Una
vez le ofrecieron un cheque en blanco para que él, que apenas sabía
firmar, le pusiera precio a su traición. Otro día probaron con las
tierras: le brindaban 50 caballerías, ganado, caña, una buena
casa... a cambio de abandonar a quienes guiaba. Pero el hombre no
cedió y lo que firmó, con su enérgica respuesta, fue su sentencia de
muerte.
La orden de matar a Sabino Pupo la dieron en inglés, desde el
número 106 de Wall Street, en Nueva York, donde radicaban las
oficinas del clan Rionda, dueño de la Manatí Sugar Company, que solo
en la zona Álvaro Reynoso, en Santa Lucía, controlaba un millar de
caballerías. Sumados todos los saqueos, los Rionda le robaban al
pueblo de Cuba más de 27 000 caballerías.
Sobraron las evidencias. La Manatí Sugar Company alquiló el
servicio de los asesinos que el 20 de octubre de 1948 provocaron y
balearon a Sabino, previamente desarmado por el sargento Roque
García Mondéjar, con el pretexto de una falsa acusación.
¿Por qué preocupaba tanto al capital este campesino analfabeto a
quien los monopolios, desconcertados por su valentía, lo mismo le
ofrecían "mejor vida" que le tramaban la muerte? Cuando los patrones
de la Manatí... lograron una irreal propiedad del Realengo "R",
Sabino dirigió un movimiento de defensa de los agricultores de las
tierras ilegalmente pretendidas por la empresa yanki. Y si llegaban
terratenientes con falsos papeles a cobrarles renta, el líder
respondía: estas son tierras del Estado y no tenemos que pagar por
trabajarlas.
Pronto brilló su autoridad natural y la demanda de sus compañeros
venció la modestia de un hombre que aducía su poca instrucción para
la responsabilidad: por fin aceptó la presidencia de la Asociación
Campesina de Santa Lucía, liderando la lucha por el derecho al
trabajo y la subsistencia de las familias, entre las cuales
fomentaba la cooperación para beneficio colectivo. Paulatinamente y
con orden, Sabino repartió tierras a campesinos en El Mije, Cayo
Confites y San Martín, con una sola exigencia: ¡había que
trabajarlas!
Nacido en marzo de 1895, en San Agustín de Aguarás, Holguín,
también vivió y trabajó en las cercanías de Victoria de Las Tunas y
laboró en 16 zafras en la colonia Santa Isabel, del central Manatí.
En 1943 se instaló en el camagüeyano Álvaro Reynoso, hoy Camalote,
donde su vida, su lucha y su muerte trascendieron a todo el país.
A medida que los terratenientes, apoyados por las autoridades
judiciales, los gobernantes y la guardia rural, arreciaban la
intimidación y los actos represivos, los campesinos, respaldados por
sectores obreros, estudiantiles, la Joven Cuba y el Partido
Socialista Popular, batallaban más. Y, como suele suceder, la
sinrazón apeló a la violencia.
La provocación estuvo bien concertada: sabiéndolo desarmado,
personal de la compañía entró ganado en tierras de los campesinos.
Al enfrentar la intromisión, Sabino fue baleado y rematado
cobardemente. La noticia conmocionó al país: campesinos de toda Cuba
le rindieron honores en el local del Gremio de Mercantes de Nuevitas
y su sepelio fue expresión de hondo duelo popular.
La Manatí Sugar Company compró la defensa de sus matones, y estos
salieron absueltos, en cambio las luchas agrarias continuaron y
aquel hombre que cayó empuñando el machete, como buen hijo de
capitán mambí que era, sigue vivo hasta hoy.
"¡No existe dinero para comprar la vergüenza del campesino!",
respondió el día del despreciado cheque. "Si me entregan el mismo
central Manatí, no lo cambio por el prestigio mío y de mi familia ni
el derecho de los campesinos", espetó cuando quisieron ahogar con
tierras sus principios.
Ese es Sabino Pupo Milián, el líder agrario que (no) murió un día
como hoy. Tiempo después de aquellos balazos, cinco de sus hijos
combatieron en las filas del Ejército Rebelde y los otros
colaboraron con el Movimiento 26 de Julio para cosechar una patria
en la que su padre retoña cada día.