Sentados en la intimidad de la biblioteca, ella y el bisoño PGI
Yeri Bueno emprenden un intercambio que no solo completa la
formación de este, sino que premia con mejores clases a sus alumnos
de la Secundaria Básica Juan Francisco Noyola Vázquez, en el
municipio capitalino de Playa.
Estudiar por el libro solo la clase que se va a impartir en el
día; saber cuál es el objetivo de ella; recurrir a ejercicios,
preguntas diferenciadas y situaciones cotidianas para motivar a los
alumnos, destacan entre las premisas que Daisy va llevando a Yeri a
descubrir.
La
tutoría a los PGI no solo completa la formación de estos, sino que
propicia mejores clases a sus alumnos.
La experimentada profe insiste sobre la importancia del plan de
clase y los objetivos formativos. Le recuerda que puede auxiliarse
de sus notas, pues todavía está comenzando. "En Minas, nosotros para
guiarnos usábamos tarjeticas en las cuales anotábamos hasta el
contenido".
Decenas de almanaques han ido a parar al cesto desde entonces. Lo
cierto es que, al terminar el tercer año de la especialidad de
Biología, hubo necesidad de maestros de secundaria en la capital y
eso fue suficiente para persuadirla.
Desde 1977 su vida está ligada al mismo plantel. Ahora atiende a
cuatro PGI que enseñan a los chicos de séptimo grado, y a dos que
dan lecciones a los de noveno. Visitan sus clases un par de veces
por semana, pero los ven diariamente.
Aunque el curso apenas echa a andar, asegura que puede apreciarse
un cambio en los jóvenes profesores. "Yeri pertenece a la reserva;
ante cualquier necesidad, cubre un aula. Es muy preocupado y tiene
mucho interés en aprender.
"Pretendemos que los PGI se identifiquen más con los estudiantes,
que los guíen y ayuden. Aspiramos a que quieran la escuela y se
preocupen porque cada uno de sus niños aprenda. Han avanzado en la
relación profesor - alumno, en la metodología. La maestría la irán
adquiriendo con la experiencia."
Mientras, Daisy advierte a su pupilo sobre la diferencia en la
manera de impartir una clase frontal y una videoclase. Le explica,
además, que cuando un muchacho se equivoca nunca debe ser el
profesor quien intervenga primero, sino pedir opiniones a los demás
alumnos: solo si ellos no pueden aclararle el error, el maestro
entra a de-sempeñar su papel. "El adolescente ha de razonar; no
puede ser un enfrentamiento".
A Irene Caridad Quintana tampoco le resultó fácil olvidar. "No
dejé de enseñar. En la cuadra repasaba a mis vecinos. Hay quien
critica a los emergentes, pero si no fuera por ellos quién hubiese
cubierto las aulas. Algunos tienen dificultades, pero se les puede
ayudar. Lo importante es que sientan amor por cuanto hacen".
Irene se formó como profesora de Química. Al jubilarse impartía
Educación Musical. En la actualidad brinda su experiencia, como
tutora. Milagros Lánigan, en cambio, halló una segunda oportunidad:
la escuela necesitaba profesores de Inglés, y se incorporó.
"Extrañaba el aula. Cuando me fui a reparar el apartamento,
prometí que regresaría. Me gusta estar rodeada de muchachos. Les
enseño el vocabulario, les pongo ejemplos y dejo que sean quienes
traduzcan."
Según reveló, ella se fue a Minas de Frío con 12 años de edad.
Así comenzaron quienes hoy se saben reinas ante la pizarra y los
niños. Entonces, les quedaba por aprender mucho del arte de la
enseñanza, y sus alumnos eran casi igual de jóvenes que las
maestras. Ahora se empeñan en que los PGI continúen sus pasos; para
eso volvieron¼ y para colarse una que
otra vez en las aulas y volver a disfrutar una clase.