El
agua convoca a la criatura y dulcemente la obliga a perpetuarse.
Pero para que se cumpla ese primer milagro es menester que sobre los
dones el elegido consagre vida y sacrificio a algo que tiene mucho
de misión. Poesía, nacimiento, agua. En Dulce María Loynaz se
cumplen todas las exigencias de la creación y se obtiene como
producto la constancia. Obra como constancia y belleza recóndita y a
la vez abierta.
La poesía presidió desde los inicios esta existencia casi secular
instalada en el tiempo proyectado hacia el futuro. Desde el
nacimiento, con el agua como fuente de vida. "Hay que apretar el
agua/ para que suba fina y alta". Parir perlas en recordatorio al
rocío y al leve contacto gongorino. Nacer como alumbramiento.
Prolongación del acto en la palabra.
A los noventa y cinco del suceso, es decir, del nacimiento, tal
vez nada mejor que estos Juegos de Agua, que estos Versos
del agua y del amor, para reforzar la insistencia de la memoria,
el deleite, la admiración. El agua, los versos, el amor, en la
dedicatoria desgarrada y tímida, en vez del hijo que su esposo,
Pablo Álvarez de Cañas, quería. Otra vez el nacer, ahora en el
poema. Originada el agua, desarrollada plenamente en el juego de
ella misma y del amor. El agua en la poeta se diversifica. Agua de
mar. Agua de río. Agua perdida. Con sus hitos y jalones. Variantes y
transmutaciones. Desde el mar iniciático hasta el arca donde suelta
la palabra, que en contradicción a lo insinuado por la poeta:
vuelve. Sin olvidar la niebla y la neblina. El mar que ya había sido
declarado: "El mar es un jardín azul de flores de cristal". Y el
dibujo del río: "Yo seré como el río, que se despeña y choca, y
salta y se retuerce... ¡Pero llega al mar!".
Que van a dar a la mar. ¿Qué es el morir? Que es el morir. Y es
el vivir. En muerte y después de la muerte. En vida y después de la
vida. "Rodeada de mar por todas partes" Dulce María Loynaz se sabe
isla y lo atestigua. Por eso vida y muerte. "Crezco del mar y muero
de él... me alzo". Entronca con Virgilio Piñera, quien
posteriormente se convertiría, "a las siete y seis minutos de la
tarde", "en una isla, una isla como suelen ser las islas". Y va
escoltada por Nicolás Guillén y José Lezama Lima entre insularidades
distintas y contrapuestas. Criatura de islas. Agua.
¡Ah, el marinero de rostro oscuro quiso llevarse a la aislada
muchacha y no pudo decirle a dónde ni cuándo! Ella supo siempre de
su río, su país, su sangre.
Antes, sus hermanas, tal vez salidas del mismo río de luna o de
la vida, le habían preparado camino, ruta, curso, destino. Desde su
sitial, "Oh Havana noble ciudad / Emporio de distinción, / Centro de
la Religión / Y cifra de la lealtad", la Marquesa Jústiz de Santa
Ana le enderezaba veredas de erguida cubanía. Y aprestaba el gesto
que Gertrudis Gómez de Avellaneda le comunicaría, "hoja que el
viento lleva, pero eleva / a Ti un susurro de amor..."; facilitaba
el regalo anticipado de Luisa Pérez de Zambrana en "El arroyo
luciente/ como un velo de luz se estremecía/ sobre la yerba
humedecida y grata"; reiteraba Julia Pérez y Montes de Oca "El agua
bullidora" que "Contemplas sonreír / del lago transparente".
Algo más cercanas, Aurelia Castillo de González, Nieves Xenes,
Juana Borrero y Mercedes Matamoros entonan y concuerdan saludos de
futuras alabanzas y preparan la mesa aderezada para que se mantenga
delante de Dulce María Loynaz a su llegada y permanencia: "La flor
que trajiste como hallazgo y triunfo / otra vez contemplaba como la
flor más bella" y "Ostenta el campo su verdor lúcido, / de intenso
azul el cielo se colora", donde los tonos proclaman "Hielo fundido
por ardiente llama". Porque es la trama que la sostiene a ella y a
todas ellas: "Así viven contentas y dichosas / entre el cielo y el
mar, regocijadas / ignorando tal vez que son hermosas".
Y todavía, casi juntas, en el extremo del femenil cortejo,
discurso ya profético, "Y aún disuelta en la nada su sonrisa /
sombra de luz en leche de azucenas" susurra leve Emilia Bernal.
Mercedes Torrens parece aconsejarla: "Id, transformaos, pensamientos
/ sobre las rosas, sobre el mar, / en madrigales de dulzura;/ y aquí
dejadme con mi paz". Y su admirada y respetada María Villar Buceta,
casi coetánea, la adelanta una inscripción heráldica que sirve mejor
a quien se atrevió a calificar de lírica una, por otra parte,
maravillosa novela: "Y yo en medio de todos, Señor, con mi
lirismo!".
En ese punto del espacio y del tiempo aparece y está Dulce María
Loynaz. Rodeada del agua y de las flores que pícara y humilde
siempre nos reclamara en sus onomásticos y celebraciones. Con el
agua del tiempo y de la gloria. Con las rosas de su jardín.
Las creadoras anteriores a ella me han servido para el gesto
galante y más que justo. Las poetas de ahora, espero, se asomarán
con júbilo compartido a esta guirnalda o abanico. La mujer en su
cumbre no desdeñada. Los hombres a su lado. Sin falso proteccionismo
o patrocinio. Con orgullo. Vencido el terror del valle hondo y
oscuro que señalara Fray Luis de León al indicar la marcha del
Pastor Santo al inmortal seguro, porque con Jorge Manrique, Dulce
María Loynaz "dexonos harto consuelo su memoria".