El parto del Pacto

ELSON CONCEPCIÓN PÉREZ
elson.cp@granma.cip.cu

Pasaron cinco años y medio. Murieron más de un 1 200 000 iraquíes. Regresaron a territorio norteamericano más de 4 200 cadáveres de soldados enviados por el Pentágono a una guerra que nunca debió ser. Ahora, el presidente que inventó el cuento de que había bombas de exterminio masivo, o de que el Gobierno de Bagdad tenía vínculos con Al Qaeda y por tanto responsabilidad en los ataques contra las Torres Gemelas, aplaude el parto de un Pacto, que pretende perpetuar la presencia yanki en la nación del Golfo.

Manifestantes en las calles de Bagdad exigen retirada yanki.

Aunque el vencimiento del mandato de la ONU es el 31 de diciembre, tanto Washington como el gobierno impuesto en Bagdad, se han apresurado en la rúbrica de un documento elaborado por Estados Unidos, que persigue hacer vitalicia la ocupación.

Una vez conocida la firma del citado acuerdo, aún pendiente a los avatares del Congreso en Bagdad, la vocero de la Casa Blanca, Dana Perino, exclamó: "Simplemente vamos de éxito en éxito en Iraq".

Oír o leer tales expresiones que parecen salidas de una competencia de mentirosos, ayuda a comprender el porqué, ante tantos fracasos en sus guerras, el presidente Bush impone este acuerdo (del lobo un pelo).

Ahora abandonará la Casa Blanca, al menos dejando sus tropas hasta finales del 2011, y con ello que las empresas transnacionales petroleras, principalmente norteamericanas, se vayan posesionando del subsuelo mineral de Iraq, a sabiendas de que esa fue la verdadera causa de la invasión y ocupación.

La caricatura es elocuente: EE.UU. quiere fracturar a Iraq y apoderarse de su petróleo.

No obstante, el parto de este Pacto ha tenido contratiempos y aún hoy no es del todo seguro para los intereses del Imperio, pues fuerzas políticas, religiosas y patrióticas dentro de la nación ocupada han protestado y advertido sobre la verdadera intención del acuerdo.

Con el antecedente de lo ocurrido allí en los más de cinco años y medio de ocupación, está totalmente claro que lo que se pretende ahora es —una vez perdida la guerra—, mantener bases y soldados, alejados de las ciudades donde es más posible que resulten blanco de los ataques de la resistencia, pero en lugares estratégicos en una geopolítica con olor a gasolina.

No podrían olvidarse elementos como el recogido en una investigación realizada por la encuestadora británica Opinion Research Business (ORB), que a comienzos del 2008 confirmó que más de un millón de iraquíes habían muerto como consecuencia de la ocupación.

Entonces, la intención de dejar allí, en las bases que actualmente opera Washington, más de 150 000 soldados y oficiales, no sería garantía alguna de que se detenga esa cifra de fallecidos, heridos y de destrucción material.

Aún más, el jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, almirante Michael Mullen, aseguró esta misma semana que "la retirada de los soldados norteamericanos prevista —según el acuerdo— para finales del 2011, estará en dependencia de la situación concreta en el lugar".

Queda claro: la salida, al margen de lo pactado, quedará a criterio de Washington.

Ante las pretensiones de un gobierno plegado al mandato y las presiones de Estados Unidos, como el del primer ministro iraquí Nuri al Maliki, que justifica el Pacto con posibles beneficios económicos que nunca han existido, fuerzas internas, encabezadas por el líder chiita Moktada al Sader, se oponen fuertemente dentro del Parlamento, y miles de ciudadanos se lanzan a las calles exigiendo la salida de los soldados norteamericanos.

El Frente de Consenso y otros grupos exigen un referendo para tal decisión, y han argumentado que el convenio ofrece demasiadas libertades a los soldados estadounidenses, a la vez que limita grandemente la soberanía local.

De igual forma, tanto dentro de esa nación como en estados vecinos, se advierte que el gobierno de George W. Bush, mantiene en el documento el derecho a que sus tropas en suelo iraquí puedan atacar a otros países, como lo hicieran recientemente contra Siria, en una acción donde murieron ocho civiles.

Lo real, y nada maravilloso, de esta película de horror y misterio, es que Bush abandonará la Casa Blanca con una guerra perdida, y un Pacto aceptado por las autoridades iraquíes, que tendrá como único fin dar continuidad a la ocupación y la contienda bélica.

 

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