El
mejor homenaje que podemos hacer a la UNEAC en su Aniversario 47 es
destacar la fidelidad mantenida por la vanguardia de nuestro
movimiento intelectual a la memoria histórica de la identidad
nacional cubana, en tanto ha sido capaz de recrearla y enriquecerla
en medio del debate de ideas de este último medio siglo.
Sobre estos fundamentos mucho debemos esperar de nuestra querida
Unión de Escritores y Artistas de Cuba en el cumplimiento de los
importantes acuerdos de su VIII Congreso.
Con legítimo orgullo podemos rendir tributo a los fundadores, en
primer lugar, a Nicolás Guillén, y presentar la institución ante las
nuevas generaciones como un arquetipo de asociación libre,
democrática y socialista.
Elevar a lo más alto la necesidad de trabajar y luchar por el
triunfo definitivo de la mejor cultura de la historia humana: ese es
el único modo de salvar a la humanidad de los graves peligros que se
derivan de un modelo civilizatorio capitalista insostenible que hoy
presenta signos evidentes de decadencia.
Fidel Castro lo ha expresado de manera dramática: "O cambia el
curso de los acontecimientos o no podría sobrevivir nuestra
especie". Hemos sido colocados, empleando una expresión bíblica,
entre el cielo y el infierno. Hoy es más necesario que nunca, como
se subrayó en el Congreso de la UNEAC, llevar a las más altas
escalas el alcance universal de nuestra identidad orientados por el
legado de José Martí, que se planteaba la idea del bien como
aspiración suprema.
A lo largo del siglo XX tuvimos una pléyade de intelectuales que
constituyen referencias ineludibles para llevar adelante en la
actual centuria el encargo ético y social que han asumido nuestros
pensadores, escritores y artistas: Alejo Carpentier, Fernando Ortiz,
Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Pablo de la Torriente
Brau, Enrique José Varona, Medardo Vitier, Antonio Guiteras, Eduardo
Chibás, Rafael García Bárcena, Raúl Roa, Juan Marinello, Carlos
Rafael Rodríguez, José Lezama Lima, Emilio Roig de Leuchsenring,
José Luciano Franco, Julio Le Riverend, y tantos y tantos más, deben
ser recordados y estudiados.
Pero sobre todo no se puede perder de vista la orgánica
vinculación entre las vanguardias política e intelectual, que halla
sus máximas expresiones en los casos de José Martí y Fidel Castro.
En ambos encarnó una visión humanista profundamente revolucionaria y
éticamente fundamentada que podemos resumir en aquella frase
memorable del fundador de la escuela cubana José de la Luz y
Caballero: "Antes quisiera yo ver desplomadas, no digo las
instituciones de los hombres, sino las estrellas todas del
firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de la
justicia, ese sol del mundo moral". Convendría repasar una vez más
el formidable ensayo de Cintio Vitier que toma prestado su título a
la sentencia de Caballero —Ese sol del mundo moral— para
rastrear la evolución de las esencias de nuestra eticidad.
Para abordar el tema del nuevo pensamiento filosófico que
requiere el siglo XXI debemos desterrar definitivamente ciertos
ismos que debilitan la actividad creadora del hombre y apoyarnos en
el método electivo de la tradición filosófica cubana del siglo XIX,
que se sintetiza en aquella fórmula del propio Luz y Caballero:
"Todos los métodos y ningún método, he ahí el método, o todas las
escuelas y ninguna escuela, he ahí la escuela". Justamente esa
percepción dialéctica del conocimiento y la acción tuvo, en otro
contexto y con una proyección universal, una construcción sistémica
e iluminadora en el pensamiento de Marx.
Se impone como una necesidad insoslayable poner fin a esa
dicotomía estéril que establece una línea divisoria infranqueable
entre lo objetivo y lo subjetivo, entre razón y emoción, entre
teoría y práctica. He insistido en la idea que el principal error de
los materialistas del siglo XX fue no tomar en cuenta que el hombre
es materia también.
La manera de encontrar un camino científico y filosófico para el
mundo del presente y del futuro es relacionar dos elementos
presentes en la condición humana: las emociones y la inteligencia, y
que ellas nos conduzcan a la acción.
Cuba puede desempeñar un papel clave en esa búsqueda aportando su
rica experiencia en las relaciones entre cultura, ética, derecho y
política práctica que se encuentran en las raíces de la tradición
del pensamiento revolucionario de nuestro país.
Para este alto propósito es necesario trabajar por relacionar el
movimiento social que viene desarrollándose en diversos países del
mundo con el movimiento cultural y científico que también tiene gran
influencia. Vincularlos desde la base hasta la cúspide, es decir,
vincular el municipio, la provincia, la nación y el plano
internacional, es un elemento clave para encontrar los nuevos
caminos del hacer.
La UNEAC tiene historia, tradición y capacidad para contribuir a
este empeño. Y un mandato ineludible planteado por Fidel en su carta
a los delegados al VII Congreso de la organización: "Todo lo que
fortalezca éticamente a la Revolución es bueno; todo lo que la
debilite es malo".