Aunque el vencimiento del mandato de la ONU es el 31 de
diciembre, tanto Washington como el gobierno impuesto en Bagdad, se
han apresurado en la rúbrica de un documento elaborado por Estados
Unidos, que persigue hacer vitalicia la ocupación.
Una vez conocida la firma del citado acuerdo, aún pendiente a los
avatares del Congreso en Bagdad, la vocero de la Casa Blanca, Dana
Perino, exclamó: "Simplemente vamos de éxito en éxito en Iraq".
Oír o leer tales expresiones que parecen salidas de una
competencia de mentirosos, ayuda a comprender el porqué, ante tantos
fracasos en sus guerras, el presidente Bush impone este acuerdo (del
lobo un pelo).
Ahora abandonará la Casa Blanca, al menos dejando sus tropas
hasta finales del 2011, y con ello que las empresas transnacionales
petroleras, principalmente norteamericanas, se vayan posesionando
del subsuelo mineral de Iraq, a sabiendas de que esa fue la
verdadera causa de la invasión y ocupación.
No obstante, el parto de este Pacto ha tenido contratiempos y aún
hoy no es del todo seguro para los intereses del Imperio, pues
fuerzas políticas, religiosas y patrióticas dentro de la nación
ocupada han protestado y advertido sobre la verdadera intención del
acuerdo.
Con el antecedente de lo ocurrido allí en los más de cinco años y
medio de ocupación, está totalmente claro que lo que se pretende
ahora es —una vez perdida la guerra—, mantener bases y soldados,
alejados de las ciudades donde es más posible que resulten blanco de
los ataques de la resistencia, pero en lugares estratégicos en una
geopolítica con olor a gasolina.
No podrían olvidarse elementos como el recogido en una
investigación realizada por la encuestadora británica Opinion
Research Business (ORB), que a comienzos del 2008 confirmó que más
de un millón de iraquíes habían muerto como consecuencia de la
ocupación.
Entonces, la intención de dejar allí, en las bases que
actualmente opera Washington, más de 150 000 soldados y oficiales,
no sería garantía alguna de que se detenga esa cifra de fallecidos,
heridos y de destrucción material.
Aún más, el jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos,
almirante Michael Mullen, aseguró esta misma semana que "la retirada
de los soldados norteamericanos prevista —según el acuerdo— para
finales del 2011, estará en dependencia de la situación concreta en
el lugar".
Queda claro: la salida, al margen de lo pactado, quedará a
criterio de Washington.
Ante las pretensiones de un gobierno plegado al mandato y las
presiones de Estados Unidos, como el del primer ministro iraquí Nuri
al Maliki, que justifica el Pacto con posibles beneficios económicos
que nunca han existido, fuerzas internas, encabezadas por el líder
chiita Moktada al Sader, se oponen fuertemente dentro del
Parlamento, y miles de ciudadanos se lanzan a las calles exigiendo
la salida de los soldados norteamericanos.
El Frente de Consenso y otros grupos exigen un referendo para tal
decisión, y han argumentado que el convenio ofrece demasiadas
libertades a los soldados estadounidenses, a la vez que limita
grandemente la soberanía local.
De igual forma, tanto dentro de esa nación como en estados
vecinos, se advierte que el gobierno de George W. Bush, mantiene en
el documento el derecho a que sus tropas en suelo iraquí puedan
atacar a otros países, como lo hicieran recientemente contra Siria,
en una acción donde murieron ocho civiles.
Lo real, y nada maravilloso, de esta película de horror y
misterio, es que Bush abandonará la Casa Blanca con una guerra
perdida, y un Pacto aceptado por las autoridades iraquíes, que
tendrá como único fin dar continuidad a la ocupación y la contienda
bélica.