Con
la desaparición ayer del Maestro Harold Gramatges, Cuba no solo
pierde a uno de sus más trascendentes músicos, sino a un creador que
le fue siempre fiel. Desde muy joven se identificó con las causas
justas y no obstante haber alcanzado el renombre que su talento
creativo le propició, mantuvo la sencillez que le ganó el cariño y
el reconocimiento de nuestro pueblo.
Nacido en Santiago de Cuba, el 26 de septiembre de 1918, lo que
siempre mostró como timbre de orgullo, tuvo la suerte de iniciar sus
estudios en el conservatorio de su ciudad natal con la profesora
Dulce María Serret, quien también se destacó como promotora
cultural, lo que influyó en el joven Harold.
Gramatges también sentía orgullo por su ancestro mambí. Este
sentido patrio marcó muchas de sus obras futuras, como es el caso de
In Memóriam, homenaje a Frank País; La muerte del Guerrillero
y Cantata para Abel, por mencionar algunas.
Harold Gramatges falleció en La Habana a los 90 años. Sus cenizas
han estado expuestas en el vestíbulo del Teatro Auditórium Amadeo
Roldán, en Calzada y D, Vedado, desde anoche. Su sepelio está
señalado para hoy miércoles 17 de diciembre, a las 11:00 a.m., en la
necrópolis de Colón, según informaron el Instituto Cubano de la
Música (ICM) y la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).
En 1942 viajó a los Estados Unidos donde completó su formación en
el Berkshire Music Center con los maestros Aaron Coplan y Serge
Koussevitzky. En 1945 fundó y dirigió la Orquesta del Conservatorio
Municipal de La Habana, donde también ejerció como profesor. En 1958
se hizo acreedor del Premio Reichold del Caribe y Centro América,
otorgado por la Orquesta de Detroit, Estados Unidos, por su
Sinfonía en mí.
Desde su fundación en 1951 hasta 1961 presidió la Sociedad
Cultural Nuestro Tiempo. También creó el Departamento de Música de
la Casa de las Américas.
Entre 1961 y 1964 fue embajador de Cuba en Francia. Su catálogo
como compositor abarca también desde la música sinfónica y coral, y
para el teatro y el cine; así como la musicalización de textos de
Juan Ramón Jiménez, Góngora, Rafael Alberti, Justo Rodríguez Santos
y nuestro José Martí.
Entre las numerosas distinciones recibidas sobresalen la Orden
Félix Varela de Primer Grado, el Premio de Reconocimiento a su obra
total, otorgado por la UNEAC; la Medalla Alejo Carpentier, conferida
por el Consejo de Estado; el Premio Nacional de Música 2002, del ICM,
y el Premio Iberoamericano de la Música Tomás Luis de Victoria.