El evento, concebido, organizado y dirigido por Mella, sesionó
con el lema Todo tiempo futuro tiene que ser mejor. Reunió a 128
delegados de los institutos provinciales de primera y segunda
enseñanzas, colegios, academias, asociaciones de antiguos alumnos y
publicaciones estudiantiles, con el objetivo de perfeccionar
acciones en lo educacional, social e internacional.
Al tercer día del encuentro, Mella dio lectura a su moción, que
mereció aplausos prolongados. Nacía así la Declaración de Deberes y
Derechos del Estudiante, que estipulaba, como primer punto, poner
sus conocimientos al alcance de la sociedad.
En las sesiones abogaron para que la Universidad tuviera el
derecho de regir sus destinos; fustigaron la corrupción de
profesores, la enseñanza verbalista y superficial; denunciaron el
desconocimiento de los derechos democráticos; y se pronunciaron por
la reforma de la segunda enseñanza, de los planes de estudio y por
la renovación de profesores. Además, propusieron una campaña contra
el analfabetismo, y se declararon a favor de la enseñanza científica
y espiritual.
El Congreso se convirtió en eco de las transformaciones en casas
de altos estudios de Latinoamérica. Claros y firmes criterios
antimperialistas fueron recogidos en los acuerdos de la histórica
cita juvenil, la cual se declaró contraria al capitalismo universal.
Allí surgió la idea de que los jóvenes universitarios impartieran
conferencias a los trabajadores, y aprobaron la creación de la
Universidad Popular José Martí, anhelo hecho realidad en noviembre
de 1923. Luego, el gobierno la tomaría como pretexto para
desacreditar el liderazgo estudiantil e introducir el terror
anticomunista en los centros universitarios.
La vida dio la razón a Mella: en Cuba era necesario, primero, una
revolución social para hacer una revolución universitaria. Y así
fue. La Universidad que soñó se multiplica hoy en función de una
nueva sociedad.