Brigadas artísticas en Pinar del Río

Habrá que darlo todo y nunca será suficiente

MICHEL HERNÁNDEZ
michelher@granma.cip.cu

Cuando la naturaleza se disponía el último fin de semana a escribir sobre la piel de Cuba otra de sus inciertas historias de huracanes, ocho brigadas artísticas se trasladaron hacia diversas comunidades de Pinar del Río para trabajar para las personas perjudicadas por el paso de los recientes meteoros de septiembre.

La bolerista María Elena Pena cambió su habitual escenario nocturno por la plena luz del día en una comunidad pinareña… y sumó personas del público a su presentación.

Antes de que retoñara el día, la expedición, conformada por trovadores, actores de teatro, magos, boleristas, y el conjunto de música tradicional Debazón llegó al asentamiento La Cubana, del municipio de Los Palacios. Viajaron para continuar fomentando la "rebelión contra la desesperanza", como nombró el teatrista del grupo Integración, Leonel Vázquez Alcántara, a este proyecto impulsado por el Ministerio de Cultura.

Paco G, un mago solidario español.

Al pisar suelo "cubano" fueron descubiertos por un enjambre de niñas y niños que llenaban los huecos del alba con esos juegos infantiles que han sido traducidos a casi todos los idiomas de la Tierra. Juntos se hicieron cargo de los visitantes, a quienes escoltaron hasta el corazón del poblado, donde había quedado levantado un improvisado escenario, en la esquina de una cafetería que ofertaba alimentos a precios módicos.

Hace poco más de dos meses, ni el grupo de muchachas que van de un lado a otro envueltas en el ardor de la adolescencia, ni el jinete vestido como un vaquero de esas películas que cuentan nuestros abuelos bajo el cuidado de la tarde, ni la joven madre que lleva de la mano a un chico que apenas se ha escurrido del pañal, ni la anciana que cada noche mira a lo lejos como si viera pasar sus mejores años por algún punto perdido en el horizonte, ni aquellos que se arremolinan frente al escenario para escuchar la voz de la bolerista María Elena Pena, y las guitarras de Augusto Blanca y Pepe Ordaz, dos juglares de garra cuyos nombres, parafraseando a Bertolt Brecht, resultan imprescindibles en la historia de la Nueva Trova, podían imaginar que el lugar donde nacieron iba a ver pasar dos huracanes que cargaron hasta con los álbumes fotográficos donde se mantenían vivos los antepasados de varias familias de "cubanos".

Dilia Altúnez es una mujer de 57 años que ha visto crecer a los suyos en esta comunidad. Mientras escuchaba con preocupación las noticias de los miles de evacuados en la zona oriental ante el inminente azote de un nuevo fenómeno climatológico, conoció del arribo de otro conjunto de artistas que poco a poco iban transformando el barrio en un carnaval de ilusiones.

Después del primer café del amanecer salió en busca de sus tesoros más preciados: su hija y su pequeña nieta. Así llegó a tiempo para entregarse a las rancheras mexicanas cantadas por Debasón como si estuvieran en el mismísimo corazón de Guadalajara, a las canciones de María Elena Pena y a las habilidades del mago Bernal que implantó en la conciencia de más de un niño el interés por convertirse en un futuro hacedor del arte que se aventura a desafiar hasta las leyes dictadas por la naturaleza.

En el interior de la comitiva resultaba especialmente llamativo un artista español vestido con un traje lleno de colores como un árbol de navidad. Era Paco G, un showman llegado de Madrid que se presenta habitualmente a lo largo del país ibérico con un espectáculo de magia y humor. Al enterarse de los daños ocasionados por los meteoros se incorporó a las brigadas impulsado por la "necesidad de ayudar a las personas y, sobre todo, a los chavales".

Paco aterrizó en La Cubana con los ojos puestos en una hilera de casas que ya mostraban signos de recuperación. Sus techos volvían a proteger a los moradores de la soledad de la intemperie y de los recuerdos dantescos de los huracanes enterrados para siempre en los fondos abisales de la memoria. Traía la mochila repleta de globos que convertía con la agilidad de una coreografía estudiada mil veces en cuanta figura corra por los pasillos de la imaginación infantil.

"Al ver los rostros felices de los que nos estaban esperando me he dado cuenta de por qué vale la pena ser artista, de cuánto significa esta profesión. Cuando se trata de ayudar a la gente no valen ni contratos, ni fama, ni publicidad. Esto no se paga ni con todo el oro del mundo", comentó mientras conversaba con la muñeca de trapo que asume el rol de María Moñitos en las funciones del grupo Integración.

Entre miradas satisfechas, saltos de jubilosos niños y promesas de regreso la brigada culminó su actuación. En la tarde se trasladarían al centro de Los Palacios para cumplir con la segunda parte del programa. Pero los pobladores de la localidad no los dejaban marchar, sin antes, al menos, volver a escuchar una canción, un poema, otro chiste. Y los artistas, con el sol golpeando fuerte sobre la piel, volvieron a encaramarse al escenario para seguir alimentando la esperanza de decenas de personas humildes por las que, como diría el gran Fayad Jamis, "habrá que darlo todo y nunca será suficiente...".

 

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