Mientras
el mundo tiene que escuchar anualmente los amenazantes resultados de
las politizadas certificaciones imperiales sobre quiénes cooperan o
no con las estrategias hegemónicas "made in USA" y se distrae
peligrosamente a la opinión pública global con el cliché de la
"guerra contra el narcotráfico", cada vez más miradas apuntan hacia
los propios EE.UU. como el generador del caos que supuestamente
quiere combatir.
Una importante televisora hispana estadounidense afirmaba el 30
de julio pasado que la guerra contra las drogas en Latinoamérica se
está perdiendo, en parte, porque el consumo de cocaína en las
ciudades norteamericanas se ha mantenido constante.
La agencia noticiosa ABN denunciaba que el negocio de la cocaína
no está en las selvas de la Orinoquia colombiana, sino en las calles
de Nueva York, Washington (donde se asientan los poderes ejecutivo,
legislativo y judicial estadounidenses), San Francisco y Miami.
Según plantea, estas cuatro ciudades se encuentran dentro de las 20
urbes con más consumo de cocaína en el mundo, aunque la primera se
destaca con un consumo diario de 134 líneas de cocaína por cada 1
000 habitantes.
En ese sentido, el reporte anual sobre la situación de las drogas
en el mundo durante el 2007, publicado por la Oficina de Naciones
Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), Estados Unidos, con solo
el 4,5% de la población mundial, posee el 45% de todos los
consumidores de cocaína del planeta, lo que permite asumir que
consume el 45% de toda la producción mundial de esa droga.
Cifras oficiales publicadas recientemente por el diario The New
York Times señalan que en el 2007 se enviaron 1 421 toneladas de
cocaína a los mercados de consumo de EE.UU. y Europa, casi 40% más
que en el 2006. Sin embargo, un despacho de la agencia británica
Reuters afirmaba que las incautaciones realizadas por la Guardia
Costera norteamericana el pasado año, aunque significó cifra récord,
fue de poco más de 161 toneladas, con un valor de 4 700 millones de
dólares.
Nadie maneja la cifra exacta de toneladas métricas de cocaína que
penetraron al mercado interno de EE.UU. y cuántos miles de millones
quedaron en los bancos norteamericanos como resultado del "meganegocio".
La ONU se queja con frecuencia de la inexactitud de los datos que se
le aportan al respecto.
Las estadísticas más publicitadas, sin embargo, se refieren a los
miles de muertos de la guerra contra el narcotráfico en México,
Colombia y Centroamérica; a que el 60% de los encausados por drogas
en EE.UU. son hispanos y el 80% de los sancionados son negros. Un
reciente artículo de la agencia AP reconocía que "las autoridades
han dejado claro que consideran más importante concentrar sus
esfuerzos en los traficantes, en su mayoría negros e hispanos, y no
en los consumidores" (blancos con determinada solvencia).
La esencia racista y oportunista de la estrategia es evidente:
Latinoamérica pone los muertos de la "guerra"; las minorías
norteamericanas (negros e hispanos) aportan los presos y los blancos
pudientes sucumbirán en la tragedia del consumo, pero antes dejarán
su dinero que irá de mano en mano hacia los bancos poderosos del
imperio del mercado.