Miro a ese hombre sereno, de cabellos y barba encanecidos, que
suavizan su rostro, mucho más recuperado que en fotografías
recientes, y lo imagino —por un momento— cruzando un mar bravío con
sus compañeros desde México a La Habana, en un barco, que, de
acuerdo con todas las predicciones, no podría haber llegado como lo
hizo, cargado y con 82 tripulantes. Después de un desembarco bajo
brutal bombardeo, solo volvieron a reunirse en la Sierra Maestra
unos pocos. Allí se inició esa increíble guerra de liberación que
derrocó a la dictadura de Fulgencio Batista y con ella el intento
del imperio de quedarse definitivamente en Cuba. Fue la
independencia definitiva lo que en realidad se logró aquel primer
día de 1959.
Castro saluda de pie y su mano es firme. La última vez que lo vi,
antes de su enfermedad, estaba con uniforme militar. Ahora, con su
ropa de entrecasa se le ve más cercano y esto desarma toda
formalidad. No será una entrevista. Me advierte sonriendo que él
hará preguntas.
Todo transcurre como un río, la charla y ese deseo apasionado de
saber detalles de acontecimientos y personas.
Quiere saber, por ejemplo, sobre Celia de la Serna de Guevara, la
madre del Che, que fue para mí una amiga entrañable en aquel inmenso
Buenos Aires de los años sesenta, cuando yo había llegado desde
Entre Ríos. Castro se conmueve ante la descripción de la
personalidad de Celia, culta, austera, tierna, de voluntad y pasión
increíbles, sensibilizada ante cualquier injusticia. Todo lo lleva
hasta el Che.
"Ella tuvo una influencia indudable sobre el carácter y la
formación del Che", dice.
Conoció a Celia cuando llegó con su familia a La Habana poco
después del triunfo de la Revolución, para abrazar a un hijo que no
veía desde hacía años. Ernesto Guevara, el joven médico, se había
convertido en el Che, en el comandante de una Revolución singular
que sigue hasta hoy contra vientos y mareas imperiales. "Me impactó
el rostro y la mirada de Celia", confiesa Castro.
Es sorprendente que esté hurgando en los pequeños detalles del
pasado para escribir sus "reflexiones", columnas de análisis de la
actualidad, que serán recogidas por periódicos en todo el mundo. Me
dicen que es muy riguroso y revisa palabra por palabra, ajusta el
lenguaje y es perfeccionista en extremo.
Cada una de esas palabras tendrá peso en el mundo y él lo sabe.
No es vanidad, sino una necesidad imperiosa de analizar
acuciosamente para desafiar el perverso esquema de la desinformación
y la mentira.
"Decir resistencia es decir Fidel y dirigencia revolucionaria, la
que llegó de la Sierra Maestra y la que fue naciendo en el camino de
la Revolución", me ha dicho solo unas horas antes un viejo
combatiente. Y sonriendo señala: "Fidel los sigue venciendo con
palabras que ahora están en todo el mundo. Y hasta los enemigos
deben reconocer su sabiduría y liderazgo".
Apenas atino a agradecer al Comandante sus comentarios sobre
algunos trabajos e investigaciones (Operación Cóndor y guerras
contrainsurgentes) y le digo que me ha dado un impulso
extraordinario para seguir hurgando en las telarañas de una invasión
silenciosa en nuestra América.
La contrainsurgencia informativa, el "terrorismo mediático" le
preocupan mucho. Sabe que la información es hoy más que nunca un
arma efectiva que se usa contra los pueblos y los gobiernos. Se
mencionan los llamados "golpes suaves" y las conspiraciones que no
dan descanso contra algunos países de la región.
Pero también de la enorme resistencia de los pueblos y América
Latina va por delante en eso, con altibajos, porque "todo es
perfectible" en el camino de la construcción de un mundo nuevo.
Es evidente que se siente muy orgulloso de su pueblo solidario,
de los maestros, de los médicos, de todas aquellas mujeres y hombres
que trabajan ejemplarmente por la vida en varios países de la
región. De allí vamos saltando de un hecho a otro, recordando a
mujeres extraordinarias como Fany Edelman, dirigente argentina del
Partido Comunista, que participó junto a su esposo en la guerra
civil española. Le cuento que ahora a los 97 años, ella sigue
asombrándonos con sus análisis, las historias de sus recorridos por
el mundo, muchas veces junto a Vilma Espín, a la que admiró siempre.
Sus conferencias son de una agudeza extraordinaria, tanto como la
frescura de su mirada azul. Precisamente cuando escribo esto, Fany
Edelman inauguró el Congreso del PC argentino de este año con un
discurso sorprendente.
Hablar de Fany nos lleva hacia el revolucionario brasileño Luis
Carlos Prestes, cuya historia extraordinaria de lucha está siendo
estudiada en su país en estos tiempos de recuperar memorias, para no
perder futuros. En 1936, cuando Prestes fue detenido después de una
insurrección, su esposa Olga Benarios, judía alemana, fue entregada
por Brasil a Alemania y asesinada en un campo de concentración nazi.
Luego se recuerda a otra mujer maravillosa, Gladys Marín, quien
fue legendaria dirigente del Partido Comunista chileno. "Le hace
mucha falta ahora a América Latina Gladys", dice Castro algo
apesadumbrado por el recuerdo. Esa misma Gladys que soñaba con "un
socialismo arcoiris".
Pide detalles sobre la invasión a Panamá, que este 20 de
diciembre cumple 19 años y que el gobierno de George Bush (padre)
llamó "Causa justa".
Lamentablemente, dentro de la dinámica de tantos sucesos, a veces
no nos hemos detenido lo suficiente en el significado que tuvo para
América Latina lo sucedido en ese pequeño país donde se probaron
armas que luego serían utilizadas en otras guerras que hasta hoy
perduran.
Y surge el recuerdo del general Omar Torrijos, un hombre que
luchó para terminar con el enclave colonial de la Zona del Canal y
el Comando Sur y sus bases militares, las escuelas de
contrainsurgencia que sembraron de tragedias a la región en el siglo
XX. Me dice en un murmullo cómplice que alguna vez Torrijos estaba
tan desesperado que estaba dispuesto a volar las bases e inmolarse:
"Yo le decía que eso tendría resultados terribles para todos", pero
entendía la desesperación de "un hombre que ha soportado el
colonialismo" tanto tiempo.
En ese viaje en que se transforma la charla, también recuerda al
ex presidente de Estados Unidos Jimmy Carter, que firmó el Tratado
con Torrijos (para la entrega del Canal), y enfrentó una feroz
campaña de los fundamentalistas en su país.
Nada se escapa a sus recuerdos. Lo conmueve pensar en los muertos
de esa invasión a Panamá y en esas madres lanzando flores al mar
para sus hijos. Recuerda que, en 1993, el general Manuel Antonio
Noriega, llevado ilegalmente a Estados Unidos después de la
invasión, fue llamado para que acusara a Fidel y Raúl Castro de
narcotraficantes y lo dejaban libre. "Hay que reconocer que se
negó", dice. Hasta ahora Noriega continúa preso.
Y de allí retrocedemos a 1983 y parece como si una pantalla
reflejara ante sus ojos el recuerdo de otra invasión, que también se
ha olvidado. El 25 de octubre de 1983, Estados Unidos invadió
Granada, una isla caribeña de 344 kilómetros cuadrados. Para eso
inventó una supuesta "coalición" con algunos pequeños países del
Caribe que prácticamente no tenían fuerzas armadas ni barcos, con
las que Washington lanzó esta operación bajo el nombre de "Furia
urgente".
Recuerda Castro que "lanzaron los paracaidistas sobre el pueblo
indefenso y trabajadores cubanos que estaban construyendo el único
aeropuerto para que se pudiera llegar bien hasta la isla". Un
aeropuerto pequeño que existe hasta hoy. Los aviones bombardearon
también el hospital, en una población que ni siquiera llegaba a 70
000 personas y que apenas estaba emergiendo de una situación
colonial.
De alguna manera parece asociar lo sucedido en la pequeña isla,
cuando una de esas conspiraciones que hoy están de moda desató una
lucha interna en el Gobierno de Maurice Bishop, el gran dirigente
granadino que fue asesinado.
Esto sirvió para provocar "desorden interno" y justificar la
invasión, que fue el anuncio de lo que vendría en Panamá seis años
después.
Ahora mucho ha cambiado. Por esas mismas horas se desarrollaba
una Cumbre de la CARICOM en Cuba, que evidenció que también en el
Caribe, como en toda América Latina, se entiende que la única
salvación posible es la unidad.
Entre esas indignaciones justas, surge el recuerdo de Paraguay y
su encuentro con el escritor Augusto Roa Bastos.
Aún lo emociona el relato sobre aquellos niños paraguayos que
fueron los últimos defensores de su país, cuya población masculina
fue exterminada. Una guerra de exterminio, en que bajo intereses
británicos se armó otra de las típicas coaliciones. Le llamaron la
Guerra de la Triple Alianza y en ella participaron los gobiernos
oligárquicos de Argentina, Uruguay y Brasil. Un exterminio que
transcurrió entre 1865 y 1870.
Me doy cuenta de que ese rápido recorrido por sucesos que
conmovieron al mundo, o personas que han "iluminado" el continente,
tiene que ver con el presente.
Por eso Fidel habla del dolor y la afrenta que significa el uso
del territorio de una parte de Guantánamo, donde Estados Unidos
convirtió sus bases en un campo de concentración brutal. Nos vamos a
Venezuela y Bolivia, al presidente Hugo Chávez, a quien él no dudó
en sorprender yendo a esperarlo al aeropuerto en su primer viaje a
Cuba "allá por 1994", cuando recién comenzaba a perfilarse como un
líder político.
Y el presidente Evo Morales y el pueblo boliviano que emerge
desde tantos siglos de resistencias y que ahora debe resistir golpe
a golpe, día a día, los intentos de volver a robarle sus derechos
recuperados. Y vamos tocando otros países y otras situaciones, en
este nuevo mapa de América.
Reflexiona también sobre la sorprendente situación que se vive
cuando las revoluciones comienzan a hacer justicia, y por primera
vez llegan beneficios a los pueblos tan postergados siempre. "Cuando
pasa un tiempo ya eso se incorpora como una conquista de la vida
cotidiana". De aquella admiración y asombro de los primeros tiempos
se pasa a la costumbre. Ya está, ya se tiene y la Revolución debe
seguir dando pasos y a la vez resistir los embates de los que
necesitan que todo esto desaparezca, porque para los poderosos la
justicia de los pueblos es un mal ejemplo.
De todo se habla, de ese hilo que une tan dolorosamente las
injusticias de un terrorismo mundial que no cesa, de las debilidades
de organismos internacionales que no detienen la mano de la muerte,
cuando se esperaba un mundo distinto para el siglo XXI.
Realmente lo que uno puede sentir es su enorme preocupación o
angustia, porque la tecnología que debía salvar y ayudar al hombre
"para la vida, es utilizada para la muerte y la dominación". Se toma
la cabeza entre las manos cuando habla de la depredación incansable
del capitalismo que está destruyendo el medio ambiente, el hábitat
del hombre. Y el hambre en el mundo parece dolerle en el pecho.
Entiende que hay un momento histórico único con posibilidades
extraordinarias de transformación y liberación, pero también
peligros inmensos.
"Tratan de llevar a una guerra cruel a países vecinos. Es
gravísimo para el mundo lo que sucede entre Paquistán y la India",
comenta. Insiste en el peligro de estas "contrainsurgencias
informativas", que hacen su trabajo cotidiano sobre los pueblos, que
paralizan y confunden, los dejan inermes y los llevan a participar
en luchas estériles entre países y poblaciones que no son enemigas.
Como un hombre que ha vivido una de las experiencias más
extraordinarias y creativas en el siglo pasado y lo que va de este,
sabe que se necesita la reflexión creadora, la unidad imprescindible
de los pueblos. Miradas generalizadoras y fuertes, no aisladas,
solitarias e individualistas. Por eso, Fidel Castro está analizando
ahora cada detalle para cerrar bien los relatos de nuestra historia
común.
"El camino siempre será difícil y requerirá el esfuerzo
inteligente de todos. Desconfío de las sendas aparentemente fáciles
de la apologética, o la autoflagelación como antítesis. Prepararse
siempre para la peor de las variantes. Ser tan prudentes en el éxito
como firmes en la adversidad es un principio que no puede olvidarse.
El adversario a derrotar es sumamente fuerte, pero lo hemos
mantenido a raya durante medio siglo", ha dicho no hace mucho
tiempo.
Ahora se informa cada día de todo lo que pasa en el mundo y
escribe como un soldado de las ideas, es decir, con el arma de la
palabra. Este tiempo de obligado sosiego le ha dado la enorme
posibilidad de ser el único líder de una revolución y de una
resistencia heroica y mítica contra un imperio brutal, que puede
mirar en retrospectiva todo lo sucedido y abundar en detalles, como
lo ha demostrado en el libro que recientemente escribió sobre
Colombia; esos detalles que dan la verdadera luz a la historia
universal.
Fidel Castro no descansa. En su retiro de trabajo nos entrega
cada día un relato histórico, renovado y enriquecido para que los
pueblos recuperen la memoria verdadera, sin subterfugios. Afuera, el
pueblo cubano se prepara para comenzar un año festejando la
Revolución que llegó hace medio siglo para quedarse. Este hombre que
no ha dejado de luchar desde su adolescencia nos enseña que la
humildad es un destello maravilloso de la vida en revolución.