Cumbre América Latina y el Caribe

Aislar el naufragio

MIRIELA FERNÁNDEZ LOZANO

El desarrollo es un viaje con más náufragos que navegantes, decía Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina. Esa era la imagen de la región en los años sesenta y setenta cuando el Norte dictaba los caminos de modernidad a nuestras economías y los procesos de integración, según el propio escritor uruguayo, llegaban ajenos a nuestros orígenes.

Los presidentes de Brasil, Bolivia y Venezuela, gestores de proyectos integracionistas, sellan en Riberalta un convenio para construir una ruta entre sus países.

Pero hoy corren otros tiempos. A pesar de las diferencias o los diversos trayectos socioeconómicos que siguen las naciones del área, existe una fuerte voluntad de integración y de realizar esfuerzos políticos donde América Latina y el Caribe hablen con voz propia.

La Cumbre que se celebrará en Salvador de Bahía, Brasil, del 16 al 17 de diciembre próximos, enmarcada en estas acciones, será un encuentro inédito. Por primera vez los 33 países convocados podrán reunirse sin tutelas, sin potencias foráneas como Estados Unidos o provenientes del Viejo Continente.

Los participantes, que abrirán un abanico de temas urgentes, entre ellos, la crisis financiera global, alimentaria, cambio climático y recursos renovables, enfocarán sus debates en la integración y el desarrollo.

Para las naciones latinoamericanas y caribeñas se asoma una oportunidad de diálogo entre iguales, en la que podría impulsarse un nuevo mecanismo de concertación, una agenda temática común y principios básicos a los cuales dar seguimiento.

Según el canciller brasileño Celso Amorim, uno de los objetivos fundamentales de la Cumbre es la valoración de las iniciativas que han surgido en la región, con el afán de lograr estrategias comunes de mayor integración.

En ese sentido, el encuentro pondrá sobre la mesa los esquemas subregionales de intercambio, los cuales, desde diferentes enfoques, han privilegiado, sobre todo, los vínculos comerciales.

Precisamente, en el mismo escenario brasileño, una cita del Mercado Común del Sur (MERCOSUR), casi le tocará los talones al encuentro de los mandatarios. El grupo, echado a andar en 1991 por Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay, ha manifestado su intención de erigir una voz más potente en los procesos integracionistas.

Asimismo, la Comunidad Andina de Naciones (CAN) ––aún con sus diferencias internas–– conformada por Bolivia, Ecuador, Colombia y Perú; el Sistema de Integración Centroamericana (SICA) y la Comunidad del Caribe (CARICOM) constituyen otros proyectos del área.

Recientemente, la declaración final de la III Cumbre Cuba-CARICOM, efectuada en Santiago, también recogió la disposición del bloque de construir "un esquema regional amplio y diverso", con un trato diferenciado a las economías más vulnerables.

Los tiempos actuales, en los que son visibles los estragos de la ola neoliberal de los años noventa, las reticencias de nuestros pueblos ante aquel "cuento dorado" sobre un Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA) o los Tratados de Libre Comercio que todavía insiste Washington en firmar, han girado la mirada hacia iniciativas que hagan contrapeso a estos modelos.

La crisis financiera internacional también nos ha puesto a discutir sobre más de cien años vividos en soledad, en que diferentes mecanismos como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o el Banco Interamericano de Desarrollo no lograron ese crecimiento hacia adentro que prometieron a nuestros pueblos.

Sin embargo, los proyectos ajenos al mito neoliberal han ido asomándose. Desde que en el 2004 la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA) emprendió su periplo en Cuba y Venezuela, sus beneficios han llegado a Bolivia, Nicaragua, Dominica, Honduras y otras naciones, cruzando las leyes estrictas del mercado, bajo los principios de justicia social.

Para el intelectual argentino Atilio Borón —uno de los principales analistas de los problemas del Sur—, "América Latina tiene que darse cuenta que no debe esperar nada de afuera, y mucho menos de Estados Unidos", debido a que las políticas de Washington "van a estar condicionadas por los factores permanentes de poder".

De referencias como esta también han aprendido las naciones del área. Dos acontecimientos en los últimos meses dieron muestras de cómo podría funcionar la región sin dictados extranjeros: la solución del conflicto entre Colombia, Ecuador y Venezuela por el Grupo de Río en su XX Cumbre, realizada en marzo; y el contundente respaldo de la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) a la institucionalidad y democracia en Bolivia ante un plan de golpe cívico contra Evo Morales.

Tanto el Grupo de Río, conformado por una veintena de países a los cuales se adhirió Cuba; y UNASUR, integrada por 12 naciones, las pertenecientes al MERCOSUR, la CAN, más Venezuela, Chile, Guyana y Surinam, han evidenciado la existencia del Sur, como aquel poema de Benedetti.

Cada uno de estos sucesos apuntan a que en Brasil los gobernantes asistentes puedan mirar en profundidad las iniciativas puestas en marcha, a favor de un desarrollo endógeno.

Específicamente para Cuba, la Cumbre es muy significativa, pues constituye un espacio de análisis de alternativas plausibles de cooperación, solidaridad y complementación, en un momento en que la influencia de la Isla en la región ha sido reconocida a nivel internacional, y ante un clima de total aislamiento de las políticas norteamericanas, como fue demostrado en la ONU.

Ahora, América Latina y el Caribe tienen el desafío de dialogar sobre sus asimetrías, de hallar consenso en su diversidad. En ese viaje hacia el desarrollo, que tiempo atrás emprendieron nuestros países, como refería Galeano, es imprescindible navegar juntos, única forma de aislar el naufragio.

 

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