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Trabajadores sociales
Manos que alivian el dolor
PASTOR BATISTA VALDÉS
LAS TUNAS.— A veces, cuando la tarde se desvanece sobre la
escuela Rubén Martínez Villena, allá en el norte tunero, Alba Limia
Batista siente nostalgia de su vivienda (derribada por el huracán
Ike), repasa inevitablemente recuerdos de ayer, sueños de mañana...
y termina preguntándose cómo ha podido resistir tan difíciles días.
Los
centros de evacuación han reafirmado el valor humano de los
trabajadores sociales.
La respuesta, en cambio, suele estar allí mismo: en la relativa
tranquilidad de saber que, mientras llegue una solución, ella y su
hijo Ricardito tienen techo seguro en ese centro de evacuación para
damnificados, donde tampoco faltan cama, atención médica, alimento y
afecto por parte de los trabajadores sociales.
Ellos, llevan la sensibilidad que impone esta labor, al tiempo
que no descuidan la rigurosidad y la entrega. Así lo han aprendido
en los Consejos de Defensas que aún permanecen activados para
dirigir cada tarea. En el municipio de las Tunas, la preocupación,
la voluntad por hacer, llega también de manos de estos jóvenes.
Los
días van delineando una relación familiar entre estos jóvenes y los
damnificados por el huracán.
"No solo conmigo son así —comenta—; veo igual cariño hacia varias
personas que también necesitan ayuda, como es el caso de una señora
postrada llamada Emilia, un impedido físico conocido por Rinri y
otros evacuados."
Pero a Víctor Leyva González (al frente de quienes protagonizan
esa humana labor) le parece poco la pasión con que él y sus
muchachos suelen llevar desayuno, merienda y los alimentos cocidos
hasta el cubículo donde permanecen esos damnificados; escuchar sus
preocupaciones, responder cualquier inquietud, cargar a un bebito y
hasta aceptar la invitación para disfrutar un partido de dominó...
“El
derrumbe de mi casa no me detiene: me da más fuerzas para atender a
los damnificados, cuidar a mi niña y seguir estudiando psicología”.
(Yamila Pérez)
"Como trabajadores sociales hemos cumplido varias tareas, dice
mientras fija la mirada en sus colegas Yamila Pérez Céspedes y
Adrián Pérez Reyes; estuvimos en puntos de combustible, en la
distribución de artículos, repartimos bombillos ahorradores, dijimos
presente en la Misión Milagro; algunos incluso hemos cooperado en
Venezuela... pero esta experiencia es nueva para muchos y demanda
gran sensibilidad, consagración, responsabilidad, por la difícil
situación que atraviesan esas familias".
ESLABONES EN CADENA
Frank Orge Lorenzo, director de otro centro para evacuados (al
centro de la provincia), resume con una frase su opinión acerca del
aporte que durante las 24 horas del día ofrecen esos jóvenes allí:
"Son eslabones decisivos para la atención y el trabajo con los
damnificados".
Y no exagera. Es difícil hallar una vertiente de atención,
control sobre los recursos, esclarecimiento, organización,
motivación, donde no esté la huella estos jóvenes, a quienes no por
casualidad, Fidel definió como "Médicos del alma".
Así ve Míriam Pérez Marrero, otra evacuada, a Leosbel Escalona
cada vez que se acerca para darle los buenos días y preguntarle qué
tal durmió, cómo se siente, qué necesita. Así también ve a Yazmany
Gallart, cuando carga el cubo de agua caliente para el baño de algún
enfermo o a Yacel Igarza, apoyando a Delfín Fajardo, el encargado de
los abastecimientos en el centro.
Por eso tiene razón Frank Orge al afirmar que "esta etapa ha sido
una escuela de constante aprendizaje para esos trabajadores
sociales".
También por esas y numerosas razones más Milaydys García Aguilar
asegura que "todas estas personas nos ven como si fuéramos
familiares".
Tal vez la más sensible confirmación de esa realidad la ofreció
Aleida Velázquez mientras arrullaba a su bebito Alennier:
—También tengo una niña de 15 años que estudia Construcción
Civil.
—¿Y si hubiera decidido ser trabajadora social, cómo te
sentirías?
— Feliz: aquí he comprendido mejor el valor de ese programa.
LA LECCIÓN DE TU SILENCIO
Como otros damnificados, Maireny Ávila ha sentido que el pulso de
la tristeza le pisa los talones. Pero cada día pone a prueba nuevas
motivaciones, al trasladarse desde el centro para evacuados hasta la
sala de televisión donde vierte y revierte su habitual amor por el
trabajo, mientras Yassel y Yoslan (sus hijos) ganan, poco a poco, la
partida al quinto y sexto grados.
Lo que tal vez ignora Maireny es que, Yamila y Víctor: esos dos
jóvenes sencillos y alegres que la visitan y animan cada día,
también quedaron sin viviendas, frente a las ráfagas del huracán y,
sin embargo —desde el silencio— siguen ofreciendo una lección de
modestia, y le tienden la mano a quienes la Revolución nunca dejó a
merced de la tormenta. |