Un
parte oficial del Estado Mayor del ejército batistiano, fechado en
La Habana el 28 de septiembre de 1958, daba a conocer un
enfrentamiento con los rebeldes. Pero la verdad nunca se dijo
entonces.
Después de conocerse los hechos por informes de la dirección del
Movimiento 26 de Julio en Camagüey, el Comandante en Jefe Fidel
Castro comunicaba desde la Sierra Maestra, por Radio Rebelde, la
magnitud del desastre.
No ocultó detalles y denunció el crimen que trascendía el campo
militar para inscribirse en el terreno de la barbarie.
Los hechos ocurrieron cuando integrantes de la Columna No. 11
Cándido González Morales, al mando del capitán Jaime Vega Saturnino,
fueron víctimas de una delación en su propia zona de operaciones, en
el sur de Camagüey.
Un descuido en el cumplimiento de las medidas de seguridad, que
ordenaban no avanzar en camiones en territorio dominado por el
enemigo, condujo al revés.
El 27 de septiembre de 1958, en su andar, los rebeldes se
encontraron con el batey de Pino Tres. Al cruzar la línea férrea,
una compañía de la tiranía avisada del rumbo que seguía la tropa se
había posicionado en el terraplén.
Tan pronto se acercaron los camiones, abrieron fuego y abatieron
la columna. Eran las dos de la madrugada del día 28.
En el combate no existió mando organizado en la fuerza rebelde.
Lo que quedó de la tropa llegó en horas de la mañana al monte de
Laguna Grande. Atrás dejaron a Pino Tres con 22 bajas a los
combatientes y 11 heridos hechos prisioneros. Los batistianos
enterraron los cadáveres en una fosa común.
Ese propio día los revolucionarios heridos en el encuentro fueron
masacrados en La Caobita, cuando los trasladaban desde el
hospitalito de Macareño con el falso pretexto de prestarles
atención.
Los responsables de la masacre recibieron merecido castigo luego
del Primero de Enero de 1959. Pino Tres no fue solo un revés
táctico, sino, sobre todo, un crimen abominable de la tiranía.