El
arrepentimiento y la frustración embargan hoy a Marion Jones, ex
reina mundial de la velocidad.
Así se mostró esta semana ante la televisión norteamericana en
sus primeras declaraciones públicas, tras cumplir seis meses de
prisión por mentir sobre el empleo de esteroides y participar en un
esquema de fraude bancario.
Tuvo lo máximo a lo que un deportista aspira: medallas olímpicas
y el reconocimiento de todos, especialmente de su pueblo. Pudiera
haber pasado a la historia como un hito, si la trampa y el engaño no
hubieran corroído su carrera.
Jones negó a los investigadores federales que consumió, entre
1999 y el 2001, productos dopantes de nuevo tipo fabricados por el
laboratorio BALCO, de San Francisco, indetectables por los controles
existentes en aquel momento. "Cuando ellos me mostraron la sustancia
sabía que yo la había usado, entonces tomé la decisión de mentir, de
negarlo todo", afirmó.
En cuanto al fraude bancario, ella depositó cierta cantidad de
dinero en su cuenta personal, procedente de cheques alterados,
falsificados y robados. Una participación más directa en esto la
tuvo su ex pareja Tim Montgomery, hoy sancionado y preso.
Cumplida la pena, explicarles a sus hijos lo sucedido es un serio
problema. "Tengo que vivir con mi pasado, mi familia tiene que vivir
con eso", dijo apesadumbrada pensando especialmente en sus dos
niños, uno de ellos nacido de su unión con Montgomery, quien fuera
además su entrenador.
Al ser descubiertas sus falsedades, Marion Jones se declaró
culpable de dos cargos de perjurio y fue llevada a prisión, en
Texas.
No existen valores más altos que el honor, la familia y la
patria. Si antes, cuando asombraba al público de diferentes
latitudes, fue distinguida en grado sumo por sus éxitos, ahora
aparece como una fraudulenta despojada de sus cinco medallas (tres
de oro) y los récords conseguidos en los Juegos Olímpicos de
Sydney’00.
¿Será esa la historia que les contará a sus hijos?