Paul Newman y la eterna trompada

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Era 1957, o quizá principios del 58 y el cine era el Majestic (¿o acaso el Verdún?) en la calle Consulado. Acostumbrado a tantas películas del Durango Kid, comedias de Los tres chiflados, historias de capas y espadas y sobre todo los peplum que hacían furor por entonces con sus fastuosos decorados y romanos como estatuas vivientes, el boxeador que de pronto tenía en la pantalla ––la historia social y profundamente humana en la que él se encontraba inserto–– traía un visión de la vida muy diferente.

Paul Newman junto al boxeador Rocky Graziano durante los días que antecedieron al rodaje de El estigma del arroyo, en 1956. Newman falleció este fin de semana a los 83 años de edad, víctima de un cáncer de pulmón.

Hacía muy poco había descubierto con Al este del paraíso, la película de Elia Kazan que significara el debut de James Dean, que el cine podía ser algo más complejo y hermoso de lo hasta entonces perseguido en las carteleras. Esa misma sensación la volví a experimentar con aquella cinta titulada El estigma del arroyo en la que un actor desconocido daba vida al boxeador Rocky Graziano, un candidato a delincuente juvenil que gracias a su perseverancia terminó siendo campeón mundial de boxeo.

Fue tanta la intensidad dramática emanada de la actuación que salí del cine dispuesto a ceñirme una corona en el Madison Square Garden. Pero antes, siguiendo ciertas enseñanzas boxísticas expuestas en la cinta y no obstante mi lastimosa flaquencia, enfrentaría a Veneno, un matoncito del barrio al que todos los muchachos temían por ser más fuerte, saber fumar y echarnos el humo encima con una prepotencia avasalladora y, principalmente, porque ya había dado pruebas de tener dinamita en los puños.

Era obligatorio "brincar" la calle si se caminaba por la misma acera que Veneno.

Dos días después de ver la película no lo hice.

––¿Eh, pero tú no brincas? ––preguntó él desconcertado

––No, ni lo haré más ––monté la misma guardia cerrada del boxeador de El estigma del arroyo y al mismo tiempo me llené de la furia reconcentrada de la que él hacía gala en cada combate.

Veneno no solo tenía dinamita en los puños sino también velocidad. Su derecha sobre mi frente, recta, demoledora, fue la mejor enseñanza de que una cosa es en la pantalla y otra en la vida real.

Pero no por ello dejé de admirar a lo largo de los años al actor que interpretaba a Graziano y que recién ha muerto a los 83 años de edad, ya convertido en un mito.

Paul Newman, a quien algunos solo pudieron reprocharle haber llegado al cine cinco minutos después que Marlon Brando (algo de lo que supo sacudirse), demostró con aquella cinta dirigida por Robert Wise en 1956 que estaba en pleno dominio del "Método" aportado por el Actor¢ s Studio y que marcaría a actores como Brando y James Dean (vivir como los personajes y profundizar en sus motivos, miedos y anhelos).

El golpe, Dos hombres y un destino, La gata sobre el tejado de zinc, El color del dinero, La ley del indomable, larga sería la lista de éxitos y de premios de este hombre que además de excelente actor y director fue un comprometido con la lucha por los derechos civiles en su país, que no por gusto el presidente Nixon lo hizo figurar, por su propio puño y letra, en el número 19 de la lista que elaborara con aquellos enemigos más connotados de su Administración. "Hombre de conciencia", lo llamó Gore Vidal y el presidente Carter lo envío como delegado a la ONU para que hablara en una Asamblea general sobre el desarme.

Actor de inmensa popularidad, Paul Newman se sirvió de ella para desarrollar una reconocida labor humanitaria y él mismo, que tuvo que lamentarse de la muerte de su único hijo varón por sobredosis de drogas, creó una organización benéfica para luchar contra ese flagelo y también en ayuda de niños enfermos de cáncer.

Aunque alejado de los oropeles de Hollywood, fue una auténtica estrella pisando sobre las alegrías y sinsabores de la Tierra.

Seguir viéndolo será siempre una fiesta, no importa que cada película suya, justo en los comienzos, me siga trayendo inevitablemente, a lo largo de medio siglo, el mismo reproche de siempre: ¿cómo fue posible que no me agachara como su Rocky Graziano para evitar la derecha recta, demoledora, del gran Veneno?

 

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