Al lado de ellos, compartiendo los "confortables" escalones de la
entrada al salón de espera, Nieves no hace más que añorar las
paredes y el techo de su cuarto. Nunca la noche se le antojó tan
oscura e infinita.
No es una escena de una película del Festival, ni un libreto para
radio. Resulta apenas un pedacito de la realidad que sufren quienes
se aventuran a lidiar con la lista de espera de Ferrocarriles de
Cuba en la Estación La Coubre de la capital.
Desde hace un tiempo,
por disposición administrativa, se orientó cerrar a las 11:00 p.m.
las puertas de esta terminal nacional, desconociendo las razones que
obligan a numerosas personas a pernoctar allí, o madrugar, para
marcar en la cola de los fallos.
Como si pocas fueran las dificultades del transporte
interprovincial, ahora quienes acuden al llamado de última hora del
servicio de trenes nacionales (entre otras cosas por los ventajosos
precios) deben pasar las noches en la acera y esperar al amanecer
para aliviar el cansancio en los asientos de la terminal, de por sí
molestos e insuficientes.
Una cifra alta de personas acude a este sistema de viaje, sobre
todo por la mayor capacidad de los trenes. Téngase en cuenta,
además, que Ferrocarriles de Cuba ofrece por lista de espera todas
las capacidades de sus coches motores de Camagüey y Morón, con una
programación de salidas diarias. Si a eso le sumamos que en ese
mismo sitio comienzan a reunirse, desde aproximadamente las 4:00
a.m., los primeros pasajeros de las guaguas de algunos municipios
habaneros como Güines, Madruga y San Nicolás de Bari, ¿cómo se
explica semejante medida?
Hace muchos años que la hora de comienzo de las anotaciones quedó
fijada para las siete de la mañana, forzando a los viajeros a marcar
muchas horas antes y favoreciendo el bolsillo de algunos
oportunistas dispuestos a revender su turno por cualquier suma
superior a 20 pesos. Una lista ininterrumpida, como la de ómnibus o
las propias del ferrocarril en muchas provincias, evitan a las
personas todas estas molestias y limitan las actividades ilícitas.
En inviernos anteriores, quienes se sacrificaban para inscribirse
en los primeros números de la lista, mitigaban la espera protegidos
dentro del salón, viendo el televisor o dormitando tranquilamente.
Hoy solo les queda contemplar en la distancia los asientos vacíos,
compartir la indignación con los compañeros de penurias y regatearle
al custodio los minutos para pasar al inmueble antes de las 5:30
a.m.