuito Cuanavale y en esta
pequeña cabecera municipal situada en la margen occidental del río
Cuito, estableció sus posiciones defensivas. Resultó evidente que
las tropas angolanas podrían ser cercadas y aniquiladas en Cuito
Cuanavale.
Este lugar dista unos 200 kilómetros de Menongue, extremo
oriental de la línea estratégica de nuestras tropas, que desde aquí
se extendía hacia el oeste hasta el puerto de Namibe, en la costa
atlántica, formando una barrera de más de 700 kilómetros de
extensión, infranqueable para una penetración en profundidad de los
agresores racistas.
A pedido de Luanda, la Dirección de la Revolución decidió, el 15
de noviembre, enviar a Angola las fuerzas y medios adicionales
necesarios para resolver, de una vez y por todas, la situación en el
sur de aquel país.
El Comandante en Jefe asumió directamente, junto a Raúl y al
Estado Mayor de las FAR, la dirección cotidiana y en detalle de las
operaciones durante los diez meses finales de la guerra, así como
del proceso negociador. En enero de 1988, la correlación de fuerzas
en el teatro bélico meridional experimentó un cambio favorable a
nuestras armas.
Cuito Cuanavale devino baluarte inconquistable y un símbolo de la
resistencia y la victoria frente a las huestes del Apartheid. El
general de cuerpo de ejército Leopoldo Cintra Frías regresó a Angola
para asumir el mando de la concentración de tropas cubanas,
angolanas y de la SWAPO en el sur del país: 50 000 hombres, 1 000
tanques, 600 transportadores blindados, 1 800 bocas antiaéreas de
todo tipo, 370 piezas de artillería terrestre, 80 aviones y 20
helicópteros de combate, en números redondos.
La nueva situación permitió exigir a Estados Unidos, como
condición sine qua nom para nuevas rondas de conversaciones, la
participación de Cuba junto a Angola. Washington se vio obligado a
aceptar ese amargo trago.
El curso de la guerra comenzaba a ser desfavorable para su
aliado, por lo que para Estados Unidos resultaba urgente encontrar
una solución negociada, que mejorara, además, su imagen y sus
relaciones con África.
El secretario de estado adjunto para África, Chester A. Crocker,
en su libro La hora crítica de África meridional
escribe: "Mbinda y el general Nadalu suspendieron la reunión para
buscar a Risquet. Era el 29 de enero de 1988. la negociación estaba
a punto de cambiar para siempre". Angola y Cuba formaban una
delegación monolítica frente a la de Estados Unidos encabezada por
Crocker. Otra reunión tripartita similar se efectuó también en
Luanda en el mes de marzo.
Estados Unidos fue constreñido a comprometerse en organizar un
encuentro entre los países que participaban directamente en el
conflicto: Angola y Cuba de una parte, Sudáfrica de la otra. Los
norteamericanos participarían en la reunión como "mediadores",
aunque en realidad eran partícipes y cómplices de la agresión a
Angola.
La primera reunión cuatripartita se efectuó el 3-4 de mayo en
Londres. La segunda, en El Cairo el 24-25 de junio, donde se acordó
un nuevo encuentro para el 11 de julio en Nueva York. Al día
siguiente de la reunión de El Cairo se produjo un ataque artillero
sudafricano sobre las posiciones cubano-angolanas en T'Chipa.
El día 27 la aviación cubana descargó un demoledor golpe de
réplica sobre las instalaciones militares del enemigo en Calueque,
al mismo tiempo que su 61 batallón mecanizado fue casi aniquilado.
El golpe propinado a las tropas invasoras resultó lo
suficientemente convincente para el gobierno de Pretoria. La
negociación sería el camino de menor riesgo para el régimen.
Se produjo en cese al fuego de facto en el sur de Angola. En el
mes de agosto, todas las tropas sudafricanas se retiraron del país.
El proceso se prolongó durante seis meses más. Diez reuniones
tuvieron lugar a partir del último combate de importancia. En Nueva
York en la fecha citada, Isla Sal (Cabo Verde) a fines de ese mes,
Ginebra el 2-5 de agosto, en tres ocasiones en Brazzaville entre
agosto y septiembre, otra vez en Ginebra y Nueva York en noviembre,
y dos más en la capital del Congo a principios y mediados de
diciembre.
No obstante, desde el mes de agosto se observaba un cese al fuego
de facto en el sur de Angola. Así se llegó a la sede de la ONU para
la firma de los Acuerdos. Cuando el canciller de Sudáfrica, Pik
Botha, custodiado por el general Malan, estampó su firma en la
última hoja del pliego del Acuerdo Tripartito, esta vez mi
pensamiento voló hacia el futuro.
Era como si estuviera firmando la orden de excarcelación de
Nelson Mandela y el Acta de defunción del oprobioso régimen del
Apartheid.