Siempre resulta alentador una jornada sinfónica completamente
dedicada a la música cubana. No se trata de enarbolar un pensamiento
chovinista ni de menospreciar el enorme caudal que durante los
últimos cuatro siglos ha enriquecido la paleta sonora en este campo,
sino hacer justicia a la necesaria promoción de nuestros valores,
todavía insuficientemente valorados por el público y hasta por los
mismos intérpretes.
El pasado domingo, de punta a cabo, la Orquesta Sinfónica
Nacional hizo honor a tres generaciones de compositores. En la
primera parte, Roberto Valera, al frente de la agrupación, rescató
del olvido una obra que muchos citan pero casi nadie escucha,
Obertura sobre temas populares cubanos (1925), de Amadeo Roldán.
La mayor dificultad para su difusión radica en el hecho de que la
partitura —no las partes de cada instrumentista— es un esquema que
solo mediante una paciente labor de reconstrucción el propio Valera
pudo armar. Es una obra imprescindible para apreciar la gestación de
un pensamiento de vanguardia que maduraría poco después.
Valera también estrenò Con licencia de lo’ monte, voy buscando
mi raíz (2007), de Annalie Rodríguez, una jovencita matancera
que se diplomó del Instituto Superior de Arte, bajo la tutela de
Juan Piñera, con esta partitura, que mucho le debe a Roldán y
Caturla. Lo apreciable en ella está en que va más allá del ejercicio
académico y de la corrección estructural, para experimentar con los
ritmos, jugar con las citas textuales, y, sobre todo, apostar por
cualidades tímbricas de nuestra época.
Otra manera de ser cubano la trajo el propio Valera con una nueva
audición de su obra La lenta noche en tus ojos, en la que si
bien se hacen notar referencias mahlerianas, asoma, además, un
contenido lírico que forma parte de nuestra tradición melódica.
La segunda parte estuvo a cargo de Jorge López Marín. Debido a la
extensión de la velada circunscribió a uno de los movimientos de su
obra mayor Suitanga orquestal la ofrenda personal.
Congueada es, no obstante, un momento de gracia e ingenio que
nos recuerda las posibilidades de traslación sinfónica de una de las
expresiones populares más radicales.
López Marín cerró con un homenaje a Alfredo Diez Nieto, uno de
nuestros compositores de lujo que a los 90 años de edad parece un
roble. Dos versiones para orquesta (1995). El director sacó
gran partida de la intensidad de las cuerdas en la primera versión y
transmitió con transparencia la atmósfera cargada de resonancias
festivas.