La urgencia se debe a que si, en el momento pico de la
recolección, las miles de casas de curación (secado) que fueron
derribadas no vuelven a estar disponibles, el esfuerzo de la fase
agrícola habrá sido en vano.
No es tradición o capricho. "El tabaco necesita la ventilación y
las condiciones de humedad de esas instalaciones para secarse con
calidad", asegura Rogelio Ortúzar, un campesino que obtiene altos
rendimientos año tras año.
Aunque la situación es tensa, los pinareños, sobre cuyas espaldas
recae el 65% de la producción total del país, asumen el reto.
Incluso en Consolación del Sur, el municipio que mayor área dedica a
ese cultivo en Cuba, y al mismo tiempo el más castigado por los
recientes huracanes, mantiene invariable el plan de 301,8
caballerías. "No hemos renunciado a una sola pulgada de tierra",
afirma Edilberto González, director de tabaco en el territorio.
Edilberto es un hombre perseguido por los ciclones. En 2002 se
encontraba al frente de la empresa de San Juan y Martínez, donde
unas 2 600 casas de curación quedaron afectadas tras el paso de
Isidore y Lili.
Ahora tiene el mismo rango en Consolación del Sur, donde Gustav y
Ike destrozaron más de 1 800 edificaciones similares.
Para hacer frente a tales estragos apoyarán 300 brigadas de
carpinteros —cada una de siete hombres. "De ellas, 170 proceden de
otras provincias, en su mayoría del sector cooperativo y campesino.
El resto son de Pinar del Río", detalla el funcionario.
El hecho de que cada huracán que atraviesa la región deje una
cifra elevada de casas de curación destruidas, obliga a buscar la
manera de hacerlas más resistentes. "La experiencia ha demostrado
que las que poseen portal (prolongación de la estructura hacia los
laterales) aguantaron más. Estamos abogando porque todas las que se
construyan lo tengan.
"Se ha orientado igualmente disminuir un poco la altura, para que
los techos tengan menos inclinación y el viento no los trabaje
tanto. Ya circulamos el nuevo proyecto entre los campesinos",
explica Edilberto.
Recuperar elementos de techo, horcones, tablas, clavos, es tarea
de orden mientras llega el refuerzo. Se estima que entre un 30 y un
40% de esos materiales se pueden volver a utilizar. Al mismo tiempo,
se crean las condiciones de alojamiento para los más de 2 000
carpinteros.
Rafael Pileta, de Mantua, integra una de las brigadas. Con todos
los materiales a mano, asegura que en cinco días la obra queda lista
para cobijar. En el argot tabacalero son lo que se denomina una
tropa élite. La aspiración es que el promedio general sea de 15 días
por cada edificación.
Las escogidas, donde se clasifican las hojas de la cosecha
anterior antes de su envío a la industria, también se revitalizan.
Con piezas de las que se derrumbaron, se restauran las que quedaron
en pie. Los colectivos se reubican.
Según cifras oficiales, seis de cada 10 pinareños participan cada
año en la campaña tabacalera. Pero en esta oportunidad, por la
intensidad que demanda la recuperación, esa cifra podría ser aún
mayor.