Pero hoy corren otros tiempos. A pesar de las diferencias o los
diversos trayectos socioeconómicos que siguen las naciones del área,
existe una fuerte voluntad de integración y de realizar esfuerzos
políticos donde América Latina y el Caribe hablen con voz propia.
La Cumbre que se celebrará en Salvador de Bahía, Brasil, del 16
al 17 de diciembre próximos, enmarcada en estas acciones, será un
encuentro inédito. Por primera vez los 33 países convocados podrán
reunirse sin tutelas, sin potencias foráneas como Estados Unidos o
provenientes del Viejo Continente.
Los participantes, que abrirán un abanico de temas urgentes,
entre ellos, la crisis financiera global, alimentaria, cambio
climático y recursos renovables, enfocarán sus debates en la
integración y el desarrollo.
Para las naciones latinoamericanas y caribeñas se asoma una
oportunidad de diálogo entre iguales, en la que podría impulsarse un
nuevo mecanismo de concertación, una agenda temática común y
principios básicos a los cuales dar seguimiento.
Según el canciller brasileño Celso Amorim, uno de los objetivos
fundamentales de la Cumbre es la valoración de las iniciativas que
han surgido en la región, con el afán de lograr estrategias comunes
de mayor integración.
En ese sentido, el encuentro pondrá sobre la mesa los esquemas
subregionales de intercambio, los cuales, desde diferentes enfoques,
han privilegiado, sobre todo, los vínculos comerciales.
Precisamente, en el mismo escenario brasileño, una cita del
Mercado Común del Sur (MERCOSUR), casi le tocará los talones al
encuentro de los mandatarios. El grupo, echado a andar en 1991 por
Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay, ha manifestado su intención
de erigir una voz más potente en los procesos integracionistas.
Asimismo, la Comunidad Andina de Naciones (CAN) ––aún con sus
diferencias internas–– conformada por Bolivia, Ecuador, Colombia y
Perú; el Sistema de Integración Centroamericana (SICA) y la
Comunidad del Caribe (CARICOM) constituyen otros proyectos del área.
Recientemente, la declaración final de la III Cumbre
Cuba-CARICOM, efectuada en Santiago, también recogió la disposición
del bloque de construir "un esquema regional amplio y diverso", con
un trato diferenciado a las economías más vulnerables.
Los tiempos actuales, en los que son visibles los estragos de la
ola neoliberal de los años noventa, las reticencias de nuestros
pueblos ante aquel "cuento dorado" sobre un Área de Libre Comercio
para las Américas (ALCA) o los Tratados de Libre Comercio que
todavía insiste Washington en firmar, han girado la mirada hacia
iniciativas que hagan contrapeso a estos modelos.
La crisis financiera internacional también nos ha puesto a
discutir sobre más de cien años vividos en soledad, en que
diferentes mecanismos como el Banco Mundial, el Fondo Monetario
Internacional o el Banco Interamericano de Desarrollo no lograron
ese crecimiento hacia adentro que prometieron a nuestros pueblos.
Sin embargo, los proyectos ajenos al mito neoliberal han ido
asomándose. Desde que en el 2004 la Alternativa Bolivariana para las
Américas (ALBA) emprendió su periplo en Cuba y Venezuela, sus
beneficios han llegado a Bolivia, Nicaragua, Dominica, Honduras y
otras naciones, cruzando las leyes estrictas del mercado, bajo los
principios de justicia social.
Para el intelectual argentino Atilio Borón —uno de los
principales analistas de los problemas del Sur—, "América Latina
tiene que darse cuenta que no debe esperar nada de afuera, y mucho
menos de Estados Unidos", debido a que las políticas de Washington
"van a estar condicionadas por los factores permanentes de poder".
De referencias como esta también han aprendido las naciones del
área. Dos acontecimientos en los últimos meses dieron muestras de
cómo podría funcionar la región sin dictados extranjeros: la
solución del conflicto entre Colombia, Ecuador y Venezuela por el
Grupo de Río en su XX Cumbre, realizada en marzo; y el contundente
respaldo de la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) a la
institucionalidad y democracia en Bolivia ante un plan de golpe
cívico contra Evo Morales.
Tanto el Grupo de Río, conformado por una veintena de países a
los cuales se adhirió Cuba; y UNASUR, integrada por 12 naciones, las
pertenecientes al MERCOSUR, la CAN, más Venezuela, Chile, Guyana y
Surinam, han evidenciado la existencia del Sur, como aquel poema de
Benedetti.
Cada uno de estos sucesos apuntan a que en Brasil los gobernantes
asistentes puedan mirar en profundidad las iniciativas puestas en
marcha, a favor de un desarrollo endógeno.
Específicamente para Cuba, la Cumbre es muy significativa, pues
constituye un espacio de análisis de alternativas plausibles de
cooperación, solidaridad y complementación, en un momento en que la
influencia de la Isla en la región ha sido reconocida a nivel
internacional, y ante un clima de total aislamiento de las políticas
norteamericanas, como fue demostrado en la ONU.
Ahora, América Latina y el Caribe tienen el desafío de dialogar
sobre sus asimetrías, de hallar consenso en su diversidad. En ese
viaje hacia el desarrollo, que tiempo atrás emprendieron nuestros
países, como refería Galeano, es imprescindible navegar juntos,
única forma de aislar el naufragio.