La tenacidad, el talento y la amplitud de miras de Iván del
Prado, sin lugar a dudas el director sinfónico cubano más aventajado
de las últimas dos décadas, inciden de modo decisivo en la ascensión
de la Orquesta de Cámara de La Habana, una agrupación en la que sus
jóvenes integrantes, en un tiempo relativamente corto, han
conseguido logros sumamente agradecidos por un público ávido de
sumergirse en ámbitos sonoros infrecuentes, pero a la vez,
imprescindibles para su información y goce estético.
Ya el solo hecho de abordar la Segunda sinfonía, del suizo
Arthur Honegger (1892-1953), como lo hizo el último fin de semana en
el teatro Amadeo Roldán, inspira respeto. Y mucho más cuando al
término de la audición, los asistentes comprobaron cómo el director
impregnó a la formación la hondura de una obra conmovedora por una
convicción dramática que culmina con una esperanzadora alegoría
mediante la inclusión de un tema cantado por la trompeta (bella
dicción melódica la del joven Fayed Sanjudo).
Del Prado entregó a los melómanos otra obra que no puede pasarse
por alto en la literatura romántica: la Suite Holbert, del
noruego Edgard Grieg (1843-1907). Aunque aquí se le conoce más por
el Concierto en La menor, para piano y orquesta, y la suite
sobre la música incidental del drama de Ibsen, Peer Gynt, la
Holbert constituye una referencia ineludible para comprender
cómo Grieg fue capaz de elaborar un discurso temático innovador y
brillante y enmarcarlo en moldes convencionales.
Siempre es Bach una fiesta y así lo asumieron Del Prado, la novel
flautista Yailín Martínez y la OCH en la Suite no. 2, aunque,
a fuer de ser sincero, la interpretación estuvo más cercana al
repaso que a la invención. Pero fue una faena cumplida e
interiorizada por un público que sabe que la OCH no apuesta a
caminos trillados ni fórmulas espectaculares. Iván del Prado
jerarquiza la música.