La literatura tendrá mañana un nuevo monarca, ungido por el poder
consagratorio del Nobel, y la inminencia del anuncio hace latir de
prisa el corazón de los candidatos, los eternos y los más recientes.
Entre estos últimos el más recurrente en las predicciones es el
italiano Claudio Magris, autor de un raro ensayo sobre el Danubio, en
el que se mezclan la historia y la filosofía, quien ha subido poco a
poco en los últimos años los escalones de la espera.
Una espera que puede durar toda la vida, sin que nunca se llegue al
escalón más preciado, como le ocurrió al argentino Jorge Luis Borges y
como viene ocurriendo con el mexicano Carlos Fuentes.
Algunas veces la espera puede tener el resultado anhelado. Fue el
caso del escritor portugués José Saramago, a las puertas de cuya casa
acamparon tantas veces inútilmente los periodistas. Hasta que un día
de 1998 los sorprendió la noticia en el lugar y en el momento
adecuado.
Desde hace años aguarda un compatriota suyo, Antonio Lobo Antúnes,
sin que su ánimo se perturbe ni parezca prestarle demasiada
importancia al asunto. A Saramago el honor le tocó a una edad
avanzada. Lobo Antúnes tiene solo 66 años. Huelgan los comentarios.
Aficionados a las encuestas y a las apuestas, tanto como al té de
las cinco de la tarde, los británicos representados por la casa
Ladbrokes, señalan como favoritos, además de Magris al poeta
sirio-libanés Adonis y a tres autores norteamericanos.
Ellos son los sempiternos Philipp Roth y Joyce Carol Oates, a los
que se suma Don De Lillo.
Otra siempre presente en las listas es la canadiense Margaret
Atwood.
Un sondeo realizado entre 25 escritores de varias partes del mundo
señala también como candidatos a la poeta danesa Inger Christensen, al
sueco Per Olof Enquist, y al norteamericano John Updike.
Con la Academia Sueca todo es posible, sin embargo. El hermetismo
es su principal carta de juego, aunque este año el secretario
permanente del jurado desde 2007, Ohorace Enghdahl, lanzó al ruedo una
frase inquietante, que pudiera ser una cortina de humo.
Es un hecho, dijo, que Europa sigue siendo el centro literario del
mundo y no Estados Unidos. Ante el revuelo armado, se sintió obligado
a una breve rectificación. El Nobel, precisó, no es una competencia de
naciones sino una distinción a escritores particulares.
Esquivo e imprevisible, a lo largo de su historia el galardón dejó
fuera de sus predios a una nutrida relación de autores que nunca lo
tuvieron y lo merecían mucho más que otros laureados olvidables.
Los casos más lamentables quizás, entre otros de igual rango que
pudieran citarse, son los del ruso León Tolstoi, de cuyo natalicio se
cumplen ahora 180 años, autor de la novela más importante de la
historia de la literatura, La guerra y la paz.
Cuando murió, a los 82, ya se sabía de sobra que su obra
monumental, traducida y reimpresa en todo el mundo, iba a existir para
siempre.
Junto a él entre los olvidados que ocupan hoy un sitio propio en la
gloria, están Franz Kafka, Marcel Proust, Virginia Woolf y James Joyce,
que murió en 1941 cuando su Ulises había cambiado el curso de la
novela en el mundo. El Nobel tiene también su página de sombras.