El cine argentino se hará sentir hoy en el festival habanero con
cinco largos de ficción en busca de premios, dos de ellos de autoría
femenina, La mujer sin cabeza, de Lucrecia Martel, y La
rabia, de Albertina Carri.
Fiel a su estilo, Martel entrega una cinta sin concesiones ni
miramientos a la crítica, inmune a quienes le reprochan que en sus
películas "no pasa nada", sin que por ello el espectador abandone la
butaca, tal vez saciado de la avalancha de historias de sesgo
comercialista.
Esa es la impresión que la cineasta deja en cada uno de los
certámenes en que se presenta, desde que facturó su ópera prima,
La ciénaga (2001), premiada en La Habana, donde dividió en dos
bandos a público y especialistas. Está acostumbrada a eso. Es
polémica, iconoclasta.
Hacer una sinopsis de sus filmes resulta poco menos que
imposible. Lo principal en ella es su apropiación de los códigos
cinematográficos, para quebrarlos y revertirlos -haciendo caso omiso
de los presupuestos tradicionales-, sobre la base de un dominio de
la técnica que le sirve para vulnerarla.
En La mujer sin cabeza hay consenso en que la historia es
floja pero lo principal reside en la manera de abordar el
sentimiento de culpa de una mujer "atrapada por un suceso ajeno a su
entorno".
Martel no se da prisa en rodar. La trayectoria de su filmografia
lo confirma. Cuatro películas desde 1995 hasta la fecha. Suele
trabajar en Salta, en forma pausada, sin sobresaltos.
La otra directora es Albertina Carri, quien trajo consigo La
rabia, proyectada este año en la sección Panorama del festival
de Berlín, la esquiva Berlinale, donde fue recibida "como una
explosión de furia contenida".
La trama gira en torno a la violencia en el campo. Según
manifestó en Berlín su realizadora, le interesaba explorar ese fondo
de pasiones primaria subyacente, como una navaja cortante, tras un
paisaje idílico.
Ambientada en la provincia de Buenos Aires, la tónica del filme
es marcadamente realista, opinan los críticos. Su punto de partida
fueron las historias sobre campesinos recogidas por John Berger en
el libro Puerca tierra.
Un dato curioso. Con un presupuesto de un millón de dólares,
La rabia tuvo el apoyo de Matanza Cine, la productora de Pablo
Trapero, quien concursa aquí con Leonera y apostó sin pestañear por
Carri. Lo sustenta afirmando "hay películas que merecen ser vistas y
me gusta estar cerca de esos proyectos".
Carlos Sorín, conocido aquí por Historias mínimas y
Bombón, el perro, regresa ahora en concurso con un largometraje,
La ventana, que califica de nueva ópera prima por el vuelco
de estilo y la apuesta a un lenguaje distinto al de sus cintas
anteriores.
El tema es la soledad y la muerte, tratadas con delicadeza y
desde una perspectiva distinta. La soledad de un escritor moribundo
en espera del hijo que regresa. Cada día abre la ventana como una
manera de prolongar su existencia.
La carga metafórica prevalece. Sorín, quien proclama su filiación
y cercanía con los jóvenes del grupo de Trapero, reconoce como
antecedentes de su cinta la película Madre e hijo, de Sokurov,
y el capítulo final de La dramática vida de Chéjov, de Irene
Nemirovski.
La propuesta de Argentina la cierran, La sangre brota, de
Pablo Fendrik , y Los paranoicos, de Gabriel Molina.
Los cinéfilos cubanos están de fiesta y las colas ante las salas
de proyección matizan el paisaje. Hay muestras diversas, panoramas,
presentaciones especiales, ciclos por países, amén de una cantera de
documentales y dibujos animados, en competencia y secciones
informativas.
La Habana como una inmensa pantalla desplegada. Las 24 hora del
día no alcanzan para tanto buen cine.