Tal vez la imagen parezca exagerada, pero la realidad está ahí,
en la verdadera saña con que los vientos derrumbaron 3 363
viviendas, arrancaron de cuajo 4 323 techos, desprendieron paredes,
levantaron árboles y los lanzaron sobre hogares¼
para dejar un calamitoso efecto en el 83% del fondo habitacional
(más de 14 000 casas).
Antes de irrumpir en la cabecera municipal, ya Ike había golpeado
sin escrúpulo hasta el último campo sembrado de plátano en la zona
viandera de La Torcaza y arremetido contra otros cultivos, sistemas
de riego, redes eléctricas, telefónicas, bodegas, escuelas rurales¼
Pero ni esa adversidad natural, ni las prolongadas jornadas en
total oscuridad y virtualmente incomunicados, pudieron doblegar la
antaña y perseverante manía de los pobladores del antiguo Chaparra
para sobreponerse a lo adverso.
Tal vez la más elocuente expresión de esa constancia esté en
ejemplos como el del anciano Alfredo Cuenca Cabezas, empeñado en
recuperar puntillas, pedazos de madera y recortes de zinc para
resarcir los estragos del viento contra la casa donde él vive
(construida por su familia hace más de 80 años), y en jóvenes como
Ramón Leyva Peña quien horas después del desastre expresaba:
"Con las pocas planchas de zinc que pude rescatar, yo mismo he
arreglado parte del techo. El ciclón le dio duro a mi casa, pero lo
importante es que estamos vivos. Poco a poco mejoraremos. Ya se nota
en el agua: a mí me está llegando por tubería gracias al grupo
electrógeno, otros la reciben por pipa.
Esa misma voluntad mantuvo a Oscar Díaz Rodríguez durante 16
horas consecutivas atento al bombeo desde Los Pozos, consciente
—como dice— de que "mi casa quedó sin techo, pero ¿cuántas viviendas
necesitan recibir esta agua?".
Otra vez se comprueba que nuestra mayor riqueza radica dentro del
ser humano. De otro modo, las viviendas de Gildardo, Reynold y 14
campesinos más no hubieran devenido "almacén" donde hallaron
oportuno y seguro refugio todos los refrigeradores, televisores y
demás equipos de unas 40 familias en la zona de Las Tapas.
A Rubén Pupo y Salvador Álvarez, obreros de la granja José Miguel
Barreto, les duele ver sus hogares reducidos a escombros. Pero como
el momento no es para lamentarse, siguen empeñados en recuperar esos
platanales que sienten como "suyos", mientras, paralelamente,
confían en que habrá una solución para el drama familiar.
Lento, pero seguro, este poblado (donde hasta 1959 clavó sus
garras la compañía norteamericana Cuban American Sugar Company) se
sacude por obra de sus propias manos y de otras, como las que
llegaron desde Cienfuegos para revitalizar luces más allá de los
postes, cables y bombillos del tendido eléctrico.