Basta
evocar el momento para que enseguida afloren las imágenes. Cuánta
felicidad no desbordó Eglys Cruz en Beijing’08, al ganar un bronce
histórico en el rifle 3x20 que la convirtió en la única fusilera de
Iberoamérica —y del Tercer Mundo— en lograr una medalla olímpica. Y
también cuánta tristeza.
En la capital china, la cubanita llegó a liderar la competencia,
pero terminó cediendo ante el empuje de la anfitriona Li Du, monarca
olímpica con nueva cota para el evento (690.3), y de la checa
Katerina Emmons (687.7), quien se agenció la presea plateada por
apenas una décima más que la espirituana.
"Nuestro deporte es así, por una décima puedes ser campeona
olímpica o perderte una final", refiere Eglys, quien entrena en el
centro Enrique Borbonet para reaparecer en la línea de fuego durante
la II Copa del Mundo de Finales, en Bangkok, entre los 10 mejores
del ranking en cada una de las 15 modalidades olímpicas.
Afirma la triple medallista de oro panamericana que, aunque lo
fundamental es el talento del tirador, este es un deporte donde los
recursos materiales, desde el fusil y las municiones hasta el traje,
resultan imprescindibles, además de caros.
"La munición ha significado siempre el mayor problema para
nosotros. Muchas veces hemos tenido que comprar las balas en medio
de la competencia, un gran contratiempo, pues cada fusil demanda una
munición específica para lograr una agrupación óptima, es decir, que
siempre vaya al 10 —centro de la diana—. Todos los competidores de
nivel mundial envían sus rifles a Inglaterra, donde les hacen
pruebas para fabricarles las balas que mejor agrupen. Nosotros no
tenemos esa posibilidad."
Cuba no adquiría balas para el tiro deportivo desde 1991. Este
año ingresó un nuevo lote, expone el entrenador José Ignacio Cruz.
Siempre contamos con el dinero para comprarlas —añade—, pero debido
a las restricciones impuestas por el bloqueo de Estados Unidos no
encontrábamos abastecedores. Traerlas directamente de las
competencias también suponía un problema, pues para transportarlas
se requiere de un permiso internacional, y cada atleta solo puede
llevar consigo 2 000 proyectiles en el avión.
Hasta hoy, los equipos de tiro entrenaron con municiones viejas,
que al tener un tiempo de vida limitado a veces se traban en los
fusiles o no llegan al blanco. Por fortuna, asegura el preparador,
para los eventos importantes hemos resuelto algunas balas.
Para ofrecer una idea de las dimensiones de esta problemática,
baste saber que tan solo Eglys consume entre 60 y 70 disparos por
cada sesión de entrenamiento.
Después existe también la cuestión de las armas, que al decir de
ambos, es menos seria; si bien cada fusil nuevo —como el de la marca
alemana Anschutz que posee Eglys desde el 2004— cuesta entre 1 500 y
1 700 euros, más el envío. Estos implementos tienen una fecha de
caducidad, pues con los años el cañón se desgasta y merma su
capacidad de agrupación.
Finalmente quedan los trajes especiales que exigen medidas
reglamentarias para cada competidor, en aras de mantener y
estabilizar mejor la posición. En Beijing, por ejemplo, Eglys
compitió con un vestuario viejo, reajustado a sus medidas, pues el
nuevo presentó problemas. Tales dificultades se hacen extensivas —y
hasta más agudas si se quiere— para el resto del equipo.
Estas carencias lastran el de- sarrollo del tiro deportivo en
nuestro país, cuando en el mundo se despliegan avances tecnológicos
que potencian la preparación de los atletas con simuladores de tiro
computarizados, pero en la Cuba bloqueada no los hay.
Estamos en franca desventaja, dice Eglys; en igualdad de
condiciones, tal vez esa décima no me hubiera faltado en Beijing y
hoy sería subcampeona olímpica.