Al amanecer de aquel día, una avioneta procedente del Norte con
las luces apagadas volaba a una altura de 150 a 200 metros para
dejar caer dos bombas de 50 libras en esa zona.
La primera, que explotó sin causar daños, cayó en áreas de un
platanal en el barrio de Vallina y, según narraron testigos de la
época, se escuchó un fuerte impacto que estremeció la tierra.
La segunda, lanzada a pocos metros de la pared de una de las
barracas donde habitaban varias familias, en el sitio de Sao de
Palmas, afortunadamente no estalló, y fue luego desactivada.
Al parecer, aquel zarpazo terrorista, ejecutado por mercenarios
del imperio, iba dirigido a dañar la economía cubana con la
destrucción de un central azucarero, y a sembrar el terror y la
muerte en la población cubana.
El criminal suceso ocurrido hace 45 años, y multiplicado por
muchas veces con particular saña hasta hoy, es otra prueba
fehaciente de la política agresiva que mantienen los gobiernos de
los Estados Unidos contra Cuba.