El
Rambo de Stallone, en los tiempos de Reagan, puso de moda la ropa
militar y hasta las pasarelas más selectas le abrieron un espacio a
la tela de camuflaje, exhibida alegremente por muchachas de largas
piernas y miradas al borde del soponcio.
No faltó entonces, bajo el destello de las luces, el maquillaje
de variantes verdosas yendo hacia lo fuliginoso. Un viejo arte, el
de camuflarse el rostro, que es más antiguo en menesteres bélicos de
lo que algunos pudieran pensar y que ahora se tecnifica con costosos
experimentos encaminados a disimular el cuerpo, antes de darle una
palmadita en la espalda y enviarlo a la guerra.
Técnicas novedosas, arte del maquillaje y gastos incalculables
amasándose bajo la égida del denominado "sector de la defensa".
Atrás quedaron los días en que un poco de grasa aplicada sobre
los pómulos hacía más difícil la localización del objetivo por parte
del enemigo. La cosmética se ha pasado también al campo de la guerra
con productos que constituyen el último grito de la moda y que
buscan convertir en invisibles a los soldados, como el desarrollado
por la empresa Ceno Technologies, de Nueva York, cuyos maquillajes
echan por tierra la efectividad de los equipos de visión nocturna¼
y además, no impiden la transpiración, lo que sería dañino en un
futuro para la lozanía epidérmica.
Encarnizada y multimillonaria resulta la competencia que
sostienen empresas privadas, laboratorios universitarios y entidades
de diferentes gobiernos por perfeccionar las tecnologías del
camuflaje a disposición de la guerra. El análisis en videos de los
píxel, esas superficies homogéneas más pequeñas de las que conforman
una imagen, fue decisivo ––según un reportaje de la revista The
Economist–– para que los científicos diseñaran los últimos trajes de
camuflajes.
Así pues, lo "último de lo último" no son ya las manchas
difuminadas en la tela, sino los pequeños cuadrados, similares a los
píxeles de un fotograma de baja resolución ampliada. Los científicos
llegaron a la determinación de que es lo más difícil de detectar,
después de un experimento con dispositivos que permitieron seguir el
iris de un individuo y analizar cómo respondía a diferentes
estímulos.
Tales uniformes lo llevan tropas de los Estados Unidos, Alemania,
Gran Bretaña, Canadá y Francia, pero todavía superior a ese "último
de lo último" lo constituye un reciente experimento probándose ya en
Afganistán y que consiste en delgadas mantas de plásticos, que luego
de recibir información de pequeñas cámaras, transforman el diseño y
el color según el lugar donde se encuentre el objetivo. De esa
manera ––aseguran los vendedores del producto–– un vehículo blindado
colocado delante de una loma se difuminará con la loma.
Filmes y programa de informática han sido decisivos a la hora de
desarrollar estos y otros experimentos con la US Army Research
Laboratory a la cabeza, bajo presupuestos tan altos que ni ellos
mismo dan cuenta de ellos, porque se trata de una carrera del nunca
acabar: mientras una parte inventa la forma de ocultarse, la otra
parte trata de encontrar la manera de detectar al escondido.
Todo lo cual, a pesar de los siglos transcurridos, pudiera
remitirnos a aquellas legiones del imperio romano con soldados tan
técnicamente superiores, apertrechados con "lo último de lo último",
incluyendo el temple de sus espadas, la resistencia de sus cascos y
también el feroz maquillaje tratando de ocultar los signos de una
decadencia.