Hacerle una finta al cerco

ALFONSO NACIANCENO
alfonso.gng@granma.cip.cu

Por la entrañable e histórica hermandad que nos une al pueblo de Puerto Rico, Cuba preparó a sus mejores deportistas para competir en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Ponce 1993.

Subsidiarias de compañías norteamericanas imposibilitaron la adquisición de nutrientes y recuperantes para nuestros deportistas.

Les animaba el deseo de compartir en un ambiente sano con los países del área y contribuir a que los anfitriones sintieran el orgullo de organizar un evento de calidad, como lo merecía su afición.

Tan pronto comenzaron a darse los primeros pasos para oficializar la inscripción de nuestra comitiva, el Departamento de Estado de los EE.UU. interpuso las cláusulas del bloqueo para evitar que las naves de Cubana de Aviación aterrizaran en tierra boricua.

Hubo momentos tensos que recordaron la epopeya del barco Cerro Pelado en 1966, mas la solidaridad de los propios puertorriqueños y de otras naciones, firmes en su reclamo de poder contar con los cubanos en la competencia, abrió las puertas de la Isla del Encanto a una representación que brilló en la ciudad de los Leones de Ponce.

Conocedores de la calidad de nuestras figuras, de inmediato surgieron las muestras de respeto y simpatía de la afición, que se acercaba a ellas para solicitarles un autógrafo, estrecharles la mano o dejar el instante de un encuentro fortuito plasmado en una foto.

Y si el pueblo boricua fue amistoso en grado sumo, no faltaron personajes dedicados a la deleznable tarea de intentar comprar a nuestros atletas, quienes regresaron a la Patria con la satisfacción de haber contribuido a que el evento fuera un éxito. Quizá en el mundo no existan otros jóvenes que deban defender los colores de su país bajo tan despreciable presión.

UNA HERMOSA IDEA

Las jornadas de labor para los periodistas acreditados se extendían desde bien temprano en la mañana hasta entrada la madrugada del siguiente día. Vivíamos en un modesto hotel, en el centro de la ciudad, donde sus encargados depositaron tal confianza en el pequeño grupo de la prensa al punto de respirarse un agradable aire de familiaridad.

Y en un ambiente de camaradería tan contagioso como el del hotel, en las noches de trabajo en el centro de prensa, apremiados por el horario de cierre de los periódicos, siempre aparecía un tiempo para compartir con toda esa gente de pueblo deseosa de seguir hablando de las hazañas vistas en los Juegos. A veces en aquellas conversaciones nos sorprendía el amanecer.

En una de esas tertulias surgió la propuesta de un grupo de amantes del deporte de iniciar un bello intercambio. Consistía en que equipos de baloncesto y béisbol boricuas, integrados por jugadores en edades escolares, viajaran a Cuba acompañados de algún familiar para efectuar durante una semana varios partidos, además de conocer lugares de interés histórico de Ciudad de La Habana.

Muy rápido cuajó el proyecto, que en los años sucesivos sobrepasó la cifra de más de 300 participantes. En un simbólico gesto de solidaridad traían pequeñas donaciones de balones, redes y tenis, entre otros renglones. El fruto esencial de aquellos encuentros fue el florecimiento de la amistad entre niños que tal vez en el futuro representarían a nuestros dos países en prestigiosos certámenes internacionales.

La intensificación de las prohibiciones para que puertorriqueños y norteamericanos nos visiten ha limitado casi a cero esas oportunidades de confraternizar. ¿Acaso estos topes ponen en peligro la seguridad nacional de Estados Unidos? ¿Temen que nuestros pueblos se conozcan más a fondo?

En varias oportunidades se les han negado las visas de entrada a territorio estadounidense a delegaciones nuestras que debieron competir allí con el ánimo de clasificar para importantes lides. Ese es un derecho reconocido por el Comité Olímpico Internacional (COI) violado una y otra vez, a pesar de que a los anfitriones de esos torneos se les exige garantizarlo.

El periodo comprendido entre mayo del 2007 y abril del 2008 ha sido de recrudecimiento del bloqueo en la esfera del deporte como en otras de la vida nacional.

Subsidiarias de compañías norteamericanas ubicadas en diferentes países cancelaron operaciones de compra de equipos destinados a la preparación para los Juegos Olímpicos de Beijing; negaron la venta de reactivos y sustancias de referencia para el trabajo en el Laboratorio Antidoping, e, incluso, imposibilitaron la adquisición de nutrientes y recuperantes para el consumo de los atletas, entre otras medidas. Buscar esos productos en otros mercados, valiéndose de intermediarios, los encarece.

No han faltado ni faltarán ejemplos de esos desmanes. Es imposible creer que el bloqueo es un tema que solo concierne a Cuba y Estados Unidos; el carácter extraterritorial e inhumano del cerco, el más prolongado impuesto a una nación, no deja lugar a duda de cuáles son las intenciones del vecino norteño.

 

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