Jamás este coloso moledor y su gente habían pasado una prueba tan
difícil, sobre todo porque en el momento del azote del meteoro
permanecían guardadas en sacos 20 800 toneladas de azúcar refino
destinadas al consumo nacional.
De haberse mojado ese volumen, el Estado cubano hubiese tenido
que desembolsar más de siete millones de dólares para adquirir
similar cantidad en el mercado internacional.
Poco después de que Esteban Lazo, miembro del Buró Político del
Partido y vicepresidente del Consejo de Estado, en reunión con el
Consejo de Defensa de la provincia llamara a aplicar las
experiencias propias en cada lugar, una brigada de hombres de ese
central ponía a prueba las suyas.
Al recibir el aviso de que Ike traía malas intenciones con Ciego
de Ávila y que pasaría muy cerca de nuestro municipio, comenzamos a
adoptar las medidas implementadas para estos casos, asegura Ramón
Águila Rodríguez, jefe de producción de Crudo y Refino en la empresa
azucarera.
Batallamos más de 72 horas sin descanso, siempre atentos. Ike
podía golpear por el lugar menos esperado. Protegimos las puertas de
los almacenes y las estibas de sacos con muros de bloques para
impedir la llegada del agua, rememora.
Lo más sencillo en apariencia se convirtió en algo bien difícil:
la colocación de 400 bolsas con áridos sobre las planchas de zinc
del techo del almacén, acción decisiva en la que fue determinante la
ayuda de cederistas del poblado, fundamentalmente, en el llenado de
los sacos.
Después llegaron los toldos de nailon para cubrir las estibas.
Terminaron de taparlas a las 2:00 de la madrugada.
Dicen que en los momentos más tensos un fogonazo de viento se
llevó una de las planchas y fue cuando Bárbaro Urbano se subió como
pudo en el techo y arregló el boquete.
Bárbaro, Alberto, Rodolfo, Valentín, Ángel, Eduardo, Roberto,
Juan, Rolando, Iván y Ramón, los principales protagonistas, tienen
su propia historia que contar, la historia del azúcar salvado.
Nada de fatales presagios, ni de cuentos de naturaleza que
hicieran añicos la rutina cotidiana. Lo cierto fue que Ike se marchó
con amargura, al no poder dañar, siquiera, un saco de azúcar.