Cuando
transcurrido un tiempo prudencial el espectador nota que no ha
podido conectarse debidamente con el tono en que pretenden contarle
(¿drama? ¿comedia?, ¿sátira?, ¿acaso una mezcla de todo?), entonces
es que algo extraño está sucediendo.
Y ese algo poco halagüeño marca a Omerta, la última
entrega de Pavel Giroud, quien tan buenos augurios desplegara con
sus dos primeras ofertas en pantalla grande, la última de ellas,
La edad de la peseta.
Concebida bajo una óptica de historia de gánster crepuscular "a
la cubana" y con una trama tan endeble y hasta reiterativa en su
esencia criminal que necesitaba de un extra en el tratamiento
artístico para sustentarse, Omerta no pasa de ser un
propósito simpático lastrado por una combinación de factores
endebles.
El regodeo con la cámara y las luces, los rebuscados planos, el
montaje dinámico hacia los finales tratando de imprimir una
artificial connotación de thriller, no bastan para que esta
historia ubicada a principios de la Revolución, tras el degüello de
los casinos y la fuga de los mafiosos estadounidenses, fluya y se
sienta creíble.
El cuento del tipo duro que pierde facultades con los años, que
se resiste al retiro y prepara un "último golpe" ha sido llevado no
pocas veces a las pantallas; recordar solo aquella pequeña joya de
Louis Malle del año 1980, Atlantic City, con dos envejecidos
Burt Lancaster Y Kirk Douglas.
A Rolo Santos, ex guardaespaldas de un importante mafioso,
masticador de vidrios y apegado al gatillo fácil, le falta
profundidad de carácter y matices psicológicos en su concepción
literaria como para que ese buen actor que es Manuel Porto pueda
sacarlo adelante en un guión en el que florecen las imperfecciones.
Lo mismo sucede con algunos otros personajes, en especial los dos
delincuentes de poca monta enrolados en esa Omerta, ley del silencio
que se cobra con la muerte y que en el filme no pasa de ser un
recurso de subrayado tremendismo final.
Los diálogos y las acciones que tienen lugar en el caserón donde
se busca el gran tesoro están necesitados de una mayor verosimilitud
y hasta de gracia allí donde se adivina la intencionalidad de la
nota desenfadada. Y el cierre resulta demasiado deudor de muchas
películas de Hollywood, y no exactamente como guiño reverencial al
género.
El cine negro, se asuma en serio o con pespuntes de ironía,
requiere de un fino bordado para convencer a un tipo de espectador
que ha envejecido viéndolo y de él sabe desde la A hasta la Z.
Las vías para transitarlo con éxito tienen sus fórmulas, abiertas
siempre a los aportes renovadores, una combinación entre lo viejo y
lo nuevo a la que Omerta poco aporta.