Antes de que retoñara el día, la expedición, conformada por
trovadores, actores de teatro, magos, boleristas, y el conjunto de
música tradicional Debazón llegó al asentamiento La Cubana, del
municipio de Los Palacios. Viajaron para continuar fomentando la
"rebelión contra la desesperanza", como nombró el teatrista del
grupo Integración, Leonel Vázquez Alcántara, a este proyecto
impulsado por el Ministerio de Cultura.
Paco
G, un mago solidario español.
Al pisar suelo "cubano" fueron descubiertos por un enjambre de
niñas y niños que llenaban los huecos del alba con esos juegos
infantiles que han sido traducidos a casi todos los idiomas de la
Tierra. Juntos se hicieron cargo de los visitantes, a quienes
escoltaron hasta el corazón del poblado, donde había quedado
levantado un improvisado escenario, en la esquina de una cafetería
que ofertaba alimentos a precios módicos.
Hace poco más de dos meses, ni el grupo de muchachas que van de
un lado a otro envueltas en el ardor de la adolescencia, ni el
jinete vestido como un vaquero de esas películas que cuentan
nuestros abuelos bajo el cuidado de la tarde, ni la joven madre que
lleva de la mano a un chico que apenas se ha escurrido del pañal, ni
la anciana que cada noche mira a lo lejos como si viera pasar sus
mejores años por algún punto perdido en el horizonte, ni aquellos
que se arremolinan frente al escenario para escuchar la voz de la
bolerista María Elena Pena, y las guitarras de Augusto Blanca y Pepe
Ordaz, dos juglares de garra cuyos nombres, parafraseando a Bertolt
Brecht, resultan imprescindibles en la historia de la Nueva Trova,
podían imaginar que el lugar donde nacieron iba a ver pasar dos
huracanes que cargaron hasta con los álbumes fotográficos donde se
mantenían vivos los antepasados de varias familias de "cubanos".
Dilia Altúnez es una mujer de 57 años que ha visto crecer a los
suyos en esta comunidad. Mientras escuchaba con preocupación las
noticias de los miles de evacuados en la zona oriental ante el
inminente azote de un nuevo fenómeno climatológico, conoció del
arribo de otro conjunto de artistas que poco a poco iban
transformando el barrio en un carnaval de ilusiones.
Después del primer café del amanecer salió en busca de sus
tesoros más preciados: su hija y su pequeña nieta. Así llegó a
tiempo para entregarse a las rancheras mexicanas cantadas por
Debasón como si estuvieran en el mismísimo corazón de Guadalajara, a
las canciones de María Elena Pena y a las habilidades del mago
Bernal que implantó en la conciencia de más de un niño el interés
por convertirse en un futuro hacedor del arte que se aventura a
desafiar hasta las leyes dictadas por la naturaleza.
En el interior de la comitiva resultaba especialmente llamativo
un artista español vestido con un traje lleno de colores como un
árbol de navidad. Era Paco G, un showman llegado de Madrid
que se presenta habitualmente a lo largo del país ibérico con un
espectáculo de magia y humor. Al enterarse de los daños ocasionados
por los meteoros se incorporó a las brigadas impulsado por la
"necesidad de ayudar a las personas y, sobre todo, a los chavales".
Paco aterrizó en La Cubana con los ojos puestos en una hilera de
casas que ya mostraban signos de recuperación. Sus techos volvían a
proteger a los moradores de la soledad de la intemperie y de los
recuerdos dantescos de los huracanes enterrados para siempre en los
fondos abisales de la memoria. Traía la mochila repleta de globos
que convertía con la agilidad de una coreografía estudiada mil veces
en cuanta figura corra por los pasillos de la imaginación infantil.
"Al ver los rostros felices de los que nos estaban esperando me
he dado cuenta de por qué vale la pena ser artista, de cuánto
significa esta profesión. Cuando se trata de ayudar a la gente no
valen ni contratos, ni fama, ni publicidad. Esto no se paga ni con
todo el oro del mundo", comentó mientras conversaba con la muñeca de
trapo que asume el rol de María Moñitos en las funciones del grupo
Integración.
Entre miradas satisfechas, saltos de jubilosos niños y promesas
de regreso la brigada culminó su actuación. En la tarde se
trasladarían al centro de Los Palacios para cumplir con la segunda
parte del programa. Pero los pobladores de la localidad no los
dejaban marchar, sin antes, al menos, volver a escuchar una canción,
un poema, otro chiste. Y los artistas, con el sol golpeando fuerte
sobre la piel, volvieron a encaramarse al escenario para seguir
alimentando la esperanza de decenas de personas humildes por las
que, como diría el gran Fayad Jamis, "habrá que darlo todo y nunca
será suficiente...".