Ante el nuevo curso escolar

ARMANDO HART DÁVALOS

El inicio del curso 2008-2009 me incita el recuerdo de lo que pensábamos hace casi 50 años cuando asumimos la dirección del Ministerio de Educación en enero de 1959.

Armando Hart, ministro de Educación cuando recibía, en presencia de Raúl, la ciudad Escolar 26 de Julio.

Decían los antiguos que cuando muere un anciano es como si se destruyera una biblioteca. Estoy en el deber de trasladar a las nuevas generaciones mis imágenes más claras del mundo hace cinco décadas y que se han visto materializadas en su esencia durante este largo trayecto histórico.

Estas fueron las ideas que teníamos cuando llegué al Ministerio de Educación en 1959 y que más recuerdo hoy:

Nos animaba el propósito de acabar con el analfabetismo y extender la educación primaria a toda la población. Esa era una misión gigantesca pero impostergable, situada en el centro de las aspiraciones plasmadas por Fidel en el Programa del Moncada.

De inmediato nos dimos a la tarea de promover un estrecho contacto con el magisterio cubano, y dentro de él con los cuadros universitarios. En la Universidad de Oriente había fraguado lazos de amistad y compañerismo con diversos profesores durante la lucha clandestina. Parte de su profesorado tenía orientación socialista. Sus mejores pedagogos me sugirieron relacionarme con maestros de todo el país y organizar la dirección del ministerio de Educación contando con dicha experiencia. De esta manera, el núcleo inicial de nuestro ministerio en 1959 procedía de la Universidad oriental, es un mérito que vale la pena subrayar.

Debíamos proceder a la descentralización administrativa de las funciones ministeriales para garantizar un nivel organizativo central, que facilitara la mejor orientación a todas las entidades educacionales. Así se crearon las direcciones provinciales de Educación con plena autoridad en las provincias entonces existentes. Dos en Oriente, es decir, una para lo que hoy es Santiago de Cuba, Guantánamo y Granma, y otra para Holguín y Las Tunas cuya dirección radicaría en esta última.

El fundamento de la cultura que nos animaba estaba y está en las ideas contenidas en la identidad nacional cubana por Varela, Luz, Martí, Varona, Mella y Guiteras, como guía central. Ellos nos legaron una visión universal de la cultura y de la justicia —ese sol del mundo moral— de alcance a todos los países de nuestra América e, incluso, al mundo entero.

La necesidad de exaltar la ética y el derecho como principios rectores y, por tanto, la lucha contra la corrupción y el latrocinio en que nos habían sumido el imperialismo y la república mediatizada, se expresaba de una manera muy profunda en el deterioro del sistema educacional hasta entonces reinante en el país.

Desde entonces sentíamos que las ideas del Libertador Simón Bolívar y el Apóstol cubano constituían esencias principales de un nuevo pensamiento que necesitaba el mundo, como lo era para la Generación del Centenario. Recuérdese, y lo tenía muy presente entonces, que Martí dijo que Bolívar tiene mucho que hacer en América; hoy podríamos decir: Bolívar y Martí están haciendo y pueden hacer mucho en América. El Libertador afirmó "Somos un pequeño género humano". El Apóstol afirmó: "Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas".

Ya sabíamos que la amenaza principal que teníamos para tan altos propósitos era el imperialismo y sus lacayos, que habían venido impulsando el entreguismo, la corrupción y la ruptura de la tradición latinoamericana y universal. Soñábamos con una América bolivariana y martiana.

Estos recuerdos presiden mis sentimientos más fuertes 50 años después, cuando se inicia un nuevo curso escolar. Extraer lecciones de estas enseñanzas para hoy y para mañana es el mayor compromiso que tenemos con las nuevas generaciones. He ahí la riqueza y fortaleza de la idea pedagógica cubana.

Con estas ideas y convicciones confirmadas por la historia, tengo el privilegio de presenciar el nuevo curso 2008-2009. El Centro de Estudios Martianos tuvo la iniciativa de promover la reedición del Mensaje educacional al pueblo de Cuba que transmití en 1960 desde Santiago de Cuba. Lo hizo acompañado de otros textos que pueden ser estudiados porque tienen una enorme actualidad. Posee un prólogo de la doctora Ana Sánchez Collazo. Conservo otros textos de aquella época que se corresponden con las más importantes necesidades de la batalla educacional, los cuales pudieran ser referentes para las heroicas luchas de los maestros cubanos en los tiempos actuales.

Las valiosas experiencias acumuladas por maestros, estudiantes, padres, vecinos y pueblo en general, enriquecen con sus aportes la revolución educacional que hemos desarrollado, con la orientación y guía de nuestro Comandante en Jefe, y sigue avanzando y perfeccionándose, recogiendo y exaltando sus mejores frutos, en un camino ascendente e indetenible por el que ya hemos recorrido medio siglo.

Escribo estas líneas conmovido y estimulado por un concepto expresado por Fidel en sus Reflexiones del último 1ro. de septiembre a propósito del huracán que nos acaba de azotar: "Hace falta un mínimo de filosofía sobre la necesidad de la modestia. Lo que expongo en esta reflexión reafirma la convicción que deseo transmitir a mis compatriotas, de que solo sobreviven las ideas justas defendidas con valor, dignidad y firmeza".

Esta es la filosofía martiana y fidelista que necesitan Cuba y el mundo en el siglo XXI, y que nuestros pedagogos están en el deber de inculcar creadoramente a los hombres y mujeres de mañana.

 

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