Nacido en la capital cubana, ingeniero de profesión, compositor y
guitarrista, aunque estudió algunas lecciones de solfeo y técnica de
la guitarra, su formación fue esencialmente autodidacta. Perteneció,
junto a César Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, Ángel Díaz,
Rosendo Ruiz Quevedo y otros, al movimiento del filin. Desde niño
escuchó en su hogar a Chopin, Rachmaninov y Beethoven, pero también
a Matamoros, Arsenio y los danzones de Arcaño y sus Maravillas, que
fueron paulatinamente enriqueciendo sus conocimientos. A ello se
sumó el contacto con la obra de Miguel Llobet y Andrés Segovia.
Su capacidad para la improvisación parecía inagotable, quizás
como resultado de su prodigiosa imaginación creadora. Esto era
evidente tanto en la exposición de los temas como en la libertad que
se tomaba en aquellos pasajes donde la línea melódica cede al ritmo
en una amplísima conjugación de estos factores.
Sus canciones y boleros, Ahora sí sé que te quiero, Sé
consciente, Canción estudio, Mi ayer, Soy un
hombre feliz, Guajira a mi madre, y Tony y Jesusito,
su diversa y particular manera de conceptualizar su modo de hacer,
lo llevó a esta singular definición de sus obras: trova con filin,
guajira son, preludio con filin, balada con filin, cha cha chá con
filin, danzón con filin, batanga con filin, preludio rítmico, mambo
bop. Porque Ñico era el filin.
Por su obra, Ñico recibió el cariño y el respeto de sus amigos,
la más alta valoración de sus colegas, y sobre todo, el
reconocimiento de su pueblo.