Era
un cazador de leyendas y él mismo era una leyenda. No hubo aporte a
la música cubana que dejara de registrar a lo largo y ancho del
país, ni cabo suelto en las historias de trovadores trashumantes y
autores preteridos a los que rescató del olvido.
Con esa tenacidad, apuntalada por el modesto laboreo, Helio
Orovio, quien falleció ayer lunes en La Habana a los 70 años de
edad, dejó entre nosotros el legado de una hazaña: el Diccionario
de la Música Cubana (biográfico y técnico), obra a la que dedicó
más de veinte años y que finalmente en 1992 tuvo la edición que
merecía.
La muerte de Helio, víctima de una tumoración maligna, impactó
ayer a la comunidad musical cubana, donde se le respetaba por sus
conocimientos y, sobre todo, por la fidelidad con que se entregó al
estudio y promoción de los valores populares. Particularmente la
pérdida fue sentida en Santiago de las Vegas, donde nació y nunca
dejó de vivir el musicólogo. Y donde recibirá sepultura este martes
a las 10:00 a.m. en la necrópolis local.
Del Diccionario¼ , la imprenta
de la Duke University, en Estados Unidos, publicó en el 2003 una
versión para el público angloparlante, bajo el título Cuban music
from A to Z, calificado por la revista Billboard como "compendio
imprescindible para comprender cuál es la real dimensión de esa
pequeña isla en el continente de la música".
Durante los noventa, la editorial de la Universidad de Oriente
publicó una serie de separatas sobre los diversos géneros musicales
cubanos. Particularmente valiosa resultó aquella donde analiza el
danzón, el mambo y el cha cha chá, por el rigor con que testimonia
el enlace de esas tres especies.
En esa misma década, Helio dio a conocer la excelente antología
300 boleros de oro —una sensación no solo para los lectores
cubanos, sino para venezolanos y mexicanos, dominicanos y panameños,
en cuyos países circuló profusamente el libro—y El bolero latino,
una monografía dedicada al género. Más allá del ámbito musicográfico,
el ensayo El carnaval habanero (2005), demostró la inquietud
de un autor por fijar los trazos de una identidad.
Con la televisión tuvo una relación entrañable aunque por
momentos controvertida. "No siempre como asesor pude desarrollarme a
plenitud; es un medio muy difícil", dijo en una entrevista donde
admitió haberse sentido realizado, al fin, con la banda sonora de la
telenovela Al compás del son, de Rolando Chiang. Muchos lo
recordarán respondiendo curiosidades musicales en 9550 hasta
ganar el boleto a Moscú.
Helio también fue músico: ejerció la percusión en los conjuntos
Casablanca, Habana Jazz, Zombie y Jóvenes del Cayo (allí sustituyó
nada menos que a Tata Güines). "Un músico —como dijo alguna vez—
infectado por el virus de la poesía". Dentro de esa expresión
literaria entregó los poemarios Este amor (1964), Contra
la luna (1970), El huracán y la palma (1980) y La
cuerda entre los dedos (1991), en los que figuran textos
sumamente apreciables en la corriente conversacional, como el
antológico "La P de Pilar".
Pero en la defensa apasionada de la música cubana estuvo su
fortaleza. No solo en sus escritos sino también en la sabiduría que
trasladó a cada uno de sus contertulios de El Hurón Azul, en la
UNEAC, su sitio preferido en las tardes.