De una parte, la pupila se detiene ante la intrincada textura de
las obras, donde no hay apenas espacio para la respiración entre uno
y otro trazo, con líneas, volúmenes y manchas que se entrecruzan. De
otra, el resultado final de cada composición asume un vuelo poético
de altura, discernible en el tono de la pintura y su poder de
comunicación.
Esa dinámica contrastante es, en nuestra opinión, el más seguro
logro de una exposición en la que la artista demuestra su infinita
capacidad de renovación y su voluntad de estilo.
Aziyadé deja atrás el campo abonado de la representación femenina
y el de la escenificación instalativa. Ha vuelto al cauce de la
pintura pero con la ganancia neta de sus experiencias anteriores,
sobre las cuales la historiadora del arte Hortensia Montero subrayó
cuatro años atrás el carácter de una creación "colmada de
afectividad humana ... y proyecciones metafóricas de sus
preocupaciones cognoscitivas".
Aquí bordea la abstracción de índole matérica, pero la rebasa
conceptualmente mediante figuraciones y símbolos explícitos, como en
la tela Especie, donde estalla una floración azulosa sobre
una trama de grises, o en Nacimiento, composición que permite
vislumbrar la fundación de un paisaje. En clave mucho más
especulativa, una obra como Misterio, acentúa la sugestión de
la geometría sobre la ingravidez de los círculos que flotan en el
espacio y la mancha pétrea que cubre la base del cuadro.
La Aziyadé de esta muestra redescubre el valor del oficio de
pintar como vehículo expresivo inagotable, tanto como lo es el
impulso vital que mueve su poética personal.