Ñico era el filin

RADAMÉS GIRO

La muerte este fin de semana en La Habana de José Antonio Rojas, Ñico, a los 87 años de edad, privó a la música cubana de una de sus figuras fundamentales, encumbrada durante el pasado siglo.

Ñico, a la derecha, junto al compositor y guitarrista Eduardo Martín, quien ha sido uno de los más pertinaces promotores del repertorio de concierto del maestro recién desaparecido.

Nacido en la capital cubana, ingeniero de profesión, compositor y guitarrista, aunque estudió algunas lecciones de solfeo y técnica de la guitarra, su formación fue esencialmente autodidacta. Perteneció, junto a César Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, Ángel Díaz, Rosendo Ruiz Quevedo y otros, al movimiento del filin. Desde niño escuchó en su hogar a Chopin, Rachmaninov y Beethoven, pero también a Matamoros, Arsenio y los danzones de Arcaño y sus Maravillas, que fueron paulatinamente enriqueciendo sus conocimientos. A ello se sumó el contacto con la obra de Miguel Llobet y Andrés Segovia.

Su capacidad para la improvisación parecía inagotable, quizás como resultado de su prodigiosa imaginación creadora. Esto era evidente tanto en la exposición de los temas como en la libertad que se tomaba en aquellos pasajes donde la línea melódica cede al ritmo en una amplísima conjugación de estos factores.

Sus canciones y boleros, Ahora sí sé que te quiero, Sé consciente, Canción estudio, Mi ayer, Soy un hombre feliz, Guajira a mi madre, y Tony y Jesusito, su diversa y particular manera de conceptualizar su modo de hacer, lo llevó a esta singular definición de sus obras: trova con filin, guajira son, preludio con filin, balada con filin, cha cha chá con filin, danzón con filin, batanga con filin, preludio rítmico, mambo bop. Porque Ñico era el filin.

Por su obra, Ñico recibió el cariño y el respeto de sus amigos, la más alta valoración de sus colegas, y sobre todo, el reconocimiento de su pueblo.

 

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