Quizás la más palpable confirmación de esa realidad esté en el
empuje con que han laborado las fuerzas del sector eléctrico, para
dejar restituido ese servicio, vital para los casi 2 000 habitantes
del sureño asentamiento.
Desde
el primer instante se trabajó para restablecer las redes eléctricas
y de comunicación.
Como explica Mario Patiño Franco, director general de la Empresa
Eléctrica provincial, en el empeño por normalizar o reponer 246
acometidas y metros contadores, más de medio centenar de postes
inclinados o destruidos por el viento, redes derribadas y otros
perjuicios, ha sobresalido la cooperación de técnicos, especialistas
y obreros del Ministerio del Azúcar, la Empresa de
Telecomunicaciones y equipos de Perforación e Izaje.
La
experiencia obliga a fijar con mayor seguridad los postes al
terreno.
"Yo no hubiera imaginado que esas tareas avanzarían tan
rápidamente" —reconoce animada Francisca Corso Hechavarría, quien,
junto a dos hermanos y a su hija Dayani, intentan ordenar un poco y
rearmar el amasijo de tablas arrancadas por el mar a las paredes del
hogar, confundidas ahora entre los "restos mortales" de las camas,
el escaparate y otras pertenencias.
Ella, como la anciana América González, Leandro Rey y otros
habitantes, cuyas casas resultaron total o parcialmente dañadas,
saben que "si bien los estragos en las viviendas no podrán ser
resueltos de hoy para mañana, la solución llegará porque la
Revolución jamás ha abandonado a nadie en este medio siglo".
A pocos metros de allí, mientras eléctricos y telefónicos
devuelven la luz y el privilegio de hablar a cualquier distancia,
una impresionante barrena perfora el suelo y torna cada vez más
viscosa dentro del hoyo la verdosa mezcla, adelantando acaso el
estilo que deberá predominar en todas las redes, necesariamente,
para lograr mayor seguridad e impedir que tantos postes caigan a
tierra ante el azote del viento, tal y como observó Raúl en su
visita.
Un puñado de horas han sido suficientes también para empezar a
impregnar otros aires en la faz del litoral donde, tras el retiro de
ramas, árboles derribados, piedras, restos de vía y otros desechos,
mejora el entorno y hay condiciones más favorables para la vida y la
salud humanas.
La experiencia que a su paso dejó en el norte de la provincia el
poderoso huracán Ike (dos meses atrás) sirvió de base para
concederle atención desde los primeros instantes, en Guayabal, a la
distribución de agua mediante carros cisterna o "pipas" y trabajar,
de forma paralela, en el restablecimiento del bombeo, todo bajo la
verificación de las exigencias higiénicas y sanitarias que demanda
ese servicio.
Entre tanto, indicaciones del Consejo de Defensa Provincial ponen
en acción a dirigentes y especialistas del Instituto de la Vivienda
en el territorio con el propósito de contribuir a la localización de
las áreas más propicias, no tan cercanas a la costa, donde
progresivamente puedan ser edificadas las viviendas, que sustituirán
a las que ahora fueron destruidas por el fuerte oleaje y el viento,
de manera que frente a futuras penetraciones marinas no haya que
lamentar pérdidas similares.
Acariciados por una suave brisa, tres niños se columpian
plácidamente en las narices mismas del litoral. Ajenos a toda
intención consciente, quizás estén ofreciendo una revelación del
modo en que la vida retoma su paso en Guayabal, tras el golpe
propinado por el ala derecha de la Paloma.
Pero la confianza no solo se mece, anda o subyace a este lado del
mar. Sin haberse disipado aún el inoportuno huracán, de "puño y
tecla" la doctora Marbeli Salazar González hacía constar en un
mensaje, por vía digital: "Es difícil estar en un país tan lejano
como este (Argelia) mientras un ciclón azota el lugar donde vives,
pero estoy tranquila porque sé que no le sucederá nada malo a mi
familia ni a nadie en Guayabal".
Y tenía razón: a esa hora sus hijos, esposo, demás familiares y
todos los habitantes del asentamiento, guardaban segura protección
frente al peligro, junto a otras 23 000 personas de todo el
municipio.
Poco después, otro correo desde Venezuela ratificaba el mismo
sentimiento: "Al principio estuve preocupada, pero recibí mucho
aliento de mis compañeros que trabajan en otros estados. Saber que
no hubo ni una sola pérdida de vida humana me tranquiliza. Y no
imaginan cuánto me alegra conocer que mi Guayabal fue visitado por
Raúl y por otros dirigentes del país para ver los daños, ayudar y
solidarizarse con los damnificados... Mil besos a todos, Suraika
Padrón".
Enclavada en la vía paralela al mar, la casa donde creció la
joven internacionalista tampoco salió ilesa frente al embate del
huracán. Sin embargo, en su interior la humilde familia trabaja y
sigue recibiendo a vecinos y a visitantes con la sonrisa de ayer:
sin duda la misma con que le mostrarán a la muchacha, en diciembre,
el modo en que la voluntad humana puede revertir, poco a poco, la
adversa huella dejada por la furia de la naturaleza.