Al menos habrá que concederle el mérito de la tozudez. Como quien
tira los últimos cartuchazos, el mandatario regresó a Miami, una vez
más, el pasado 10 de octubre, para sentir el calor de la mafia
anticubana y renovar su gastado, delirante e imposible sueño.
Primero convocó a un grupo de empresarios reunidos en una
elegante residencia de Coral Gables, con la mira puesta en engrosar
los fondos de sus conmílites republicanos de la Florida, en aprietos
algunos de ellos para repetir sus escaños congresionales. El
cónclave fue a puertas cerradas, como para que el presidente pudiera
poner a resguardo su deteriorada imagen política, con apenas un 25%
de aprobación popular de su gestión, según una encuesta divulgada
ese mismo día.
Luego vino el convite de "los amigos cubanos de mi hermanito" Jeb.
No estaban los Díaz-Balart ni la Ros Lethinen —los primeros a la
cabeza de los candidatos al Congreso que corren el muy serio peligro
de ser desbancados; y la segunda seriamente cuestionada por su
oponente demócrata Annette Tadeo por "dedicar todo su tiempo a Cuba
y respaldar límites y restricciones a los viajes familiares y envíos
de dinero a la isla"—, pero sí otros de sus personajes favoritos,
como los vociferantes Sylvia Iriondo y Armando Pérez Roura y el
inefable Mauricio Claver, promotor del negocio llamado US-Cuba
Democracy Advocates para obtener dinero fácil de la USAID a base de
parlotear sobre la "transición" de Cuba.
Entre copas y bocados, Bush realizó un ejercicio retórico
previsible y anodino, plagado de lugares comunes: "Es tan triste que
justo frente a las costas de nuestra gran nación que cree en los
derechos humanos y en la dignidad humana exista este, este calabozo
(...) Pero un día Cuba será libre", dijo con sus facciones
compungidas en correspondencia con el melodramatismo que suele
derrochar en ocasiones como esas. Repitió los falaces argumentos del
chantaje humanitario que su administración quiso implementar contra
Cuba a raíz del paso de los devastadores huracanes. Y se mostró,
como era de suponer, inconmovible en cuanto a mantener el bloqueo y
todas las medidas hostiles que su gobierno ha sobreañadido a la
añeja guerra económica del imperio contra nuestro pueblo.
El protagonista de Memorias del subdesarrollo podría decir
una de las frases memorables del filme: "Los mismos gestos, las
mismas palabras".
Dos lecturas se evidencian en la actitud del mandatario. Una
apunta a la total carencia de realismo político que ha venido
caracterizando su ejecutoria: cada vez son más frecuentes y
resonantes los llamados de empresarios, profesionales, intelectuales
y hasta políticos norteamericanos que, desde aquellos que desean
honestamente una relación respetuosa y en pie de igualdad hasta los
que simplemente sacan cuentas del fracaso histórico de la política
anticubana, a poner fin a una confrontación cerril y anacrónica.
Otra pone de relieve la catadura de un personaje que no ha podido
aplicar en Cuba la doctrina de intimidación y vasallaje que ha
tratado de imponer al mundo durante su mandato.
La impotencia de su prepotencia lo lleva al ridículo de armar una
telenovela con figuras de su reparto, como el secretario de
Comercio, Carlos Gutiérrez, y su propia esposa, locuaces
interlocutores por vía telefónica de uno de los grupúsculos
contrarrevolucionarios prohijados por la Oficina de Intereses de
Washington en La Habana.
Si triste es el papel del presidente y su séquito, también lo es
el del aspirante por su partido a sucederlo en el puesto. Una semana
después del conciliábulo miamense de Bush, John McCain siguió sus
pasos y dichos: "Cuando sea presidente, vamos a presionar al
gobierno cubano para que libere a su pueblo (¼ ) El día llegará en
que Cuba será libre". Los mismos que aplaudieron a Bush le
prodigaron una ovación. ¿Quién le va a creer a McCain el cuento de
que quiere desmarcarse y renovar la política de su antecesor luego
de protagonizar tan decadente remake? A estas alturas debería
aprender la lección. ¡A Cuba no la tendrán jamás!