Decían los antiguos que cuando muere un anciano es como si se
destruyera una biblioteca. Estoy en el deber de trasladar a las
nuevas generaciones mis imágenes más claras del mundo hace cinco
décadas y que se han visto materializadas en su esencia durante este
largo trayecto histórico.
Estas fueron las ideas que teníamos cuando llegué al Ministerio
de Educación en 1959 y que más recuerdo hoy:
Nos animaba el propósito de acabar con el analfabetismo y
extender la educación primaria a toda la población. Esa era una
misión gigantesca pero impostergable, situada en el centro de las
aspiraciones plasmadas por Fidel en el Programa del Moncada.
De inmediato nos dimos a la tarea de promover un estrecho
contacto con el magisterio cubano, y dentro de él con los cuadros
universitarios. En la Universidad de Oriente había fraguado lazos de
amistad y compañerismo con diversos profesores durante la lucha
clandestina. Parte de su profesorado tenía orientación socialista.
Sus mejores pedagogos me sugirieron relacionarme con maestros de
todo el país y organizar la dirección del ministerio de Educación
contando con dicha experiencia. De esta manera, el núcleo inicial de
nuestro ministerio en 1959 procedía de la Universidad oriental, es
un mérito que vale la pena subrayar.
Debíamos proceder a la descentralización administrativa de las
funciones ministeriales para garantizar un nivel organizativo
central, que facilitara la mejor orientación a todas las entidades
educacionales. Así se crearon las direcciones provinciales de
Educación con plena autoridad en las provincias entonces existentes.
Dos en Oriente, es decir, una para lo que hoy es Santiago de Cuba,
Guantánamo y Granma, y otra para Holguín y Las Tunas cuya dirección
radicaría en esta última.
El fundamento de la cultura que nos animaba estaba y está en las
ideas contenidas en la identidad nacional cubana por Varela, Luz,
Martí, Varona, Mella y Guiteras, como guía central. Ellos nos
legaron una visión universal de la cultura y de la justicia —ese sol
del mundo moral— de alcance a todos los países de nuestra América e,
incluso, al mundo entero.
La necesidad de exaltar la ética y el derecho como principios
rectores y, por tanto, la lucha contra la corrupción y el latrocinio
en que nos habían sumido el imperialismo y la república mediatizada,
se expresaba de una manera muy profunda en el deterioro del sistema
educacional hasta entonces reinante en el país.
Desde entonces sentíamos que las ideas del Libertador Simón
Bolívar y el Apóstol cubano constituían esencias principales de un
nuevo pensamiento que necesitaba el mundo, como lo era para la
Generación del Centenario. Recuérdese, y lo tenía muy presente
entonces, que Martí dijo que Bolívar tiene mucho que hacer en
América; hoy podríamos decir: Bolívar y Martí están haciendo y
pueden hacer mucho en América. El Libertador afirmó "Somos un
pequeño género humano". El Apóstol afirmó: "Injértese en nuestras
repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras
repúblicas".
Ya sabíamos que la amenaza principal que teníamos para tan altos
propósitos era el imperialismo y sus lacayos, que habían venido
impulsando el entreguismo, la corrupción y la ruptura de la
tradición latinoamericana y universal. Soñábamos con una América
bolivariana y martiana.
Estos recuerdos presiden mis sentimientos más fuertes 50 años
después, cuando se inicia un nuevo curso escolar. Extraer lecciones
de estas enseñanzas para hoy y para mañana es el mayor compromiso
que tenemos con las nuevas generaciones. He ahí la riqueza y
fortaleza de la idea pedagógica cubana.
Con estas ideas y convicciones confirmadas por la historia, tengo
el privilegio de presenciar el nuevo curso 2008-2009. El Centro de
Estudios Martianos tuvo la iniciativa de promover la reedición del
Mensaje educacional al pueblo de Cuba que transmití en 1960 desde
Santiago de Cuba. Lo hizo acompañado de otros textos que pueden ser
estudiados porque tienen una enorme actualidad. Posee un prólogo de
la doctora Ana Sánchez Collazo. Conservo otros textos de aquella
época que se corresponden con las más importantes necesidades de la
batalla educacional, los cuales pudieran ser referentes para las
heroicas luchas de los maestros cubanos en los tiempos actuales.
Las valiosas experiencias acumuladas por maestros, estudiantes,
padres, vecinos y pueblo en general, enriquecen con sus aportes la
revolución educacional que hemos desarrollado, con la orientación y
guía de nuestro Comandante en Jefe, y sigue avanzando y
perfeccionándose, recogiendo y exaltando sus mejores frutos, en un
camino ascendente e indetenible por el que ya hemos recorrido medio
siglo.
Escribo estas líneas conmovido y estimulado por un concepto
expresado por Fidel en sus Reflexiones del último 1ro. de septiembre
a propósito del huracán que nos acaba de azotar: "Hace falta un
mínimo de filosofía sobre la necesidad de la modestia. Lo que
expongo en esta reflexión reafirma la convicción que deseo
transmitir a mis compatriotas, de que solo sobreviven las ideas
justas defendidas con valor, dignidad y firmeza".
Esta es la filosofía martiana y fidelista que necesitan Cuba y el
mundo en el siglo XXI, y que nuestros pedagogos están en el deber de
inculcar creadoramente a los hombres y mujeres de mañana.