Si nos guiamos por las cifras aportadas por el sitio digital
español Rebelión, el cual sustenta que 20 000 norteamericanos mueren
cada año como consecuencia de las drogas y decenas de miles van a
parar a la cárcel, entonces al concluir sus ocho años en la Casa
Blanca, el próximo mes de enero, George W. Bush se llevará para su
rancho de Texas otro récord macabro: alrededor de 160 000
fallecidos, víctimas del fracaso de una equivocada y manipulada
"guerra contra el narcotráfico".
No obstante, los cálculos pudieran ser inexactos de acuerdo con
informes citados por organizaciones no gubernamentales
estadounidenses opuestas a la actual política antinarcóticos, que
apuntan que si en 1990 los muertos por sobredosis eran 10 000
anuales, una década después ascendían a 20 000 y en el 2005
sobrepasaban la cifra de 33 000, lo que ubicaba a este indicador
como la segunda causa de muerte, después de los accidentes del
tránsito (43 667) y había desplazado al tercer lugar a los hechos de
sangre con armas de fuego que provocaron ese año 30 694 fallecidos.
De esta otra confrontación perdida por la administración
estadounidense alertaba desde el 2005 un riguroso estudio de la
Oficina de Washington sobre América Latina (WOLA), denominado Las
drogas, la democracia y los derechos humanos, que criticaba el
incremento de los gastos y los muertos, la militarización del
enfrentamiento y el escaso impacto en tratar de disminuir los
niveles de consumo dentro de EE.UU.
Lo ratifican los datos anuales de los últimos informes de los
organismos especializados de la ONU, cada vez más alarmados por la
consolidación del posicionamiento de EE.UU. como principal
consumidor mundial de drogas, que al mismo tiempo disputa los
primeros lugares planetarios en el tráfico de cocaína y la
producción de marihuana, al extremo de convertirse en el cultivo más
rentable del país, por encima del maíz, la soya y el heno. Se
plantea que en el 2005 se produjeron 10 000 toneladas de marihuana,
diez veces más que en 1981, y que la producción anual actual
asciende a 35 800 millones de dólares.
Pero en el paraíso del mercado, los estadounidenses gastan
anualmente 65 000 millones de dólares en la compra de sustancias
ilícitas, según la Oficina de Política Nacional para el Control de
las Drogas de la Casa Blanca. Ello confirma que el "combatido"
tráfico de drogas es un componente económico más, que mientras
salpica a los grandes bancos, estimula el constante crecimiento de
las 300 000 organizaciones y bandas que viven en ese país del
control del negocio.
Según Rebelión, anualmente quedan en bancos estadounidenses cerca
de 80 000 millones de dólares resultantes del lavado de dinero
procedente del narcotráfico, que tiene por escenarios fundamentales
a Nueva York, Houston, San Antonio, El Paso, Los Ángeles y Miami.
Un editorial del diario The New York Times, publicado en julio,
cuestionaba abiertamente las políticas antinarcóticos de Bush, al
señalar: "Hay serios problemas con la estrategia que se centra sobre
todo en interrumpir el abastecimiento de drogas, mientras hace muy
poco en reducir la demanda interna".
Recordaba el periódico que en el 2007, Washington gastó 1 400
millones de dólares en ayuda extranjera relacionada con el combate a
las drogas, la mayor parte para equipar a las fuerzas armadas de
Colombia, y acabar con el cultivo de hoja de coca en los Andes. A lo
que se suman otros 7 000 millones en aplicar la ley tanto en EE.UU.
como en el exterior. Sin embargo, el gobierno gasta menos de 5 000
millones de dólares en educación, prevención y tratamiento para
acabar con el consumo de drogas entre los jóvenes y adictos.
En ese sentido, el catedrático Jon Gettman, de la Universidad
George Mason, en Virginia, sostuvo en un estudio reciente, basado en
los datos oficiales del gobierno norteamericano, que el pasado año
hubo 14,5 millones de fumadores de marihuana en comparación con los
14,6 millones en el 2002, pero el número de estadounidenses que han
consumido esa droga en algún momento de sus vidas aumentó de 95
millones en el 2002 a más de 100 millones en el 2007. Según la
investigación, la cantidad estimada de consumidores de drogas
ilícitas el pasado año en EE.UU. fue de 35,7 millones, el 14,4% de
la población.
Agrega que igualmente sigue siendo alto el consumo de marihuana
entre adolescentes, a pesar de que su reducción constituía una meta
declarada del Gabinete de Política Nacional de Fiscalización de
Drogas de la Casa Blanca. Destaca que más de uno de cada nueve niños
(12%) con 14 y 15 años, y uno de cada cuatro (23,7%) de los que
tienen 16 y 17 consumieron marihuana en el 2007. Pero lo más
perturbador es que 472 000 niños de 12 y 13 años y 627 000 de 14 y
15 que no consumieron marihuana en el 2006, son asiduos a otras
drogas ilegales, fundamentalmente inhalantes y analgésicos.
Concluye el estudio de Gettman que "el gobierno de Bush no ha
logrado reducir ni fiscalizar el consumo de marihuana en Estados
Unidos". "Se han distorsionado cambios marginales respecto al
consumo de marihuana y otras drogas para sustentar falsas
afirmaciones de que se ha logrado progreso gradual en la reducción
del consumo... En esencia, el consumo de marihuana es el mismo que
cuando el gobierno de Bush tomó posesión y el consumo total de
drogas ilícitas ha aumentado", sentenció.
A principios de este mes la encuestadora norteamericana Zogby
International revelaba que las tres cuartas partes de una muestra de
votantes consultados recientemente mostraron enorme insatisfacción
con esa guerra que "determina la reclusión de millones de
ciudadanos" y "tiñe la relación de EE.UU. con algunos países
latinoamericanos". La agencia AP señalaba en abril de este año que
casi el 60% de los encausados por tráfico de cocaína son hispanos, y
el 80% de los que fueron a prisión por esos delitos entre 1992 y el
2006 son negros.
A todo lo anterior se suman los reclamos dentro de los propios
EE.UU. y América Latina de un replanteamiento de la "guerra
antidrogas", a partir de cuestionamientos a la efectividad de su
estrategia hacia el continente y del Plan Colombia, después de una
inversión superior a los 9 000 millones de dólares, la fumigación de
un millón de hectáreas y de los "daños colaterales".
La gravedad de los efectos del narcotráfico para la sociedad
norteamericana en particular (por las dimensiones del fenómeno en
ese país) y para el mundo en general por la globalización de su
impacto, no se resuelve sin una verdadera voluntad política, aunque
se llenen millones de páginas de documentos oficiales, se aprueben
leyes, programas y presupuestos que luego no tendrán el respaldo y
la seriedad suficientes.
Coletta A. Youngers, editora del libro Las drogas, la
democracia y los derechos humanos, publicado por la WOLA en el
2005, había augurado el fracaso de la "guerra antidrogas" de la
administración Bush a partir del reconocimiento de una realidad: "La
política interna echa leña al fuego con respecto a una estrategia
que se ha vuelto fracasada y errónea. En Washington se diseñan las
políticas antidrogas con el objeto de ganar votos en periodos de
elecciones y de obtener resultados a corto plazo que sirven para
justificar los presupuestos y el personal asignado. Los políticos
siguen creyendo que al presentar una posición dura frente a las
drogas logran una mejor imagen ante los votantes que si reconocen
los fracasos de una política en la cual los contribuyentes de EE.UU.
han invertido miles de millones de dólares".
Y concluía: "Las políticas estadounidenses antidrogas están
diseñadas sobre todo para responder a intereses e inquietudes de
carácter interno, independientemente de las consecuencias sociales,
económicas y políticas que existan en los lugares afectados o de su
eficacia real en cuanto a la reducción del consumo".