No
por esperada la noticia nos sobrecogió a todos. Harold, después de
una intensa agonía, se despedía de nosotros. Ya sabíamos que esto
iba a ocurrir, pero cuando tuvimos la certidumbre del final un nudo
en la garganta y la indecisión de cómo comunicárselo a los demás nos
turbó. Harold era ya parte de nosotros porque desde la ausencia de
Manila estuvimos junto a él más que nunca, a su música, a sus
inquietudes intelectuales, a sus tribulaciones, a su gradual
deterioro físico.
Era parte de nosotros porque su ejemplo cívico, su honestidad, su
lucidez, y su coherencia eran un magisterio diario. Harold nunca
tuvo 90 años, siempre fue un hombre joven, coloquial, lozano,
amistoso. Sus juicios eran tabla de ley, sin paternalismo y mucho
menos arrogancia, nos dió una lección mayor de inteligencia y
mesura. Sus principios éticos y artísticos fueron inviolables, así
como su conducta patriótica puesta a prueba en múltiples escenarios
internacionales. Harold fue un intelectual orgánico que puso su
música al servicio de la modernidad sin sacrificar la herencia
histórica, sin violentar con excesos manieristas lo más puro de la
tradición. Y puso también su vida al servicio de una causa en que
los valores del otro adquirían prioridad y lo situaban en la
dimensión más alta de la condición humana.
Lo cenital y misterioso se conjugan en su persona. Escribió: "La
vida es un misterio, nadie sabe nada de nada, simplemente lo que hay
que saber es vivir dentro de ese misterio que se convierte para mi
en un privilegio, el privilegio de vivir".
Harold fue la quintaesencia del amor sin tregua hacia la especie
humana. Para él, la vida fue gesta, desafío, aventura sin fin. Por
eso se entregó a aquello que lo retaba y fue libre como todo gran
artista. Con su optimismo nos organizó la vida cuando pensábamos que
el orden del Cosmos se descomponía y nos caía encima. Maestro de
muchos, amigo de todos, fiel de la balanza, Harold fundó una
cofradía luminosa que hoy se reúne en este lugar para decirle adiós
a sabiendas de que no entrará en el reino de los olvidados ni de la
soledad porque siempre tuvo una familia numerosa junto a Manila, sus
partituras y su pequeña colección de caballitos de porcelana y
cristal. Harold, como hubiera dicho Lezama Lima llevaba la mayor
cantidad de luz que un hombre podía mostrar sobre la tierra. En sus
ojos esa luz era un aliento para los que tuvimos el privilegio de
ser sus amigos. Me imagino cómo se tienen que sentir sus alumnos,
los que más allá de la composición musical aprendieron con él el
oficio de saber estar en este mundo, asidos al báculo de ética que
llevó siempre y que nos entrega hoy como acto de última voluntad. No
voy a contar historias personales ni a hacer un compendio de
anécdotas que confirmarían con creces la recia y a la vez tierna
personalidad de Harold Gramatges. Son sus compañeros más cercanos,
sus discípulos y los músicos cubanos los dueños de ese tesoro que
soy incapaz de profanar con pequeñeces.
A mi me ha tocado poner luz sobre la sombra que ahora lo acoge en
el más profundo silencio. A mi me ha tocado decir que este gran
músico santiaguero, nacido en 1918, dio a su patria los lauros más
altos. Que su obra le hizo merecedor del premio Reichold del Caribe
y Centroamérica otorgado por la Orquesta de Detroit en 1945, que fue
alumno destacado de Aaron Copland y de Amadeo Roldán.
Que junto a otros músicos de la vanguardia fundó el grupo de
Renovación Musical y presidió desde su fundación la Sociedad
Cultural Nuestro Tiempo, que aglutinó lo más conspicuo de la
intelectualidad progresista de esos años en encarnizado
enfrentamiento a la dictadura de Batista. Que fue embajador, dígase
mejor, embajador de lujo, de Cuba en Francia, que fundó el
Departamento de Música de Casa de las Américas, que sus clases de
composición en el Instituto Superior de Arte adquieren la
clasificación de magistrales lecciones cotidianas del saber hacer.
Que dirigió la Comisión de Escritores y Artistas por la Paz y
Soberanía de los Pueblos, que fue, es y será siempre el honroso
Presidente de la Asociación de Música de la UNEAC y que su obra de
creación posee un repertorio infinito que ha enriquecido el catálogo
de Cuba y el mundo. Distinciones y premios, casi todos; desde la
orden Alejo Carpentier y la Félix Varela de primer grado hasta el
Premio Nacional de Música y el Iberoamericano Tomás Luís de Victoria
en España. Ninguno de ellos lo envaneció, por el contrario sembraron
mayor humildad en su vida.
Harold, ayer por la mañana cuando supimos que ya te ibas, todos
los que estábamos en aquella mesa de trabajo de la UNEAC te buscamos
entre nosotros, y te vimos, estoy seguro de que te vimos, y no fue
una ilusión óptica.
Tú estabas allí erguido, aureolado de ese misterio que siempre te
acompañó, con tu báculo de luz y tu irrenunciable elegancia, con tu
sencillez y con tu entereza, a punto de pedir la palabra. Tienes la
palabra ahora y para siempre, maestro.
(*) Al despedir el duelo del maestro Harold Gramatges en la
mañana del 17 de diciembre del 2008