Claves sinfónicas

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Siempre resulta alentador una jornada sinfónica completamente dedicada a la música cubana. No se trata de enarbolar un pensamiento chovinista ni de menospreciar el enorme caudal que durante los últimos cuatro siglos ha enriquecido la paleta sonora en este campo, sino hacer justicia a la necesaria promoción de nuestros valores, todavía insuficientemente valorados por el público y hasta por los mismos intérpretes.

El pasado domingo, de punta a cabo, la Orquesta Sinfónica Nacional hizo honor a tres generaciones de compositores. En la primera parte, Roberto Valera, al frente de la agrupación, rescató del olvido una obra que muchos citan pero casi nadie escucha, Obertura sobre temas populares cubanos (1925), de Amadeo Roldán. La mayor dificultad para su difusión radica en el hecho de que la partitura —no las partes de cada instrumentista— es un esquema que solo mediante una paciente labor de reconstrucción el propio Valera pudo armar. Es una obra imprescindible para apreciar la gestación de un pensamiento de vanguardia que maduraría poco después.

Valera también estrenò Con licencia de lo’ monte, voy buscando mi raíz (2007), de Annalie Rodríguez, una jovencita matancera que se diplomó del Instituto Superior de Arte, bajo la tutela de Juan Piñera, con esta partitura, que mucho le debe a Roldán y Caturla. Lo apreciable en ella está en que va más allá del ejercicio académico y de la corrección estructural, para experimentar con los ritmos, jugar con las citas textuales, y, sobre todo, apostar por cualidades tímbricas de nuestra época.

Otra manera de ser cubano la trajo el propio Valera con una nueva audición de su obra La lenta noche en tus ojos, en la que si bien se hacen notar referencias mahlerianas, asoma, además, un contenido lírico que forma parte de nuestra tradición melódica.

La segunda parte estuvo a cargo de Jorge López Marín. Debido a la extensión de la velada circunscribió a uno de los movimientos de su obra mayor Suitanga orquestal la ofrenda personal. Congueada es, no obstante, un momento de gracia e ingenio que nos recuerda las posibilidades de traslación sinfónica de una de las expresiones populares más radicales.

López Marín cerró con un homenaje a Alfredo Diez Nieto, uno de nuestros compositores de lujo que a los 90 años de edad parece un roble. Dos versiones para orquesta (1995). El director sacó gran partida de la intensidad de las cuerdas en la primera versión y transmitió con transparencia la atmósfera cargada de resonancias festivas.

 

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