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La bella durmiente despertó renovada
TONI PIÑERA
Con fuertes aplausos, el auditorio que colmó los espacios de la
sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana, recibió la nueva
producción de La bella durmiente, con coreografía de Alicia
Alonso que despertó, rejuvenecida, en la segunda noche del 21
Festival Internacional de Ballet de La Habana.
Al
término de la función, el compañero Raúl acudió a felicitar a
Viengsay Valdés por su interpretación danzaria.
Entre los grandes clásicos del ballet está, sin lugar a dudas,
La bella durmiente, que tiene como apoyatura musical una de las
más brillantes partituras que Chaikovky escribió para la danza, amén
de que resulta una obra que representa a la perfección el estilo de
Marius Petipá dentro del clasicismo. Haciendo historia, esta pieza
llegó tarde a algunos de los centros tradicionales de la danza en
Occidente, particularmente a la Opera de París, a pesar de que
Charles Perrault, autor del cuento que sirvió de base al ballet y,
Petipá, el coreógrafo, eran franceses.
De ahí que hacia 1973 la importante compañía francesa pidiera a
Alicia Alonso el montaje de La bella durmiente, dado el éxito
alcanzado por otras coreografías suyas como El lago de los cisnes,
Giselle o La fille mal gardée. Y aunque la versión de
La bella... la había bailado parcialmente, puso manos a la
obra y la estrenó en Cuba, con gran éxito, ese mismo año antes de
llevarla a la Opera de París, y otras grandes agrupaciones europeas
que se la pidieron más tarde, como el Teatro de la Scala, de Milán.
Así nació la versión nuestra que ahora reapareció, 35 años después,
ante el público cubano.
La reposición de esta obra es compleja porque requiere de una
gran producción, a diferencia de otros clásicos como El lago...,
Coppelia, Giselle, que se sostienen por la dramaturgia
y la coreografía. La bella durmiente actual se hizo posible
gracias al apoyo del estado cubano y de amigos ingleses, franceses,
españoles que apostaron y aportaron a su realización.
Al descorrerse las cortinas en este octubre del 2008, los
espectadores descubrían, visualmente, una pieza distinta. El
vestuario de Philipe Binot, diseñador de la Opera de París, quien
desde que vio la versión de Alicia se enamoró para hacer los diseños
que resultan agradables y funcionales, amén que otorgan a la pieza
un aire de buen gusto y elegancia (incluye las tonalidades
utilizadas en la gama de los pastel), dentro de la sencillez que
requiere este para la danza: bien estudiado, hermoso estéticamente y
con la mayor economía de recursos. Mientras que la peculiar
escenografía de Ricardo Reymena aporta puntos a la puesta, y destaca
por su funcionalidad, síntesis y ese toque de modernidad, sin
traicionar el estilo del clásico. Sin embargo, en el segundo acto,
en la parte del bosque hay que dar un ambiente más misterioso, y
tratar de buscar un mecanismo más ágil-ligero y menos ruidoso cuando
se muevan los árboles, que resulta un instante original de La
bella...
La coreografía de Alicia, con pocos recursos, resalta en términos
generales, por el poder de síntesis, y esos sabios cortes que sin
atentar contra la grandeza de la obra, la aligeran y hace más
dinámica y asequible al espectador de hoy respetando el estilo y
convenciones de Petipá, contrariamente a lo que adolecen otras
versiones.
EL BAILE
El consabido nerviosismo del primer día y el hecho de que casi
todos los bailarines participantes, en su gran mayoría de las más
jóvenes generaciones, se enfrentaban al clásico por primera vez,
hizo que por algunos momentos se notaran altas y bajas en el baile.
Por ejemplo, en el desempeño individual de cada hada,
específicamente en el prólogo, pudieron sacar más partido a sus
respectivas variaciones para ser más virtuosas, sobre todo dada la
calidad de las intérpretes. Aunque debemos excluir aquí a Sadaise
Arencibia, quien vistiendo el Hada de las Lilas realizó una faena
que creció durante la función.
Una
de las escenas culminantes de la versión
En los protagónicos, Viengsay Valdés / Princesa Aurora y Rómel
Frómeta / Príncipe Desiré desataron las más sonoras ovaciones con un
desempeño profesional, de altos quilates que matizaron toda la
función. Ella desplegó todo su virtuosismo en un primer acto donde
brilló particularmente en un adagio de las rosas para el recuerdo,
con largos balances que signaron su actuación, así como en las
diferentes variaciones donde dejó en claro su clase. A su lado,
Rómel Frómeta fue un singular y seguro acompañante, mientras que en
sus solos demostró con su baile (saltos, giros) un desempeño de alto
vuelo.
Nota especial aportaron a la noche la juvenil Yanela Piñera, como
la princesa Florina personaje al que imprimió la fuerza y seguridad
de un baile armónico, perfecto podría decirse, que desató fuertes y
merecidos aplausos para una bailarina que de seguro dará de qué
hablar muy pronto en la danza cubana. Junto a ella, Ernesto Alvarez
sobresalió con una excelente proyección escénica desde el papel del
pájaro azul que destacó por la limpieza de los movimientos y una
variación brillante.
Es menester hacer referencia aquí a la necesidad de rescatar
algunos elementos coreográficos de Carabosse y su séquito
—estuvieron muy bien esa noche, liderados por un José Lozada pleno
en su actuación-baile—, que están presentes en la versión original
de Alicia Alonso, pero que por la premura de estrenarla durante el
Festival no pudieron trabajarse más, lo que ayudará al realce de la
puesta, así como mejorar el trabajo de las luces —conocemos los
problemas de recursos—, pero que en determinadas situaciones
—particularmente en la escena de la aparición en el bosque—, por
ejemplo, debe ser más elaborado para ayudar a la magia de ese
instante.
La bella durmiente de seguro crecerá más en próximas
funciones, cuando los noveles bailarines se familiaricen con los
personajes y se enriquezca con el diario bregar. |
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